miércoles, 24 de marzo de 2010

Telepatía con animales y contacto con mascotas muertas


Veinte personas cierran los ojos y se concentran en cuerpo y alma para lograr un objetivo común. No, ellos no oran por la paz mundial. Con las palmas de las manos extendidas hacia arriba y las plantas de los pies pegadas al piso, tratan de contribuir a un silencio que sería casi total de no ser por los lengüetazos de Maqui. Silencio. Lamida. Silencio. Lamida.

Maqui no está muy concentrada que digamos. Pero qué importa: a quienes están a su alrededor tratando de comunicarse con ella no parece afectarles que la perra shar pei esté más interesada en rascarse que en demostrarles una mínima empatía. Y es que están tomando un curso de “comunicación interespecies”, donde aprenderán a establecer contacto con los animales… telepáticamente.

Ahora usted respire profundamente y trate de entender cómo decenas de humanos en México creen que pueden platicar con sus mascotas sin siquiera tener que enseñarles primero el abecedario.

–En un establo en la sierra de Oaxaca había dos alegres cerdos. Daniela Camino sintió curiosidad y se acercó a uno de ellos. De pronto, recuerda, estableció un diálogo con el animal. “¡Qué ser tan hermoso, tan inteligente!”, pensó. Se dio cuenta que el animal la observaba y tenía, al igual que ella, muchas preguntas en su cabeza. Al día siguiente el pobre animal fue convertido en chicharrón.

Daniela no juró vengar la muerte del puerco, pero se hizo vegetariana. La experiencia la dejó marcada.

“Siempre fui psíquica, desde niña. Sentía cosas, veía cosas, pero nada en mi familia me lo corroboraba”, revela en su consultorio Daniela Camino, la única “comunicadora interespecies” del país.

“Mis papás son muy positivistas, muy de ciencia y de médicos alópatas, así que no había lugar en mi mundo para que realmente pudiera explicarme. Por años lo vas borrando, pero siempre pensé que había algo más. Por eso estudié filosofía, porque pensé que tenía que haber algo más que este mundo plano”.

Daniela buscó literatura sobre la comunicación interespecies. “Cuando te abres a esto las cosas empiezan a tener un sentido mucho más profundo, la conciencia se amplía, el sentido de la vida se vuelve más claro, comienzas a ser dueño de ti mismo, no te pueden manipular”.

Es una mujer preparada. Cuenta que cursó una licenciatura en ciencias de la comunicación, una maestría en filosofía y una especialidad en antropología cognitiva en la London School of Economics. Sus referentes —Nietzsche, Descartes, positivismo, física cuántica, Saussure— lo confirman. Pero toda esa educación no le resultó suficiente para entender el mundo.

“Tengo la parte que ha sido muy académica, que me ha gustado mucho, pero desde que hago este trabajo de comunicación con animales y me volví sanadora dejé lo demás... El mundo se hace mucho más divertido, no tiene límites, las cosas funcionan mucho mejor”.

Para ella, la telepatía o el “sentir a distancia” es una capacidad que todo ser humano tiene, es “archiconocida” por otras culturas y sólo los occidentales de esta época estamos desprovistos de esa habilidad. Aun así, dice, en la cotidianidad es fácil encontrarnos con ejemplos de nuestra inherente capacidad para leerle el pensamiento a las personas.

—Las mamás siempre sabemos lo que está pasando con nuestros hijos. Si algo le pasó a uno de ellos del otro lado del mundo, una madre lo sabe, lo siente —sostiene Daniela—. O cuando alguien llama al teléfono y sabes quién está del otro lado, alguien con quien estás vinculado. Hay un fenómeno muy estudiado que se llama “la sensación de ser observado”, que es cuando alguien te está observando la nuca y volteas. Eso está muy analizado.

Daniela dio un curso básico de comunicación interespecies hace un par de semanas. A una escuela de yoga acudieron 16 mujeres y cuatro hombres con el fin de aprender a comunicarse con sus mascotas. En la primera parte del curso, de dos días, Daniela les enseñó telepatía. emeequis acudió al segundo día del curso, cuando empezó la comunicación con los animales.

Por desgracia, el reportero se reconoce incapaz de interrogar a los animales a fin de saber si lo que sus dueños dijeron sobre ellos era verdad o no.

—Cerramos los ojitos, aterrizamos bien nuestras raíces, respiramos profundo, ligero. Soltamos cuando exhalamos, dejemos que la tristeza y la preocupación escurran por las plantas de nuestros pies. Seguimos inhalando y ahora, gentilmente, nos concentramos en Pipper, con el método que cada uno de nosotros quiera, y la saludamos —instruye la profesora Camino a la clase.

Así es como normalmente se inicia la comunicación telepática con un animal. En este caso, Daniela enseña a los asistentes a su curso cómo establecer contacto con Pipper, una impresionante perra gran danés que si se parara en dos patas sería más alta que cualquiera de los presentes en el salón. El día anterior Daniela les enseñó cuatro métodos para poder romper las barreras que nos impiden comunicarnos telepáticamente con los animales. Una de ellas consistía en hacer ejercicios de imaginación.

—Recibimos la respuesta y le agradecemos, siempre reconociendo lo que ella nos envía —prosigue la maestra—. Vamos a preguntarle cómo se siente ella ahorita. Vamos a pedirle que nos cuente cómo es su casa. Su rincón favorito que nos quiera enseñar. También que nos enseñe qué es lo que come todos los días.

Un silencio de 20 segundos invade el salón.
—Le agradecemos. Y cuando estemos listos, abrimos nuestros ojitos. ¿Quién quiere empezar? —pregunta Camino.

Tímidamente la gente levanta la mano para comenzar a explicar qué imágenes, sensaciones o palabras dice haber percibido por parte del animal.

—Lo que más le gusta hacer es… tirarse en el suelo —aventura una mujer al extremo del salón—. Sentí que a veces choca con Tábata —una hembra labrador que vive con ella— porque ambas son dominantes.

Una señora sentada al otro lado pide la palabra:

—Entra en conflicto con Tábata, no le gusta que se le acerque. Le gusta estar tranquila, dormir y descansar. Come croquetas, pero a veces le dan algo más.

—Le gusta escuchar pajaritos y jugar con ellos, los quiere. Y come croquetas. Y sentí que su relación con la labrador era cordial, pero mientras no se meta con ella —complementa una chica sentada a unos cuantos pasos de Pipper.

—A Tábata la soporta pero avisa que si se vuelve a meter con ella no responde —advierte uno de los pocos hombres en el lugar, un robusto señor de rostro pétreo aunque de voz suave—. Pipper es muy bipolar. Eso me dijo, es muy agradable pero puede llegar a dañar, no le gusta que la carguen porque puede reaccionar negativamente. No le gustan las dietas, le chocan. Le encanta el pan, se queja porque no hay suficiente en casa. Y tiene un sillón al que le gusta mucho subirse, pero no la dejan.

Daniela les agradece y por fin es momento de que su dueña —llamémosle su humano— hable para corroborar si se acercaron, aunque sea tantito, a la realidad del animal.

—¡Sí, tienen toda la razón! —dice Alejandra, al tiempo que sujeta de la correa a Pipper—. No deja que Tábata se le acerque, han tenido conflictos muy fuertes. No la siento bipolar, sino muy tranquila, pero llega un momento en que se harta. Eso es lo que quería saber: si ella quiere ser la dominante que me lo platique para avisarle a la otra. Sí le gusta mucho perseguir a los pájaros, hay pinos detrás de mi casa y también hay construcciones, por lo que además persigue ratoncitos. Come puras croquetas y muy de vez en cuando un premio u otra cosita. Y nuestra casa es grande, pero no entra ahí por cuestiones de trabajo… ¡pero sí hay un sillón al cual no la dejamos subir!

Comunicación exitosa, parece. Las imprecisiones son entendibles, puesto que es el primer curso. No obstante, todos atinaron a describir la conflictiva relación de Pipper con la hembra labrador. Puede que en verdad la perra les haya comunicado toda esa información —eso de que no la dejen subir al sillón o le guste descansar suena como un comportamiento muy particular—. O en realidad puede que todos hayan estado un poquito atentos, porque antes de que Daniela comenzara la meditación, Alejandra ya les había dicho lo que quería saber del animal:

—Quiero preguntarle sobre su relación con Tábata, la perra labrador con la que vive. Me preocupa esa relación —había dicho minutos antes.

La profesora Camino sugirió al término del intercambio telepático:

—Pues aunque Alejandra no lo tiene consciente, quizá a Pipper sí le gusta el pan y lo huele, y estaría bueno que le dieran.

Alejandra comenta que vino al curso porque tenía curiosidad de saber qué es lo que los animales piensan de nosotros. Al igual que el resto de los asistentes, no le parece extraña la idea de que un animal tenga un pensamiento razonado sobre su dueño.

“Pipper me dijo que está tranquila y que no quiere a la otra perrita labrador con la que convive. Aunque eso ya lo sabía”, admite Alejandra, quien no quiso contarle a ningún miembro de su familia —a excepción de su prima Anabel, quien la invitó— su asistencia al curso.

“Tenía dudas, venía con trabas. Siempre me ha gustado primero experimentar y ya que lo puedo defender y explicar, entonces lo platico. El curso cambió mi expectativa, me sorprendió que sí pudieras comunicarte con los animales”.

—¿Cómo te diste cuenta de ello?

—Porque sientes que no lo estás inventando.

A diferencia de Alejandra, Mara ya había conocido a Daniela Camino. La contactó meses antes, cuando uno de sus perros se encontraba enfermo de cáncer. Relata por qué lo hizo:

—Daniela nos ayudó a asumir y canalizar la enfermedad de una perra y su partida de este mundo. A raíz de todas las cosas que aprendimos de la perra y la comunicación que tuvo con ella, además de que nos pudimos sanar, su muerte no fue tan horrible, fue más bien hermosa, aceptando el proceso de la vida. Y supimos que dio su vida por nosotros, se sacrificó para que nos diéramos cuenta qué teníamos que hacer para sanarnos y estar bien.

—¿Cómo se sacrificó?

—Agarró una enfermedad que no era para ella, era para mí. La perra se enfermó en mi lugar. Nosotros no lo sabíamos, para nosotros, a la Negra le dio cáncer e intentamos quimioterapia. Cuando llegó el momento de decidir si la operaban para extirparle el tumor, mi amiga me sugirió hablar con Daniela, a fin de averiguar si la propia perra quería que la operáramos. Daniela habló con ella y gracias a eso nos dimos cuenta cómo estaba la situación y cómo la perra no quería ninguna operación fuerte.

“Señor, llévame a mí”, habrá dicho la noble perra. Pero no hay razón para estar tristes porque, según Daniela, la comunicación telepática con los animales también se puede realizar… aun después de que han muerto.

“No somos solamente nuestro cuerpo físico —explica—. Cuando los animalitos se van y los humanos se quedan, su conciencia sigue existiendo y pasa por un proceso de transformación muy fuerte. Amplían su conciencia muchísimo. En realidad la muerte es un cambio de perspectiva. Ellos siguen su camino, pero si quiero contactar con ese ser, ya no está en la forma física de gato con pelos negros, por poner un ejemplo, a veces son una esfera de luz, tienen la forma del gato en color blanco, tienen una forma muy elástica”.

Y aclara que “esto no lo lees en un libro, todo es a partir de lo que yo he vivido”.

Anabel, la prima de Alejandra, tiene una pareja de basset hounds. A través de la hembra, presente en la reunión, logró comunicarse con el macho, que estaba en casa.

—Con este curso creo que se cortó una barrera fuerte y se estrecharon lazos, pero me gustaría perfeccionar la comunicación y no estar con la duda de si en verdad me comuniqué con ellos o si fue mi imaginación. Quiero seguirle.

—¿Qué opinas de que Daniela se pueda comunicar con perros ya muertos?

—No creo en la muerte —contesta segura Anabel—. Nada más cambias de escenario, como cuando te vas a dormir y luego despiertas para salir de un lugar en donde te encontrabas; no te moriste y sigues viviendo. Así siento que es la muerte, así quiero pensar que es la muerte. Entonces hablar con ellos es fácil, porque los traes de donde estén. Yo creo en la energía.

—¿Qué significan tus perros en tu vida?

—Son mis mejores amigos, son parte de mi familia. Para mí son iguales que los humanos, o hasta mejores, en sentimientos.

Bastaría una entrevista con un veterinario para que todo el show de la comunicación telepática con animales cayera por su propio peso, ¿no?

Pues Ana María Román Díaz difiere. Profesora de medicina veterinaria en la UNAM, asistió con su hijo Alonso al curso de comunicación interespecies de Daniela, a quien conoció por un reportaje que salió en la televisión.

“A los médicos veterinarios, como tenemos una formación científica, nos cuesta trabajo quitarnos los bloqueos. Para eso hay mucho que trabajar. Siempre he creído en la telepatía, pero pensaba que quienes podían practicarla eran seres especiales”, dice la profesora.

“Me falta mucho y quiero seguir. No sólo es comunicación con animales: los bebés también se comunican con imágenes, y yo tengo un nieto. Lo más importante de esto es tener pensamientos positivos”, recomienda.

Ana María tenía una gatita en casa cuando llegó otra. La primera se puso furiosa. “Pensé que la mataba. Un amigo me sugirió que le hablara, que tratáramos a la más grande como si fuera la reina, que le dijéramos que tendría una compañía, que no iba a estar sola, y funcionó. Mientras otros colegas me decían que podían pasar seis meses de pleito, antes de una semana ya estaban compartiendo el baño y la comida a raíz de que comencé a hablar con ellas”.

La médica veterinaria ya hasta les mostró un video a sus colegas de la Facultad en la UNAM, pero le respondieron que “era charlatanería”.

“Es difícil que lo crean, sin embargo yo he trabajado con animales y sé que eso sí sucede. Hay animales a los que con sólo explicarles qué les iba a hacer no tenía que sujetarlos o amarrarlos, se dejaban curar porque entendían que era un bien para ellos. Tenemos bloqueos científicos”.

La gente acude al consultorio de Daniela Camino para dos cosas: buscar su atención como sanadora en humanos —“sanación energética” y medicina alternativa— y para consultarla sobre sus mascotas. Sus servicios no son baratos: las consultas presenciales cuestan 900 pesos. Entre lo que más le solicitan está la telepatía a distancia (valga la redundancia). La gente le envía por correo las fotografías de sus animales —vivos o muertos— y Daniela se comunica con ellos, estén donde estén, con un pago previo de 450 pesos.

“Cuando trabajas con cuestiones de telepatía, no hay tiempo ni distancia, lo que hay es una fusión de almas. Desde una perspectiva científica, el campo de los electrones es infinito. Eso es ciencia pura. Nada está separado de nada. Entonces, la pregunta es: ¿por qué no habría de funcionar?”, teoriza Daniela.

Uno de los ejercicios que hace en el nivel básico de sus cursos, es que la gente se funda con un animal, una “técnica chamánica básica”.

“Realmente te metes al cuerpo de ese animal y puedes sentir, según la atención que pongas, cuáles son sus emociones —cómo es el batir de las alas de un águila, por decir un caso— y puedes ver la perspectiva de ese animal desde adentro, como si vieras a través de sus ojos. Te metes, a nivel energético, al cuerpo del animal”.

Una gatita en Francia le enseñó los campos galos, recuerda: “El campo estaba lleno de romero, de lavanda, olores deliciosos. Puedes oír, ver, sentir, saber lo que percibe el animal”.

—¿En este momento podrías entrar en comunicación con cualquier animal del planeta?

—Es como un radio. Tienes que saber qué estación sintonizar.

—¿Y si ni siquiera tienes una fotografía que te ayude a visualizar a un animal?

—Si tú tienes un perro o un gato me lo puedes describir. Con la foto toda la información se vuelve tridimensional y me empieza a llegar como una corriente de agua. La única diferencia entre mí y otras personas es que aprendí a escuchar. Si tú supieras sentir, sentirías todo lo que hay en la energía de tu animal.

Gracias a la telepatía, Daniela ha logrado que hormigas salgan pacíficamente de un cuarto que prácticamente habían colonizado. Ha dialogado con mosquitos, que dejaron de molestarla en las noches. Pero el animal más fantástico con el que ha podido hablar es con una solitaria.

“He hablado con parásitos y lombrices como las solitarias. Ella me enseñó lo delicioso que es vivir en el estómago de alguien, lo increíblemente nutritivo, el calor, la súper sensualidad que es estar ahí adentro”, asegura muy seria Daniela.

La única comunicadora interespecies de México dice que hace todo esto por puro gozo. Y porque alguien tiene que hablar por los animales. Y, quizá también, por los mil 450 pesos que cobró a cada uno de los 20 asistentes por su curso de dos días.

Su próximo curso será en mayo. Si usted desea ir, le recomendamos primero consultarlo con su hámster.

(FUENTES: Revista Emeequis y latarde.com.mx)

1 comentarios:

Lanzarote Lover dijo...

hay un libro que habla sobre la telepatía con animales, se llama "Noosfera. La mente del planeta tierra" está escrito por Bianca Atwell.
http://noosfera-libros.blogspot.com

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