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miércoles, 24 de julio de 2024

‘El guardián de Los Andes’, el documental que cuenta la historia desconocida del niño del cerro El Plomo


En el Museo Nacional de Historia Natural de Chile (MNHN), en la muncipio de Quinta Normal, en la zona norte de Santiago, resguardado como un hijo único, como la pieza antropológica única que es, está el niño del cerro El Plomo. Permanece en una habitación propia, dentro de una cámara fría. Sorprende el buen estado de conservación del cuerpo del niño inca, de alrededor de ocho años, que vivió en territorio sudamericano aproximadamente en 1480, previo a la llegada de los españoles a América. Se distinguen claramente sus rodillas recogidas, su rostro escondido en ellas, las múltiples trenzas en su cabeza, las uñas de sus manos y pies.

Su cuerpo fue encontrado el 1 de febrero de 1954, a 5.400 metros de altura en el cerro El Plomo, en la cordillera de Los Andes, frente a Santiago de Chile, por los buscadores de minas y tesoros Guillermo Chacón, Luis Gerardo Ríos y Jaime Ríos. Y, 70 años después, El guardián de Los Andes, un documental de coproducción chileno-peruana, estrenado el 22 de junio, recorre la historia de este niño, que fue entregado como ofrenda en un ritual inca denominado Capacocha, donde se intercala una dramatización de su posible vida con los nuevos descubrimientos científicos a cargo del Museo de Historia Natural que han ido aclarando tanto su origen como la causa de su deceso.

El documental se empezó a trabajar en 2016 y fue producido por la Facultad de Comunicaciones Universidad Católica (UC), +Imagen y Exocet Studios. “El niño del cerro El Plomo es la principal pieza bioantropológica del patrimonio chileno”, dice a EL PAÍS Fernando Garabedian, director de la pieza audiovisual. Y explica que ni para su equipo ni para los científicos que examinaron su cuerpo fue fácil acceder a él pues “cualquier daño que se produzca no se puede reemplazar”.

Por años se pensó que la causa de muerte del niño del cerro El Plomo fue la hipotermia. Pero estudios tomográficos computarizados en colaboración con la Clínica Alemana, en Santiago, y que fueron liderados por el médico radiólogo Claudio Silva, refutaron esa tesis y concluyeron que murió por un traumatismo craneal. Los especialistas creen que la lesión fue provocada por un tercero con un objeto romo en un movimiento de derecha a izquierda. Cuando recibió el impacto, el niño probablemente estaba de pie y con la cabeza gacha.

Los análisis incluyeron la técnica de la dermatoscopia, los primeros realizados a una ‘momia’ en el mundo. Y mostraron que las tinciones oscuras en el cuerpo del niño, relacionadas anteriormente con la necrosis de los tejidos, se deben a las largas caminatas por las que pasó hasta llegar al cerro El Plomo. Esta parte de la investigación, a cargo de la dermatóloga Verónica Catalán y del médico Raúl Cabrera, dio cuenta que la congelación ocurrió después de la muerte del inca.

En la ceremonia de la Capacocha se elegían a niños de diferentes localidades del imperio inca para posteriormente ofrecerlos a los dioses. Este ritual se realizaba en los cerros y creaba lazos entre los territorios, que se extendían desde el sur de Colombia hasta la zona central de Chile.

El documental, que cuenta con la narración de la baterista chilena Juanita Parra y con música incidental de Los Jaivas, también muestra los exámenes genéticos que le hicieron al cuerpo, que estuvieron a cargo de Mauricio Moraga y Constanza de la Fuente, ambos investigadores de la Universidad de Chile. La revisión del genoma del inca determinó que provenía de la zona centro-sur de Perú, cercana al lago Titicaca. Desde su territorio de origen se habría movilizado hasta el Cuzco, donde se le entregan los objetos que también serían ofrendados. Luego, en una travesía de 2.000 kilómetros por el Camino del Inca, a lo largo de seis meses, habría llegado al Cerro El Plomo.

“Los exámenes que se le hicieron son extraordinarios y fueron realizados en Chile por científicos chilenos. La ciencia ha llegado a escudriñar a este niño y conocer su vida de una forma que es bien difícil hasta en otros lados”, comenta el director del documental. Estos nuevos descubrimientos relevan la importancia de la ‘momia’ inca, dice Garabedian: “Es una ventana directa a nuestro pasado en el cual, de primera mano, podemos conocer cómo nuestros ancestros vivieron hace 500 años en esta zona, cuáles eran sus costumbres, qué enfermedades tenían, qué comían, podemos conocerlo todo”.

(FUENTE: infobae.com)

domingo, 15 de octubre de 2023

Mujeres que pintaron con ayuda de los espíritus para combatir el duelo y la pena

La exposición 'La mano guiada' explora en el MNAC la obra de Josefa Tolrà y Madge GIll, dos creadoras y médiums que , sin conocerse, forjaron un fuerte vínculo artístico.

Josefa reproducía lo que le decían los llamados seres de luz. Madge, por su parte, dibujaba aquello que los «ojos no pueden ver». No se conocieron y es poco probable, por no decir imposible, que la una supiera de la existencia de la otra. Y, sin embargo, desde países y sensibilidades diferentes, desde Cabrils la primera y Londres la segunda, forjaron un vínculo irrompible: el del arte susurrado al oído desde otra dimensión. Los saberes esotéricos y el automatismo del estado alterado de la conciencia como puerta de acceso a la «esencia y el origen del arte».

«Forman parte de una genealogía del arte de mujeres que, lejos de la vanguardia estética europea, configuran una retaguardia mística que desde el espacio doméstico llena el exilio interior de una intensa experiencia psíquica y una poderosa creatividad», leemos al poco de ingresar en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC).

«Son artistas de vasta producción que nunca pensaron ser reconocidas con esta condición, pues no creaban sus obras con voluntad estética o comercial», añade Pilar Bonet, comisaria de 'La mano guiada', exposición que reúne en el museo barcelonés la «obra singular y casi inédita» de Josefa Tolrà (Cabrils, 1880-1959) y Madge Gill (Londres, 1882-1961).

Dos mujeres hermanadas en el duelo y en el poder balsámico del arte y dos creadoras que desbordaron con su trabajo «el arte académico» gracias, entre otras cosas, al desarrollo del «dibujo psíquico, la escritura automática y una obra textil de belleza singular». Singular y, según se mire, también inquietante. Ahí están las caras de Tolrà, con esos ojos como de sima abisal, compartiendo espacio con los suelos de damero y las florescencias siderales de Gill. El arte, nunca mejor dicho, como espejo del alma.

Duelos compartidos

Porque mientras que Tolrà, nacida en una familia de campesinos, empezó a dibujar «guiada por los espíritus» después de que su hijo mayor muriera en un campo de prisioneros de la Guerra Civil (el menor ya habìa fallecido en 1924); Gill, enviada a trabajar como jornalera a Canadá cuando era una cría y maltratada durante su paso por un orfanato, se refugió en el dibujo tras perder la visión de un ojo y sufrir, como Josefa, la muerte de dos de sus hijos. «Coinciden en duelos y procesos creativos, dibujan y bordan en las horas nocturnas, sin modelo ni pausas, utilizan alfabetos encriptados y sus mensajes son pacifistas, místicos, feministas y científicos», destaca la comisaria. De ahí que, además de lapiceros y pinceles, sus armas sean también la astrología, el péndulo, la magia, la meditación activa y la lectura del aura. «Su creatividad está conectada a las espiritualidades utopistas de principios del siglo XX en Europa e integrada en un cristianismo de base social», señala Bonet.

En la exposición, los abigarrados dibujos cósmicos de Gil y las siluetas espectrales de Tolrà, de quien también se muestran relatos y novelas manuscritas, son la proyección de unas «heridas del alma» que han dejado huella en museos como el Prado, el Macba, el Pompidou e incluso en la Bienal de Venecia de 2022, donde se presentó la obra de Tolrà. Todo un triunfo para dos mujeres que, sin formación artística ni literaria, jamás se consideraron artistas.

Al fin y al cabo, no era creadoras, sin mediums, y como tal firmaban sus obras: Madge como 'Myrninerest', nombre de quien guía su mano; y Josefa como 'Dibujo fuerza fluídica'. «Ellas recuperan los saberes y la creatividad de las mujeres, conectan con la función ancestral y protectora del arte, renuncian a la noción de autoría, aplican conocimientos esotéricos y ofrecen a las generaciones del siglo XXI inspiración para transformar el mundo desde una nueva ola de feminismo», sostiene Bonet.

Su conexión con el más allá, además, desborda lo puramente artístico: Madge Gill se introdujo en círculos espiritistas en busca de consuelo tras una vida marcada por el maltrato y la pérdida, y Josefa Tolrà buscó en la teosofía aquello no encontró en la vida terrenal. Tanto es así que la catalana percibía el aura de las personas, las ayudaba como sanadora y, por si fuera poco, se comunicaba con los muertos. Entre ellos, Jacint Verdaguer, Jacques Pasteur y Santa Teresa de Jesús. Se entiende así que entre 1941 y 1959 realizase más de un centenar dibujos que son «transcripciones de los dictados de los espíritus».

«Su experiencia visionaria se inicia en la comunicación con 'seres de luz', las almas,y revierte en una misión de vida que les permite ayudar a quienes lo necesitan a través de dibujos y predicciones», apunta la comisaria. También ellas, claro, buscan ahí consuelo a sus múltiples desgracias terrenales. «Sólo cuando dibujo me siento en paz», que llegó a decir Tolrà. «No hay principio ni fin en esta humana representación de lo que es invisible», zanja la comisaria.

(FUENTE: abc.es)

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