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martes, 31 de octubre de 2017

Denuncian a las autoridades canadienses para demostrar la existencia del 'bigfoot'



Todd Standing cree firmemente en la existencia de 'bigfoot', o 'pie grande', y desde hace años reúne cualquier prueba que pueda demostrar la existencia de esta criatura mítica que supuestamente habita en los bosques de Canadá y EE.UU. Ahora este canadiense ha llevado su búsqueda a los tribunales en un esfuerzo por obligar al Gobierno de la provincia de la Columbia Británica a respaldar su investigación sobre el hábitat del 'bigfoot', informa 'Vancouver Sun'.

Standing ha estado llevando a cabo expediciones en las Montañas Rocosas de Canadá durante casi una década. Asevera que ha tenido éxito filmando e interactuando con ejemplares de la especie en el área de Kootenay, en el sureste de la provincia, pero asegura que el grupo que estaba estudiando se volvió "flaco y débil, y finalmente desapareció".



"Cuando exploré más el área, descubrí que habían realizado una tala extensa", dijo. Por esto el 'buscador de pies grandes' decidió presentar una demanda ante la Corte Suprema de Columbia Británica acusando al Ministerio de Pesca y Vida Silvestre de "negligencia en el cumplimiento de las obligaciones relacionadas con los intereses de una especie silvestre autóctona".

Según Standing, el ministerio es responsable de la tala excesiva en el área donde reside al menos un pie grande.



El investigador asevera que puede proporcionar pruebas físicas, videos y relatos de testigos para demostrar la existencia del pie grande, y solicita al tribunal que un biólogo del Gobierno lo acompañe al "hábitat conocido del 'sasquatch'" —otro de los nombres del ser— durante tres meses para probar mejor sus afirmaciones.

Standing asegura que su objetivo final es proteger al pie grande, una criatura que, según él, "prefiere la soledad, pero aceptará a una persona en la que confíe".

(FUENTE: actualidad.rt.com)

El japonés loco


El multifacético Parapsicólogo peruano Reynaldo Silva, se ha destacado, con el transcurrir de los años, no solamente en su área profesional, sino también en la narrativa y el cuento: acá les presentamos uno de sus cuentos de miedo, los cuales serán publicados en 2018.

Un Relato de: Reynaldo Silva Salas. 

La noche era muy fría y ventosa. Carlos Bejarano, más conocido como “Carlitos” por todos en la redacción del diario “Últimas noticias”, caminaba por las desiertas calles de Lima, mascando su rabia. Con apenas 24 años, pensaba si no se había equivocado de profesión: desde hacía dos años trabajaba con verdaderos “pesos pesados” de la prensa amarillista nacional, y los únicos encargos periodísticos que recibía eran hacer reportajes estúpidos que nadie quería hacer, como el que tenía entre manos: averiguar todo lo que se pudiese sobre una pelea entre campesinos, en un pueblo a las afueras de Lima.

 “Acá dice que un japonés es acusado por todo el pueblo de hacer brujerías con sus animales” -leyó el jefe de prensa, a la vez que le entregaba la nota enviada por un periódico amigo-, “fueron todos a quemarle su casa y él se defendió con una espada samurai: puedes sacar una nota bien “sazonada” con eso”. Los otros reporteros recibían encargos como entrevistar a políticos en la clandestinidad, peligrosas investigaciones sobre corrupción en el gobierno militar, e incluso, pícaras entrevistas con sesión de fotos a alguna vedette, y a él le daban esa ridiculez. 

Las risas de todos los reporteros casi hicieron venirse abajo las vetustas paredes del viejo edificio dónde estaba el periódico. “¡Acábalos tigre! – le dijo a la vez que soltaba un fuerte manotazo en la espalda el reportero de policiales. “Y de paso tráenos fruta, jajajaja” –agregó burlonamente un veterano reportero de pelo canoso. Carlitos no dejaba de pensar en renunciar mientras se dirigía a su pensión en el centro de Lima. La fría noche hizo que se abrigase mientras pasaba por un retén militar; era el año 1973 y con los militares en el poder, la ciudad parecía asediada. Su salvoconducto le permitió una vez más seguir su camino. “¡Cualquier reportero del mundo mataría por trabajar acá ahora y yo tengo que investigar tonterías!” – pensaba -, “bueno, al menos por un día, me alejaré de este clima del asco”. 

El aire cálido del valle costeño le dio de lleno en la cara cuando descendió del destartalado ómnibus. El pueblo era como cualquiera del llamado “Sur chico”; casas de adobe, calles de tierra y uno que otro campesino montado en burro atravesándolas. Según sus notas, el japonés del lío ese era un hombre ya entrado en años, venido de su país al acabar la Segunda Guerra. Al preguntar a los lugareños por el domicilio de Nakatoshi Oda recibió todo tipo de respuestas: “….ese viejo miserable le mató tres corderos a mi cuñado”-, le dijo uno. “Tiene pacto con el diablo”-, agregó el cura. “Seguridad del Estado debería llevárselo” -, declaró un Guardia Civil. Una rara mezcla de odio y miedo se notaba en todas las declaraciones recogidas. Un apodo más bien, era usado por todos: “el japonés loco”. 

Tras recabar el testimonio del comisario, Carlitos se dirigió al otro lado del pueblo, donde se hallaba la casa del nipón. La autoridad policial le aclaró en algo el panorama: Oda, era un taxidermista -la parecer uno muy bueno, casi genial-, al cual el pueblo veía por eso con recelo. La pérdida de animales en el pueblo, seguro robados por delincuentes, le fueron achacados por todos a Oda, azuzados por algún envidioso. Pensando en que el reportaje no valía para nada el tiempo invertido, Carlitos Bejarano se detuvo viendo sus apuntes frente a la casa de Oda. Era muy fácil dar con ella: era la más grande y bien cuidada, comparándola con las demás. 

La puerta apenas se abrió después de que tocase un buen rato. Un canoso y nervioso oriental apenas se dejó ver a través de la puerta: “¡ya dije todo a detective!...” –dijo en un muy pasable español-, “¡váyase!”. Carlitos había decidido hacer bien su trabajo, así que usó algunos artilugios aprendidos en el diario; mintiendo descaradamente, le dijo a Oda que estaba escribiendo un libro sobre extranjeros exitosos viviendo en el Perú. “Colonia japonesa no quererme” –replicó el japonés-, “¡no participaré!”. Bejarano continuó diciendo que no venía de parte de la colonia de residentes japoneses; dijo que venía por encargo del gobierno, dada su fama de experto taxidermista. 

Nakatoshi Oda mordió el anzuelo: Carlitos sabía lo respetuosos que son los nipones con respecto a la autoridad. La puerta de la casa se abrió para él, aunque la mirada inexpresiva de Oda no cambió un ápice. Ya sentados en la sala, el reportero vió sorprendido su trabajo: sentado frente a una diminuta mesa, con una taza de té en las manos, Carlitos no podía dejar de extasiarse con lo que veía: decenas de animales de todos los tipos lo rodeaban. Jaguares selváticos, venados, aves de todo tipo y un oso de anteojos, perfectamente disecados, le parecían observar,…. parecía que esos animales estuviesen vivos. 

Su anfitrión gradualmente le comenzó a hablar de su arte, del tiempo que llevaba viviendo en el pueblo, y también de lo sucedido hacía unos días con los lugareños. Se notaba que el nipón no había recibido una visita en años, ya que se esforzaba por mantener interesado a su joven entrevistador. Oda veía complacido cómo el joven ese tan simpático llenaba su libreta con cada palabra que él decía. Al pasar las horas, el té verde dejó paso a unos excelentes piscos y macerados de frutas que se producían en el valle. Carlitos comenzó a tener mayor interés en aquel viejo solitario cuando le comenzó a contarle que había peleado en la guerra, en el Ejército Imperial japonés. 

Los ojos del joven comenzaron a abrirse al escuchar las historias que salían de los labios arrugados de Oda. Su lápiz volaba por el papel al escribir datos tras datos que le parecían dignos de tomarse en cuenta. La noche avanzaba, los animales disecados de la sala lanzaban tenebrosas sombras que se alzaban por las paredes hacia el techo de la sala, iluminada apenas por la luz de una trémula lámpara de querosene. Carlitos no tenía miedo; se reía por efectos del alcohol, de las hilarantes y picarescas anécdotas de Oda en un burdel chino durante la guerra. Carlitos la estaba pasando de lo mejor, pero tuvo que despedirse de Oda al ver que ya era tarde y que no encontraría forma de volver a Lima. 

Mientras regresaba por la carretera, el joven pensaba en si estaba bien o no haber seguido con la farsa: había prometido volver el próximo fin de semana para continuar el “reportaje” a su nuevo amigo. Pensó en que tal vez hacía bien al amenizar los últimos días de un pobre viejo solitario. Él también era un solitario, y había disfrutado la velada y las bebidas; además, regresaba a casa con un espléndido regalo: Oda lo había convencido de aceptar un precioso bonsái. 

A partir de ahí, todos los domingos, por tres meses meses, Carlitos Bejarano visitó a Oda, iniciando sus tertulias al mediodía, y acabándolas muy tarde en la noche. El japonés nunca supo del motivo que trajo a Bejarano a su casa: la nota fue tan aburrida que jamás se publicó en “Últimas noticias”. El reportero no dijo a nadie dónde iba, por lo que en el diario pensaban que tendría algún amorío o algo así: siempre llegaba los lunes a la redacción con unas tremendas resacas. Las tertulias entre el periodista y el japonés comenzaron a cambiar cuando Oda comenzó a tener más confianza en el muchacho. 

En una de ellas, le reveló su gran secreto: Oda sirvió en una unidad especial del ejército nipón en China. A Carlitos nada le decían los nombres “Operación Maruta”, “Escuadrón 731”, “Fortaleza Zhongma”, “Unidad Wakamatsu” o la ciudad de Harbin,… nadie sabía nada de eso en 1973, pero en vez de aterrarse, Carlitos quedó hipnotizado por sus revelaciones: hablaba de experimentos secretos en personas, horrendas disecciones sin anestesia y un inmenso cúmulo de horrores sin fin. Sus colegas en el diario “Últimas noticias” se jactaban de sus conversaciones con asesinos convictos, pero lo relatado por el viejo,… era demasiado. El joven periodista quedó fascinado y por nada del mundo impidió que aquel viejo borracho le contara todo. 

Oda, bajo los efectos del alcohol, pasaba de cantar viejas canciones guerreras japonesas a pormenorizar los crímenes de los que fue partícipe, para luego, de pronto, echarse a llorar como un niño, recordando a sus camaradas muertos en combate. Le dijo que, así como a muchos, él fue indultado por los norteamericanos tras la guerra, los cuales le daban una jugosa pensión por los secretos de los experimentos que les reveló. Si vivía en un pueblito perdido en sudamérica, era por que prefirió alejarse de miradas acusadoras. Las libretas de Carlitos se llenaban ahora de datos caóticos casi increíbles. Tras esa delirante noche, pensó que tal vez había dado con el reportaje de su vida. 

Al domingo siguiente, Carlitos llegó de nuevo a la casa del japonés. Estaba algo desilusionado por que no logró conseguir traer consigo una grabadora del diario, pero se contentaba que un colega le había prestado su cámara fotográfica. No sabía si le serviría de algo, pero le pareció buena idea. Como de costumbre, empezaron a vaciar metódicamente botella tras botella de licor, mientras Oda revelaba más y más su increíble y tenebroso pasado. Al anochecer, ya totalmente ebrio, comenzó a sollozar, mientras recordaba a su único amor, su esposa: Oei. El joven quedó extrañado; siempre había pensado que su viejo amigo estaba solo en este mundo. “Era joven y hermosa” – dijo Oda-, “la hice venir desde Japón y aquí nos casamos. Yo era muy feliz”. 

Temiendo ser indiscreto, Carlitos le preguntó por ella. “Murió hace 20 años”- le respondió enjuagándose las lágrimas-, “enfermedad desconocida. Murió muy joven”. Cambiando de tema inexplicablemente, el japonés le soltó una frase intrigante: “mis jefes, durante la guerra, eran monstruos: sólo querían matar. Yo distinto: yo quería acabar con la muerte”. Tras una pausa, retomó de nuevo sus historias de guerra. Casi a la medianoche, el anciano volteó hacia el joven periodista, lo miró con ojos perdidos y le dijo: “¿quieres conocer a mi Oei?”. Pensando en que le mostraría algunas fotografías, Carlitos asintió. Se extrañó cuando el viejo oriental se levantó de su asiento y le dijo gravemente: “Ven conmigo”. 

Siguiendo al japonés que se tambaleaba por efectos del alcohol, Carlitos Bejarano fue tras de él, hasta el fondo de la casa. Frente a una pared, el viejo le miró sonriente, mientras tocaba con sus dedos una supuesta mancha en la pared. Ante los ojos sorprendidos del joven, la pared se deslizó silenciosamente, dejando a la vista una puerta secreta. Ambos personajes comenzaron a descender por unos escalones que se perdían en la oscuridad. No tardaron mucho para llegar al final de la escalera: Carlitos supuso que se hallaban bastante abajo del nivel de la calle. Una tenue luz al frente le indicaba que al frente suyo había una habitación. 

Al atravesar el umbral, el periodista quedó helado frente a lo que tenía ante sus ojos: en una habitación muy estrecha, con las paredes llenas de instrumentos de metal que no pudo identificar, se hallaba Oda, mirándole, de pie junto a una mesa de piedra. Sobre la mesa, yacía un cuerpo. Era el cuerpo de una mujer; estaba desnuda y era realmente hermosa. Su piel pálida, muy pálida, demostraba que era un cuerpo sin vida,… pero su apariencia en general era la de estar perfectamente conservada. Carlitos miró a Oda buscando una respuesta. 

“Es el trabajo de toda mi vida” -, le dijo, para luego acariciar el cabello negro azabache del cuerpo, mientras susurraba algunas frases en japonés-, “el proceso está casi terminado: muy pronto lograré que tenga temperatura normal y su piel tendrá otra vez su color original. Mi Oei estará conmigo por siempre”. Carlitos seguía paralizado del asombro: si era cierto que ese cadáver tenía 20 años sin sufrir cambios, aquel viejo había hecho un descubrimiento fabuloso. Oda continuó sorprendiéndolo: “ven, toca….”- le pidió mientras tomaba un brazo del cuerpo-, “toca: no hay rigidez. Las articulaciones se mueven”. El reportero tomó el brazo y continuó sorprendiéndose: se sentía y se movía igual como el brazo de cualquier persona viva. Cualquiera que la viese, pensaría que sólo estaba dormida. 

De pronto, el viejo se descompuso y comenzó a llorar, cayendo de rodillas, tomando la mano de su esposa muerta, hablando en japonés. Carlitos aprovechó esa dolorosa escena: Oda no lo miraba, así que sacó la cámara que llevaba. Tomó tres fotos. Si aquello era cierto, necesitaría pruebas. Miró al pobre viejo borracho que lloraba amargamente: definitivamente era un genio, pero también el infeliz estaba totalmente loco. Lo alzó del suelo, tratando de calmarlo. Ayudándolo a subir las escaleras, dejaron aquella habitación, subiendo los dos muy trabajosamente. 

Ya de nuevo en la sala, Oda comenzó a hablar: “tardé muchos años en lograrlo”. Al periodista le faltaba cabeza para preguntarle; “…pero, ¿cómo es posible?....”. El nipón le respondió sin dejar de mirar la mesa de madera frente a él: “….parte química, parte alquimia,.... nazis nos dieron libros que obtuvieron de países invadidos; los leí todos”. A Carlitos le comenzó a dar vueltas la cabeza cuando el nipón le comenzó a explicar una intragable mezcolanza de fórmulas químicas, gases, recetas de pociones alquímicas extraídas de textos medievales y descubrimientos judíos y chinos acerca de “Golems” y la “píldora de la inmortalidad”.

Oda era muy preciso al describir todo eso, a pesar de su embriaguez,… pero Carlitos lamentablemente había sido un pésimo estudiante de química en el colegio, y no entendió nada. Oda tardó dos horas en explicarle su proceso secreto, para finalizar diciendo: “lo que hacían antepasados hoy le dicen magia: yo le digo ciencia….”. El joven reportero se quedó un rato pensando hasta que finalmente le preguntó el por qué de decía todo eso. “….Estoy viejo y moriré pronto, Carlos-san….” –le respondió Oda-, “necesito que, cuando yo morir, uses mi fórmula conmigo: no quiero dejar sola a mi Oei….”. Cuando Carlitos salió de la casa, ya había amanecido. Volvería el domingo siguiente: Oda le había hecho jurar que lo haría. Ese día, su procedimiento estaría totalmente completo y le daría al reportero por escrito su fórmula. Carlitos no fue a trabajar ese lunes al diario. 

Una vez llegado el domingo, Carlitos Bejarano se bajó rápidamente del bus en la plaza del pueblo. Estaba impaciente para acudir a su cita. El barullo al otro extremo de la plaza llamó su atención. Los lugareños se arremolinaban lanzando todo tipo de exclamaciones, mientras las mujeres lloraban. Instintivamente, como buen reportero, corrió hacia el lugar. El joven llegó a tiempo para ver cómo recién cubrían el cráneo destrozado con periódicos: era Oda. Había salido temprano a comprar pescado al mercado cuando un conductor ebrio lo atropelló. Tenía el cráneo destrozado. Su muerte había sido instantánea. 

En sus pocos años de periodista ya había visto varios cadáveres, pero ver a quien ya consideraba su amigo, fue demasiado, comenzó a caminar por la plaza en estado de shock. No podía quitarse de las retinas la cara de Oda muerto, sus ojos crispados, su boca abierta, como una grotesca mueca. Conforme se recuperaba, Carlitos recordó lo que lo había llevado al pueblo ese día: el secreto de Oda. Al acercarse de nuevo al cuerpo, vio cómo los policías revisaban los bolsillos del atropellado mientras levantaban el cadáver. Un policía trató de abrir y leer su libreta de notas, pero le fue imposible: estaba totalmente empapadas en sangre. 

Carlitos vio con desazón cómo las fórmulas químicas anotadas en tinta china se borraban por el contacto con la sangre y por la grosera manipulación del ignorante policía; se habían perdido para siempre. Mientras miraba cómo cargaban el cuerpo en una camioneta, el periodista recordó el otro secreto de Oda. Comenzó a correr hacia su casa: debía llegar antes que los policías descubrieran el cuerpo de Oei. Sin saber que haría, Carlitos Bejarano entró como una tromba a la casa. Abrió la puerta secreta y descendió a toda velocidad los escalones. Apenas tomó aire al estar frente al cuerpo de Oei. Miró por todos lados: todo el piso estaba lleno de papeles rotos escritos en japonés. 

El único vestigio del trabajo del japonés era el cuerpo desnudo e intacto de su amada, frente a él. En eso pensaba cuando se percató de su frente: adosada a ella, el cadáver tenía un disco de arcilla, en el cual estaban escritos algunos caracteres en algo que parecía ser hebreo. Carlitos se acercó para ver las letras con más detenimiento. En ese momento el joven quedó paralizado por el horror: los ojos de la muerta comenzaros a entreabrirse lentamente, dejando ver un horroroso resplandor verdoso que salía de ellos. El joven comenzó a gritar paralizado del pánico sin poder dejar de ver también cómo la boca también se abría enormemente, soltando en la habitación esa luz verdosa y un vaho espeso y nauseabundo, mientras que de la garganta de ese ser se dejaba oír un grotesco y profundo lamento de ultratumba: “¡OOOO…..DDDAAAAAAA..!!!!!”. 

Apenas vió que ese ser comenzaba a incorporarse de la mesa de piedra, el joven no aguantó más y salió disparado de aquel lugar de pesadilla, gritando sin parar. Sin detenerse, tiró al suelo todo lo que se le puso en el camino hacia la calle. Con una fuerza sobrehumana, Carlitos destrozó la puerta de madera, para correr por las calles del pueblo sin dejar de gritar. Al ver pasar por la plaza al joven enloquecido, botando espuma por la boca y sin parar de gritar, los lugareños que comentaban el desdichado final de Oda sólo se encogieron en hombros: de seguro el “japonés loco” había contagiado con su locura al pobre jovencito ese -, pensaron,...

¿Pacto con el diablo?: el enigma de los gatos que cuidan tumbas en un pueblo en Colombia


En un remoto pueblo de Colombia, que inspiró una de las novelas de Gabriel García Márquez, una familia es acusada de tener un pacto con el diablo porque decenas de gatos cuidan el cementerio donde están las tumbas de sus seres queridos.

Lejos de indignarse, los Serrano, nacidos y radicados en Santa Cruz de Mompox, una de las estrellas fluviales más grandes de Latinoamérica, sienten orgullo del reconocimiento que ha generado a su apellido la custodia de los felinos.

"A nosotros no nos incomoda que la gente diga que tenemos pacto con el diablo, en lo más mínimo. Al contrario, nos parece estupendo porque eso nos da un mayor reconocimiento", dice Víctor Serrano desde la comodidad de su mecedora.

Don Víctor, un médico cirujano, pasó desapercibido la mayoría de sus ocho décadas de vida, pero la muerte de su hijo menor Alfredo en 2001 por una enfermedad cardíaca lo hizo localmente famoso.

Alfredo, conocido en el pueblo como el "Gato", falleció cuando tenía 33 años y su cuerpo fue resguardado junto al de sus abuelos paternos en una bóveda en el cementerio de Mompox, una localidad abrazada por el río Magdalena y declarada patrimonio de la humanidad en 1995 por la Unesco.

"Nosotros quedamos asistiendo a la bóveda de él, al cementerio íbamos casi todas las tardes", agrega con un marcado acento costeño Víctor, refiriéndose a sí mismo y a su esposa, al rememorar sus estancias al frente de las blancas criptas.

El mote de Alfredo, heredado por el abuelo paterno a todos los hombres Serrano y que encajaba con sus ojos verdes, empezó a tener mayor sentido cuando se convirtió en rutina ver pasar a una gata negra por su lápida.

La felina tuvo crías en el lugar, ellos empezaron a alimentarla y se fue acomodando, cuenta.

El número de gatos empezó a aumentar y con él, los mitos sobre una supuesta "brujería" y "pactos con el diablo".

"Muchas personas de Mompox (…) le han querido dar un toque de misterio y todo, lógicamente, porque está enmarcada dentro del cementerio", cuenta el guía turístico Luis Domínguez, de 41 años.

Los Serrano comenzaron a alimentarlos y esterilizarlos para contener la sobrepoblación, que incluye felinos blancos, negros, atigrados y amarillos.

Con porte serio, don Víctor reduce las historias del más allá a meras supersticiones de los habitantes de Mompox, el pueblo que inspiró el realismo mágico del Gabo en "El general en su laberinto".

"Para mí, esta historia de los gatos no pasa de ser más que una historia de amor de dos padres con su hijo", concluye Domínguez.

(FUENTE: infobae.com)

lunes, 30 de octubre de 2017

Una cámara capta actividades misteriosas en un pub embrujado en el Reino Unido



Los dueños de un pub en la ciudad británica de Canterbury aseguran que los sensores de movimiento del lugar han captado cosas que se mueven en la oscuridad de la noche, provocando sospechas de que el establecimiento está embrujado, informa el portal Kent Online.

Los videos de extraños sucesos en el pub The Tyler's Kiln han dejado al personal y a los clientes habituales con un poco de temor. Los empleados han reportado sobre sombras que pasan por las puertas, vasos que caen de los estantes y luces que se encienden misteriosamente, de acuerdo con el medio.

La cantidad de incidentes es tal, que un grupo de investigación paranormal local asegura estar dispuesto a llevar a cabo una inspección en el pub. El propietario, Allister Collins, armó un video utilizando clips de las cámaras de seguridad del lugar durante un período de dos meses desde el 4 de agosto.

En la grabación se ve cómo se mueven misteriosamente las sillas, se abren las puertas del salón y una sombrilla se despliega sola.

Collins asegura que "siempre escuchó historias sobre que su pub está embrujado". Además, el dueño de The Tyler's Kiln se sintió abrumado por el interés causado por el video, que fue publicado en la página del pub en Facebook. "Ha sido bastante sorprendente la cantidad de reacciones que hubo".

(FUENTE: actualidad.rt.com)

"El Estadio de los muertos"




El multifacético Parapsicólogo peruano Reynaldo Silva, se ha destacado, con el transcurrir de los años, no solamente en su área profesional, sino también en la narrativa y el cuento: acá les presentamos uno de sus cuentos de miedo, los cuales serán publicados en 2018.



- Un relato de: Reynaldo Silva Salas.

Esta historia me fué relatada en una de mis últimas visitas a mi antiguo barrio de Balconcillo, en La Victoria, en una tertulia de barriada en la que pude estar, con amigos de barrio, viejos compañeros de aventuras de mi hermano mayor. Ahí nos encontrábamos, parados bajo un poste en una esquina, iluminados por su luz, bebiendo una botella de ron que pasaba de una mano a otra cuando me contaron la experiencia que todos habían vivido, la terrible historia del ocaso deportivo de un antiguo ídolo del barrio, y que mi hermano nunca me había relatado.

Rara vez el fútbol y el mundo de lo sobrenatural se juntan en una sola experiencia, pero esa vez aconteció así. A mediados de los setentas, mi hermano mayor y su patota de amigos del barrio, hicieron lo que todo grupo de chicos hacen en la edad de la adolescencia: fundar un equipo fútbol. Ansiosos de competir en un mega campeonato barrial en que participarían todos los equipos de la -para ese entonces ya-, gran ciudad de Lima. Tras ser despreciados por el equipo “oficial” del barrio, comenzaron a reunir a todos los de su edad que tenían hambre de fútbol.

Apoyados por un humilde emigrante de la sierra que, a fuerza de sudor y esfuerzo había logrado tener un pequeño grifo y taller de reparación autos en el barrio, el equipo comenzó a crearse. Dado que en aquellos años encandilaba a los jóvenes de todo el mundo la selección holandesa, decidieron emularlos; más, siendo unos chicos excesivamente bromistas, terminaron bautizando al equipo como “La Papaya Mecánica”. Parecía divertido,…hasta que todo el barrio comenzó a burlarse del nombrecito. Afortunadamente eso duró muy poco. En cuestión de semanas “La Papaya Mecánica” se convirtió en el “cuco” de todo Lima: goleada tras goleada, demostraron que no eran cosa de chiste. Simplemente eran un excelente equipo.

Entre los mejores jugadores, destacaba un moreno fuerte y espigado, muy desarrollado para su edad, proveniente del temible barrio de Matute. Se llamaba Francisco Dagnino. En el barrio le decían “Pacho” ó “Dañino”. El último apodo era el que mejor le calzaba. Imparable goleador, era común que metiese mínimo tres goles por partido. Era un genio con la pelota. Un monstruo en potencia a sus cortos 16 años,…pero era también un absoluto pedante y soberbio con aires de matón. Consciente de su brillante futuro con la pelota, no dejaba de hacérselo saber a todos. A todos le caía tremendamente antipático, pero era indispensable en el equipo, por lo que todos hicieron de tripas corazón y trataban de soportarlo, a pesar del odio que se granjeaba.

Muchos pensaban que semejante forma de ser tenía su origen en que Danigno, casi criado en la calle, nunca tuvo padre que le corrigiese, mientras que su madre falleció siendo él muy niño. Lamentablemente no dejaba que nadie le aconsejase en nada, siguiendo el su imparable carrera hacia la fama ó el desastre; lo primero que llegase. Un día, se enteraron que unos reclutadores de Alianza Lima irían a ver jugar al equipo. Obviamente, iban a ver a Dagnino. Era mediados del verano y “La Papaya” enfrentaría ese sábado a las divisiones inferiores del Deportivo Municipal; el escenario, el famoso “Estadio de los Muertos” de Chorrillos.

“Pacho Dañino”, ya enterado del hecho, llevó su soberbia a niveles estratosféricos: mientras todos los muchachos se emocionaban en el camerino, comentando que darían todo lo mejor de cada uno de ellos por el sueño de lograr ser fichados por Alianza Lima, Dagnino los bajaba de las nubes diciendo: “ustedes están en este equipo sólo para que yo destaque más”. Su actitud amenazaba con romper la unidad del equipo, pero a él no le importaba, mientras daba la espalda a todos y continuaba pateando la pelota contra la pared.

El mecenas del equipo había contratado a un casi anciano argentino venido a menos, que había llegado en los años cuarentas a Lima, como refuerzo para el aquél entonces, poderosísimo Defensor Lima. Una lesión acabó con su carrera deportiva y ahora vivía en un miserable cuartucho en Balconcillo. Se apellidaba Arana; todos le decían “Viejito”. Trató en vano de enseñarles a los chicos los secretos del fútbol. Vano esfuerzo: eran “ídolos de barrio”. Quererles enseñar a jugar era como querer darles perlas a los burros. El “Viejito” Arana, tras escuchar a “Pacho” decir sus tonterías, alzó la voz y comenzó a decir a todos sus pupilos:

“La soberbia no lleva a nada; créanme pibes. Yo lo sé mejor que nadie” – comenzó a decir, mientras se incorporaba y se acercaba a “Dañino”-, “mirá “fiera”,.… ”. Pacho volteó y le clavó la mirada con sus ojos negros y saltones, molesto. Bajó la vista. Le llevaba a Arana casi una cabeza de altura. Casi escupiendo, observó lo que tenía en la mano: era un viejo billete fuera de circulación de 1000 soles. “¿Y qué? – respondió con rabia-, “¡esa porquería no sirve ahora ni para comprar un cigarro!...”. El viejo ex jugador bajó la vista con pena. “Sí, no vale nada. Cuando me vine para acá, me pagaban con uno de estos todos los meses,… me alcanzaba para vivir como un rey, y aún me sobraba. Ahora mirá donde estoy…”.

El moreno era tan soberbio como bruto. “Eso le pasa a los malos: yo voy a hacer millones” -, replicó. Mientras Arana miraba cómo “Dañino” le daba las espaldas indiferente, caminando lentamente como lo hacía en su barrio, ladeándose. El “Viejito” le lanzó una mirada de lástima. “me hacés recordar al “Mágico” Castañeda…” –dijo mientras el muchacho se sentaba, calzándose, mostrando molestia por las palabras del entrenador. “….Castañeda jugó en los cincuentas en Alianza: era un demonio. Nadie le igualaba como centro forward. Yo era asistente en el Deportes Arica cuando lo conocí- , comenzó a relatar al grupo-, “la prensa decía que se iría a España. Era un pibe muy creído. Pensaba que se lo merecía todo. Un verano como éste, los del Alianza y del Deportes vinieron a veranear acá a Chorrillos. Iban a la playa y luego venían a esta cancha a jugar. En esa época los profesionales eran todos amigos; no como ahora que se matan si se cruzan en una esquina”.

Conforme avanzaba el relato, el argentino caminaba por el camerino, sin preocuparse por el tiempo, prefiriendo contar su historia en vez de dar indicaciones para el partido. “Cuando vinimos a jugar una “pichanga”, ví que todos se persignaban tres veces y susurraban algo. Le pregunté al entrenador del Deportes y me contó la historia de este campo”. Todos le seguían atentamente su relato: “sepan “pebetes” que este estadio fue antes un cementerio. Un cementerio para los marinos que morían en el mar. Con el paso de los años, ya abandonado, el municipio retiró las tumbas y sus muertos y lo construyó,… pero siempre se dice que a lo mejor se olvidaron de alguien. Eso me contó el entrenador. Cuando le pregunté qué susurraban los pibes, me dijo que pedían disculpas por si ofendían a alguien”- dijo a la vez que apuntaba la suelo.

“Todos hacían esa cábala; todos menos Castañeda. Decía que eran boludeces: antes de acabar el primer tiempo, se lesionó. Fue una lesión muy extraña: un momento una a patear al arco y en otro momento estaba en el suelo. Se había fracturado la pierna en tres partes distintas, pero nadie vió a qué le pateó. Ahí acabó su carrera”. En ese instante todos escuchaban muy atentos al entrenador, menos “Pacho”, claro está. El silencio fue roto por el llamado del árbitro para iniciar el partido. “Bueno pibes, llegó la hora” – exclamó Arana-, “salí y jugá a lo que saben. Suerte. Y no olviden persignarse tres veces”.

Al salir al campo la pequeña tribuna explotó; todo el barrio estaba ahí. Incluso los delincuentes más avezados del barrio estuvieron ahí. Al primer foul de uno de los contrarios, un malencarado moreno se levantó en la tribuna, y le gritó al joven jugador del Municipal: “¡OYE TÚ!” –dijo con voz ronca-, ¡SI LO VUELVES HACER, TE CORTO LA CARA!”. El pobre muchacho no lo intentó de nuevo. Aparte de esa anécdota, el partido transcurrió como se esperaba. “Dañino” hizo de las suyas, y al ver a los cazatalentos en la tribuna, egoístamente monopolizó la pelota. El partido acabó 6 a 0; cuatro de los goles fueron de “Pacho”.

“La Papaya Mecánica” clasificó a cuartos de final. El entrenador Arana terminó saltando y gritando de emoción, como si estuviese de nuevo en su querido barrio de La Boca. Mientras el equipo descansaba en el gramado bebiendo las gaseosas que el mecenas les llevó y recibían también la felicitación del vecindario, Dagnino y los cazatalentos conversaban lejos del grupo. Estaban complacidos y no querían al moreno para el equipo juvenil, sino para el equipo que jugaba en la profesional. “Pacho” no cabía en sí de contento. El contrato se firmaría al día siguiente. En un arranque de suficiencia, terminó la conversación diciendo: “está bien, pero….sería bueno si me dejan “alguito”; no sea que me anime por otro equipo”. Uno de los cazatalentos dejó en sus manos cuatro billetes, por precaución.

La tarde avanzaba y “Dañino”, loco de contento, convenció a todos a celebrar su suerte. No era el único; Gustavito Márquez, defensa del equipo, había sido convocado por los del Alianza para jugar en la categoría juveniles, así que todos aceptaron de buena gana. El “Viejito” Arana, borrachín empedernido, no objetó la propuesta. “Pacho”, frente a todos, le lanzó un billete al suelo frente al utilero, como si fuera cualquier cosa: “¡oye tú!; tráete todo el ron que puedas comprar”. Su actitud era insoportable, pero de sólo pensar que no lo veríamos más, podían aguantarlo. “Che, mejor pedí pisco” – intervino el entrenador-, “bebé el licor de tu tierra”. A “Dañino” nadie le replicaba nada, pero esa vez, accedió. “Tiene razón: hoy pisco por última vez: a partir de mañana, sólo “uiski” del importado, ¡JAJAJAJA!!..”.

Unas discretas conversaciones con el solitario guardián del estadio les permitió quedarse ahí a beber. Los familiares y parte del equipo se habían ido a la playa a aprovechar las últimas horas de sol. Los maleantes del barrio se habían ido a celebrar a su manera, en los burdeles de la ciudad. Quedó un grupo de ocho jugadores, “Pacho” y el entrenador. Ese atardecer sentados en círculo en el centro del campo transcurrió apaciblemente. La noche se acercaba y, conforme la bebida hacía sus efectos, algunas de las sandeces de “Dañino” causaban más hilaridad que desprecio. “Vas a ver…” –dijo mientras despeinaba al chiquillo que fungía de utilero-, ”cuando juegue en el Real Madrid, te voy a dar mis “chimpunes” (calzado de fútbol), para que entres sin pagar al estadio”.

“Vos nunca vas a cambiar” -, intervino el “Viejito”. Todos reían al escuchar semejantes barbaridades. Al empezar a oscurecer, el guardián del estadio, que acompañaba al grupo, se puso de pie y dijo: “bueno chiquillos, gracias, pero ya me voy”. “… ¿Qué?, ¿usted no duerme aquí?” -, le preguntó uno de los muchachos. El guardián, tambaleándose, sonrió como si hubiese escuchado una broma: “¿queeeeé?,….¿dormir yo aquí?,…¡ni por que me pagan!, ¡JAJAJAJA!!”. Tras pedir que cierren con candado al irse, se dirigió a la puerta, dejando a todos intrigados.

“¡Bah!, estupideces de viejos!!” -, exclamó “Dañino”-, “tanta estupidez y, ¿saben qué?, yo no me persigné ni pedí perdón ni nada de esas idioteces, ¡JAJAJAJA!. Y ustedes “mariquitas” lo hicieron rapidito nomás!, ¡JAJAJAJA!”. Algunos de los miembros del grupo se espantaron al escucharlo, al resto ni les interesó. “¡Y bueh!, ya vos verás” -, fue lo único que le dijo el Entrenador Arana. La brisa fría del mar comenzó a envolverlos, al igual que la oscuridad de la noche. Apenas iluminaba al grupo una lejana luz proveniente de los baños del estadio. Gustavito Márquez, poco acostumbrado a la bebida, se había quedado dormido sentado. Según contó, descansaba plácidamente, cuando de pronto en su mente apareció una imagen: un viejo anciano barbado le tomó de pronto con unas manos huesudas y callosas de los hombros, apretándolo con fuerza y zarandeándolo le gritó: “¡despierta y vete!!”. Todo el grupo vio cómo se estremeció de pronto en su sitio, para luego pegar un grito y caer pesadamente para atrás. Todos se reían mientras él se levantaba deprisa, asustado, agitado. “¿Dónde está el viejo?!!!”-, dijo mirando para todos lados. “Ahí enfrente de ti”-, le dijo con tranquilidad mi hermano. ¡No, no: el otro viejo!!-, replicó asustado.

“Ché Ramiro” – dijo el entrenador-, “llevá a Gustadito al baño para que se moje la cara; que no sea que su viejita le vea llegar así”. Así Ramiro, tomando del brazo a Márquez le llevó a los baños, escuchándole hablar de un anciano que le habló. Ya dejándolo sentado en un excusado, Ramiro fue a un urinario frente a él. Mientras descargaba la vejiga, sintió que las piernas se le doblaban. Una fuerte patada en la parte posterior de la rodilla lo aventó de bruces contra el suelo. “¡Imbécil!, ¿qué tienes?...” –dijo mientras se trataba de incorporar, cuando se dio cuenta de que Gustadito estaba sentado donde lo dejó, totalmente beodo, hablando entre dientes. No pudo haber sido él. Tampoco pudo haberse equivocado: la patada fue real por que a él le dolía. Pero no había nadie más ahí que os dos.

Afuera pasaba algo similar. Mi hermano era el único que se le había enfrentado a “Dañino” en alguna ocasión y existía una velada inquina entre ellos. En un momento en que se incorporó también para ir al baño, sintió que alguien le cogió del tobillo, haciéndolo caer de cara al gramado. “Pacho” se rió, así que mi hermano se incorporó como una fiera y se le fue encima. El “Viejito” Arana apenas pudo reaccionar e impedir que se fueran a las manos. El grupo tardó mucho en convencer a mi hermano que “Pacho” no le había tocado. “Entendé, Henry –dijo en entrenador-, nadie te tocó…”. Mi hermano no lo entendía, lo había sentido nítidamente. Todos aseguraron, incluso juraron que sólo vieron que el pie de Henry se quedó detenido en el aire, a escasos centímetros del suelo, como asido por una fuerza extraña, pero invisible.

Todos hacían conjeturas, las cuales se agrandaron al retornar del baño Gustavito y Ramiro, contándoles éste último lo que había pasado allá. De pronto, sin advertencia, todo el grupo empezó a sentir una sensación extraña: era como si un aire frío les rodease. Dentro del corazón de cada uno de los presentes se introdujo un sentimiento de pena infinita: nadie lo dijo en ese momento, pero después, comparando su sentir en ese instante, coincidieron que fue el mismo: una sensación de infinita pena, de abandono, de que añoranza por un lugar muy lejano, de seres queridos que se hallaban lejos. Era como una opresión dolorosa que se aferraba a sus corazones, como una garra. Más de uno empezó a sollozar, alguno de ellos derramó alguna lágrima, y todos a la vez comenzaron a temblar sin control. A pesar que no corría viento, mientras sentían también un intenso olor a agua salada. Todos, menos “Dañino”, que parecía inmune a “eso”.

Al pasar algunos instantes, todos se sobresaltaron: sintieron que no estaban solos ahí. Una vida en un barrio de cuidado les había dado a todos la facilidad de sentir cuando alguien les observaba. Comenzaron todos a mirar a su alrededor. El campo estaba desierto y en total penumbra,…. Pero sentían y miraban que la negra oscuridad se movía. Se movía en diferentes direcciones, como si sombras negras en medio de ese negro nocturno saltasen y los rodeasen. Como fieras acechando su presa. Todos miraban de un lado a otro, tratando de ver quiénes estaban ahí. Ramiro no tardó en decir lo que todos pensaban: “¡vámonos de aquí!”. Hastiado de lo que creía era una broma, “Pacho” se incorporó. “Está bien, cobardes; vámonos” -, les replicó a la vez que daba media vuelta y enfrente de todos, comenzó a orinar en medio del campo.

“!Qué hacés loco!” -, le espetó el entrenador, muy asustado-, “¿no entendés que esto es un camposanto?!!!”. Danigno ni le hizo caso mientras todos se incorporaban llenos de miedo. “No le tengo miedo a nada, y nada va a pasar acá, viejo idiota” -, replicó mientras se ajustaba el pantalón. “Listo. Ahora, al barrio”. El grupo comenzó a caminar hacia la puerta sintiendo todavía más fuerte esa terrorífica sensación que les helaba el espinazo y erizaba todos los pelos de sus cuerpos. De pronto, surgido de la nada una voz extraña, con un tono metálico y un acento que nadie pudo identificar, se dejó escuchar en medio de la penumbra. “Oye, Dagnino” -, dijo. Todos voltearon. Era un hombre alto, vestía un sacón de esos que usan los marineros y una gorra de lana en la cabeza. Era muy fornido, de piel muy blanca y se podía ver una abundante barba cobriza enmarcando su cara. Estaba plantado en el arco, llevaba algo en una mano.

“Pacho” volteó y le plantó la mirada, desafiante. Todos se quedaron detrás de él. El sujeto separó las piernas y las plantó en el suelo con resolución. “Enséñame lo que vales” -, dijo como para que lo escuchen todos y le lanzó lo que llevaba en la mano. En medio de la oscura noche, el objeto tenía el tamaño de una pelota. “Dañino”, por instinto goleador, y aunado a su inmensa soberbia, dio un tranco al frente y saltó: estirándose en el aire se preparó para hacer una hermosa media tijera. Dicen los que estuvieron presenten que aún se estremecen al recordar el horrendo sonido que se escuchó a continuación: un ¡traaack! que aún les revuelve las tripas. “Pacho” cayó pesadamente al suelo, gritando, aullando de dolor. Se había roto la pierna en tres. Al llegar los chicos a su lado él se retorcía de dolor. Era horrendo el espectáculo de su pierna quebrada en varias partes, exponiendo los huesos en algunos sitios, retorcida como una muñeca de trapo.

El desconocido le observaba sonriente. Los chicos vieron al suelo y descubrieron que la “pelota” en verdad era un trozo de piedra, trabajada, y que exhibía algunas letras en inglés. Era el fragmento de algo sin duda. Dominados por la ira, y siguiendo sus instintos de barrio todos juntos se le abalanzaron encima al agresor, gritando insultos, rompiendo botellas dispuestos a destriparlo. Incluso el viejo Arana sacó su facón que llevaba siempre con él y se unió a sus muchachos. Rodearon al tipo, pero este ni se inmutó: sólo sonreía complacido por su acción, con las manos metidas en los bolsillos. Cuando todos se preparaban para asestar el primer golpe de lo que iba a ser una carnicería,….el tipo simplemente se esfumó. ¡SE ESFUMÓ FRENTE A SUS PROPIOS OJOS,…. DESAPARECÍO!!!!.

Nada había frente a ellos,…nada. Sólo sus propias caras contraídas por el horror era todo lo que tenían frente a sus ojos. “Pacho”, que estaba en el suelo pasos atrás, al observar tal fenómeno, comenzó a gritar más desesperadamente aún: “¡SAQUÉNME DE AQUIIII, NO ME DEJEN; SAQUÉNME DE AQUIIII!!!!!”. Aterrados, el grupo comenzó a correr hacia la puerta, gritando de pavor. Atrás quedaron los picos de botella, y el facón tirados en le suelo. Mientras se dirigían a la puerta, escuchaban con insistencia, casi retumbándoles los oídos, miles de voces hablándoles en diferentes idiomas. Venían de todas direcciones. No entendían lo que decían, pero en sus agitados corazones el mensaje que escuchaban, lleno de odio era: “¡VÁYANSE!, ¡VAYÁNSE!”. Casi no tuvieron tiempo de levantar a “Dañino”; sólo lo arrastraron por el campo. Su pierna rota se bamboleaba haciéndolo gritar más, acompañando en el grito de horror de los demás.

Cuando terminaban de contarme la historia, “Dañino” pasó por nuestra esquina: cojeaba notoriamente y recogía puchos de cigarrillo del suelo. Había sido vencido por la droga y el alcohol. Pero había algo más,…caminaba como tratando de alejarse de las sombras, buscando insistentemente la luz. Se notaba que aquel episodio de su vida no sólo dejó una marca en su cuerpo, si no también en su alma.

¿Te animarías a dormir con espíritus?



En Luisiana, Estados Unidos, ofrecen tour para conocer la historia de un hotel en donde habitan espíritus, pero no solo eso, ya que puedes alquilar una habitación y quedarse a dormir. 

Según cuenta, Hester Eby, la encargada de cuidar el hotel, "hay muchas personas que se animan a quedarse a dormir en la casa y comentan que ven a niños jugando y cantando música de cuna antigua", indicó en la entrevista.

El motivo
Hester Eby explica que se trata de un fantasma llamado Chloe que era esclava y quiso vengarse de su amo, pero envenenó a la esposa y sus dos hijos, siendo ahorcada por el dueño. 

Es por eso que cuando los huéspedes se quedan a dormir dicen que sienten como si alguien se acostara al lado y los vigilara.  Además, Hester Eby contó que varios visitantes han huido del hotel.

¿Te atreverías a dormir en un hotel con espíritus?

(FUENTE: ojo.pe)

Por qué hay personas que disfrutan sentir miedo


Cada Halloween, millones de dólares son invertidos en lo que se conoce como diversión aterradora. Desde casas embrujadas hasta películas de terror, pasando por disfraces espantosos y máscaras aterradoras, tanto los adolescentes como los adultos, parecen ansiar un buen susto. Pero si el miedo es una respuesta de supervivencia natural a una amenaza o peligro, ¿por qué hay personas que buscan experimentar esta sensación y disfrutan sentir miedo?

Aunque no se puede generalizar y afirmar que todas las personas se complacen de sentir miedo, existen muchos que realmente disfrutan de la experiencia. El miedo, como respuesta del sistema de lucha o huida, es una sensación que puede generar emociones que para algunos son realmente satisfactorias; existe una fuerte evidencia de que no se trata sólo de una elección personal, sino de nuestra química cerebral.

Los sentimientos positivos son causados ​​por diferentes neurotransmisores y hormonas liberadas cuando el cuerpo siente miedo, las cuales son activadas por el sistema simpático del cerebro.

Investigaciones científicas muestran que las personas difieren en su respuesta química a situaciones emocionantes. Una de las principales hormonas liberadas durante las actividades aterradoras y emocionantes es la dopamina, y resulta que algunas personas pueden tener una respuesta más acentuada a esta hormona que otros.

Básicamente, los cerebros de algunas personas carecen de lo que algunos investigadores describen como “frenos” en la liberación de dopamina. Esto significa que, a diferencia de otros, hay personas que realmente disfrutan experimentar situaciones aterradoras, arriesgadas e impresionantes.

Muchas personas también disfrutan de exponerse a situaciones de miedo, porque les genera una sensación de confianza cuando termina; por lo tanto, puede ofrecer un impulso de autoestima real.

Aunque ver una película de terror o visitar una casa embrujada, en realidad no representa un riesgo verdadero, se trata de desencadenar la increíble respuesta de lucha o huida para experimentar la avalancha de adrenalina, endorfinas y dopamina, pero en un entorno seguro.

Un buen ejemplo de esto son las casas embrujadas; provocan un susto al activar alguno de los sentidos, los cuales están directamente relacionados con la respuesta al miedo y activan la reacción física; pero el cerebro tiene tiempo para procesar el hecho de que estas amenazas no son reales; por esta razón es frecuente observar que alguien grita y salta de miedo, y luego inmediatamente comienza a reír y sonreír, complacidos por la sensación experimentada.

(FUENTE: tekcrispy.com)

Memes de Halloween- XI


domingo, 29 de octubre de 2017

Un avión con estrellas de la NBA choca de frente con un OVNI


Los jugadores del Oklahoma City Thunder, equipo de la NBA, se vio envuelto en un extraño incidente en pleno vuelo en EE.UU. cuando un objeto volador no identificado (ovni) golpeó el avión en el que viajaban mientras descendía hacia Chicago. La aeronave sufrió visibles daños en su nariz.

La colisión ocurrió el sábado por la mañana durante el vuelo chárter del equipo, que debía aterrizar en el aeropuerto de Chicago Midway, previo a su partido contra los Chicago Bulls. A excepción del susto y la confusión de los pasajeros tras el golpe, el vuelo llegó a su destino sin complicaciones.

Luego del aterrizaje, fotografías de los daños al Boeing 757-200 de Delta Airlines fueron compartidas en la Red por estrellas de la NBA. Algunos de los basquetbolistas indagaron en redes sociales sobre la naturaleza del objeto desconocido, que dejó una considerable abolladura justo debajo del parabrisas del avión.

Por su parte, Delta Airlines intentó extinguir las especulaciones sugiriendo que el avión habría colisionado con "un pájaro".

(FUENTE: actualidad.rt.com)

La mejor oportunidad para ver un fantasma real es en Halloween, según expertos paranormales


Miles de cazadores de fantasmas comenzarán este Halloween con la esperanza de establecer contacto con los muertos, reseña Mirror.

La buena noticia es que hay muchos pasos que puede tomar para aumentar sus posibilidades de obtener pruebas.

Los expertos de los programas de televisión Most Haunted, Ghost Chasers y Ghost Adventures ha compartido una lista de cosas que hacer y considerar, incluida la importancia de elegir la ubicación correcta, los gadgets que se deben tomar y qué decir.

“Intente hacer preguntas como, ‘¿Cuál es su nombre?’, En lugar de decir: ‘¿Hay alguien allí?’ Mucha gente podría cometer este error.

“Al preguntar ‘¿Cuál es su nombre?’ estás actuando como si supieras que los espíritus están allí y esto aumentará tus posibilidades de hacer contacto “.

Los fantasmas se pueden encontrar en casi cualquier lugar, por lo que tendrá que decidir sobre el tipo de espíritu que desea encontrar.

Desde las almas perdidas hasta las víctimas de asesinatos, los espíritus lúdicos y los enojados; elija un lugar donde los informes incluyan el tipo de energía que le gustaría investigar.

Haz tu investigación

Una vez que haya elegido su ubicación, ¡investigue! Es importante que sepa qué esperar, ya que esto determinará el equipo que utiliza, el equipo que necesitará, los procedimientos de emergencia y cualquier permiso que pueda necesitar antes de embarcarse en su búsqueda de fantasmas.

Averigüe tanto como sea posible acerca de los fantasmas que pueda encontrar. ¿Cuándo aparecen? ¿Dónde han sido vistos? ¿Son vocales?

Es importante que no pierdas tu tiempo y planifique tanto como sea posible de antemano.

Tome el equipo adecuado

Siempre tome una cámara y una grabadora en caso de que vea o escuche algo sobrenatural y se asegure de que todas sus baterías estén cargadas y tenga suficientes repuestos.

Tome fotografías al azar en diferentes direcciones ya que puede ser una forma muy efectiva de capturar actividades inesperadas.

Empaque un bolígrafo y papel para anotar cualquier anomalía, como cambios de temperatura, luces parpadeantes y ruidos inexplicables.

Intente utilizar un EVP (Electronic Voice Phenomena) con un micrófono externo para tratar de capturar voces fantasmales (uno de los favoritos del equipo de Ghost Adventures).

Si está investigando en propiedad privada, necesitará obtener el permiso del propietario.

Debido a que los lugares embrujados a menudo se encuentran en lugares oscuros y aislados, es esencial que vaya con otras personas por su propia seguridad.

Se recomienda que investigue su ubicación embrujada antes de que oscurezca, para que pueda orientarse y localizar salidas de emergencia.

Intenta ser objetivo y busca otras posibles razones para los eventos extraños que están ocurriendo.

(FUENTE: lapatilla.com)

Científicos descubren la ecuación matemática de la autoestima


Científicos de la University College de Londres descubrieron la fórmula que describe el modo en que el cerebro hace fluctuar la autoestima de acuerdo al juicio de otras personas. Lo que permitiría  identificar cuándo alguien está en riesgo de padecer enfermedades psiquiátricas.

“La baja autoestima es un factor de vulnerabilidad para muchos problemas de naturaleza psiquiátrica, como la ansiedad, la depresión y los desórdenes alimentarios”, explicó el coordinador de la investigación, Geert Jan Will.

El estudio

Los 40 voluntarios, tuvieron que cargar su perfil en una base de datos online en la que recibieron los “me gusta” de 184 desconocidos (elaborados por un algoritmo), donde los resultados arrojaron que “la autoestima oscila no solo a través del juicio de los otros, sino sobre todo en base a nuestras propias expectativas sobre las valoraciones de los otros”, explicó Will.

El efecto fue reproducido en un modelo computarizado y contrastado con las imágenes del cerebro tomadas con la resonancia magnética.

Los resultados arrojaron que las personas con autoestima más oscilante manifiestan más fácilmente síntomas de depresión y ansiedad.

(FUENTE: eldinamo.cl)

Los fantasmas del casino



El multifacético Parapsicólogo peruano Reynaldo Silva, se ha destacado, con el transcurrir de los años, no solamente en su área profesional, sino también en la narrativa y el cuento: acá les presentamos uno de sus cuentos de miedo, los cuales serán publicados en 2018.


- Un relato de: Reynaldo Silva Salas.

Desde que se legalizaron los casinos en mi país, han proliferado en todas las grandes ciudades, llenos de sus luces y promesas de fortuna. Pero ahí termina la similitud con el mundo de glamour que nos vende el cine, al mejor estilo de Las Vegas: en mi ciudad, como en todo el país, son lugares elegantes donde en las madrugadas vagan sombras de personas más que personas en sí: hombres y mujeres que buscan algo que no encuentran en sus vidas, jugando lo poco, mucho o nada que poseen. Espectros de vivos más que otra cosa son, y yo, por un tiempo era uno de ellos. Estos sombríos y tristes ambientes eran, al menos para mí, el último lugar en el mundo en que pensé toparme con seres del Más Allá, pero eso fue a final de cuentas, lo que precisamente sucedió,...

Era una época oscura de mi vida. Solitario y deprimido, mi trabajo y los buenos negocios que lograba día a día, no llenaban para nada mi existencia. Luego de alegrarme –incluso saltando, alzando los brazos y dándome hurras a mi mismo-, al final de un día en el que mi billetera estaba a punto de reventar de dinero, terminaba dándome cuenta que no me servía de nada, cuando al caer la noche me encontraba solo, sin alguien a mi lado con quién disfrutarlo o compartirlo. Aunque sea un afecto sincero siquiera. Solo otra vez.

Aquella noche no tenía ganas de regresar a mi casa; en realidad no tenía ganas de nada. Después de pasar gran parte de la noche en un bar bebiendo solitariamente, ingresé al casino. Me había vuelto ludópata –y no tengo vergüenza en admitir que aún lucho contra ese vicio-, y a pesar de que no llegué como otros a perder todo en el juego, me estaba ocasionando un significativo forado en mi economía.

El casino en cuestión -uno de los más importantes en esa época en la ciudad-, ocupaba, como era habitual en esos tiempos, los ambientes de un antiguo banco quebrado durante la crisis económica de los ochentas. Era el ambiente excelente para ser casino: amplio, techos altos y una caja fuerte heredada de su pasado uso; no era el primer lugar en la ciudad que, siguiendo un destino, un karma, recibía como en otros tiempos, dinero a carretadas, aunque ahora de otra forma.

Era ya de madrugada. El lugar estaba casi desierto, salvo por los eternos trasnochadores de siempre, ya totalmente absorbidos por el vicio. Algunos ricos, algunos pobres, pero todos imposibilitados ya de controlar su adicción. Apoyadas en la barra del bar, cabeceaban las camareras, jóvenes que, luciendo diminutas minifaldas, prácticamente vivían ahí, esclavizadas a su belleza, recibiendo un sueldo de hambre. Era un ambiente tremendamente triste. Era excelente para mí, por que así se sentía mi propio corazón.

Tras avanzar por en medio de las máquinas tragamonedas, tambaleándome bajo los efectos del alcohol, una atenta y despierta camarera –seguro era su primer día- , me invitó a subir al segundo piso, mientras ponía en mis manos un vaso de licor: estrenaban una mesa de ruleta electrónica esa noche. Como yo no jugaba a ese juego hacía mucho, fui a la caja a que me den una tarjeta electrónica para jugar y subí despacio las escaleras.

Arriba sólo habían cuatro personas, sentadas en la mesa de la ruleta: un fornido hombrón en mangas de camisa, gordo y siempre sonriente, un joven barbado y descuidado en su vestimenta, una señora de unos cuarenta años, elegante y bien arreglada y una señora de unos 60 años, con apariencia de una abuelita bonachona.

Había dos asientos libres, así que me senté tras dedicarles una silenciosa venia. Todos asintieron con la cabeza y comencé a jugar. Conforme avanzaba la noche, comenzaron a conversarme, haciéndome sentir parte del grupo: Don Porfirio era el nombre del hombrón, siempre sonriente a pesar de los reveses en sus jugadas. Su tez morena y sus gestos campechanos evidenciaban que era un agricultor algo adinerado, pero venido a menos. César, en cambio, el joven de peinado descuidado y barba de tres días era uno de esos tipos desesperados y sin fortuna que esperan el día en que les llegue la suerte. Susy, la mujer elegante, era la esposa de un empresario que jamás estaba en casa y que mataba las noches de soledad gastando su dinero, y esperando alguna fugaz aventura. Doña Lupita era una viuda sin hijos, que entró una vez al casino y no salió ya más.

“¿No vienes mucho por aquí, verdad?”-, me soltó Susy, sentada a mi lado, con una voz muy melosa y haciéndome notar su espectacular delantera enfundada en su ajustado suéter de casimir. “¿por qué tan solito?”. Se notaba que había puesto su mira en mí. A pesar de sus años era una mujer muy atractiva. “Por que sí….” -, fue mi respuesta. No deseaba que nadie me preguntase acerca de mi vida.

“Ten cuidado, muchachito”-, me dijo en tono de confidencia Don Porfirio, pícaramente, codéandome-, “que si Susy te agarra, ya no te suelta”. Casi de inmediato soltó una tremenda carcajada que hizo retumbar el lugar. “¡Cállate viejo viagra!” -, le soltó Susy junto con un pellizcón, ocasionando que todos se rieran también. “¿Por qué tan seriecito, corazón?” -, volvió a la carga Susy. “….Cómo no voy a estar serio, si estoy perdiendo”- le dije. Mostrando su mejor sonrisa, volvió a la carga: “si es por dinero, no te preocupes; yo te presto,…”- dijo para luego voltear y alzar la mano-, “…señorita: dos escoceses en las rocas, por favor”.

Mientras la camarera nos traía las bebidas, el resto siguió la plática. Don Porfirio llevaba la voz cantante, como siempre: “¡bah!, ¿y qué si se pierde?, yo voy perdiendo 350 y no me quejo….”. Yo ya voy 600” -, agregó César, cogiéndose la cabeza de desesperación para luego dar un puñetazo a la máquina-, “¡maldición, esta porquería está arreglada!”.

“Cuidado Cesaritos, que te van a botar,…” – intervino Doña Lupita con tranquilidad, soltando un suspiro-, “yo voy 180 perdidos, pero que más da, ¿de qué me sirven si estoy sola?...”. Aquella gente era de cuidado: me estaban desplumando pero casi ni se inmutaban de las pérdidas que tenían. Alcé la vista y me encontré con los ojos azules de Susy, tendiéndome un vaso; “¿y a quién le importa?, ¡es sólo dinero!”-, me dijo como si leyese mi pensamiento.

De repente, Doña Lupita soltó un profundo suspiro y dijo: “….si al menos viese a Patty otra vez,…”-, lo dijo como si fuese la tal Patty la persona más importante en su mundo. “…¡ya van a empezar con sus historias!”-, exclamó molesto César, apurando de golpe su cuba libre. “Por que no crees en ella, ella no se te aparece….” -, le respondió la mujer con tranquilidad. Habían picado mi curiosidad y no me pude resistir a preguntar: “¿y quién es esa Patty?”. Todos se miraron a los ojos, como preguntándose si debían revelármelo. A los pocos segundos Don Porfirio respondió con un guiño: “es un fantasma”.

“¿Un fantasma, y cómo es eso?”-, interrogué ansioso. Todos guardaron silencio y dejaron que Doña Lupita comenzara el relato. Ella lo hizo con respeto, levantando la vista, como si le hablase a alguien más: “cuando abrió este casino, entró a trabajar una chiquilla; tenía menos de 18 años así que mintió para conseguir el empleo. Era muy hermosa,…tenía una carita de ángel” - suspiró de nuevo y prosiguió –, “era taaaan buena!...”.

“Preciosa realmente” -agregó Susy-, “mucho más que yo a su edad”. Doña Lupita la interrumpió, haciendo énfasis en lo que quería resaltar. “No sólo era su físico: era su alma. Siempre aconsejaba, te daba ánimos. Escuchaba tus problemas. Todos la querían y la respetaban. Si algún viejo verde la molestaba, no intervenía la Seguridad del casino: todos los clientes nos parábamos y sacábamos al insolente. Ella estaba sola en el mundo y nosotros éramos como una gran familia y ella era como nuestra hija”.

“Era la hembra más rica que haya conocido,…” -, exclamó César, interviniendo groseramente en el relato. “!Cállate imbécil; respeta a los difuntos!!” -, le soltó de golpe Susy. César le soltó un ademán con la mano y siguió jugando. “…Una noche, Patty se despidió y salió apurada….” –retomó el relato Doña Lupita, ahora más seria y triste-, “nunca se supo adónde se iba ó con quién. Tomó un taxi cualquiera, no de los de la empresa que hace servicio a los empleados del casino”.

De pronto, la ancianita comenzó a sollozar. Todos bajaron la mirada, muy serios. “Apareció a la mañana siguiente,….la habían matado. Unos malditos la habían violado y la tiraron degollada en un descampado, como si fuese un animal,… ¡malnacidos, ojalá se mueran todos!!!...”-, culminó la pobre mujer.

“Desde entonces, se aparece acá en el casino; aparece y te ayuda cuando tienes problemas”-, sentenció Don Porfirio. “yo nunca la he visto” -, intervino Susy. “Es que tú tienes plata, cariño: sólo ayuda a quién de veras lo necesita- , agregó la anciana-, “¿sabes?, una vez hice una tontería: aposté toda mi pensión a las tragamonedas. Tenía deudas y no me quedaba más que 5 soles. Me puse a pensar en ella. No la ví, pero sentí que estaba ahí conmigo: jugué de nuevo y la máquina me dio ¡tres veces seguidas el premio máximo!”.

“Una jugada en un millón….” -, volvió hablar César. “Si, es cierto –dijo la Doña-, “y yo por ambiciosa, quise seguir jugando, ¡y la máquina se apagó de pronto por completo!; ¡algo extrañísimo, ni el personal del casino sabían por qué!; en fin, entendí que Patty me decía que coja la plata y que me vaya,…. Pasé una bonita navidad ese año,…”.

“Yo sí la ví una vez…”-, comenzó a decir Don Porfirio-, “no la conocía hasta ese momento. Tenía deudas y el banco me dio un préstamo, ¡pero en vez de irme a mi casa me metí acá y lo jugué todo,….eran como 5,000 dólares!!!; me quedé toda la noche. A la una de la madrugada, me quedaban apenas 100. ¡Pensaba en pegarme un tiro cuando llegase a la casa,… lo había perdido todo!; entonces se apareció a mis espaldas. Me ofreció un cigarro y con esa sonrisita tan linda que tenía, me dijo: “14 - 33 y 8”,… y luego se retiró. No conocía su historia, así que lo tomé como una posibilidad. ¿Y sabes qué?, ¡jugué esos números y ¡los repetí cuatro veces en la ruleta y gané 8,000!!!, ¡JAJAJA!!!. ”

“Cuando cobré y me iba a ir, le pregunté a una de las chicas: “oye, ¿cómo se llama esa chiquita de pelo negro lacio, con uniforme naranja y blanco?, ¡se ha ganado un premio!”,…pero la chica me respondió muy seria, que no había ninguna chica trabajando con esas características,….y además, el uniforme naranja con blanco lo usaban dos años atrás, no como el de ahora que es azul”- , explicó apuntándome a la muchacha que nos traía cigarrillos. “Después me contaron que era una almita”.

“Bueno, fue interesante la historia, pero ya me debo ir; me dejaron “limpio”-, les dije poniéndome de pie. “Nooo; quédate. Que yo sepa, la noche aún es joven”-, me dijo Susy. “Me gustaría, pero debo trabajar mañana”-, traté de explicarle. Al mismo tiempo, las bebidas habían hecho su efecto y necesitaba ir a los servicios higiénicos. Ví de pronto un empleado de limpieza que entraba rápidamente a un cuarto al lado de la mesa y salía igualmente de rápido-, “¿ese es el baño?”. Todos se quedaron mudos de pronto. “mejor ve al del piso de abajo”-, me sugirió Don Porfirio. “¿Pero por qué si éste está más cerca?”-, inquirí. “….Por que Patty no es el único fantasma que hay aquí….”, - , me respondió Doña Lupita, mostrándome el temor en sus ojos.

“¿Me dejan contarle ésta?” -, exclamó de pronto muy emocionado César. Todos asintieron-, “¡bien!; esta te va a gustar. ¿recuerdas que éste lugar era antes un banco?”. Asentí con la cabeza: “sí, mi hermano mayor trabajó aquí…”. Se notaba que César se regodeaba contando la historia, a pesar de estar ya totalmente ebrio. “¡Pues bien!, hace unos 10 años hubo un desfalco, ¿te imaginas?, ¡millones de dólares se hicieron humo!,…¡eso sí es dinero de verdad! .Como iba diciendo, acusaron al sub-gerente general, pero muchos dicen que el responsable era el gerente general, que era un tipo emparentado con los dueños del banco. En resumen, cuando apareció el escándalo en los periódicos, el sujeto vió desde su oficina llegar a la policía para detenerlo. Se paró, se fue al baño de empleados y se ahorcó. Pero, ¿sabes qué?, yo creo que lo “silenciaron” para que diga no nada, ¿comprendes?”.

“Es un alma atormentada” -agregó Don Porfirio-, “¿viste a ese tipo que salió como alma que lleva el diablo?, nadie entra ahí y si lo hace, no se queda mucho tiempo”. Mirando la puerta cerrada, le respondí: “yo tampoco me quedaré mucho. Además, si busca venganza, no creo que tenga nada contra mí”. Me miró como un padre ve a su hijo. “¿No escuchaste?, ese tipo fue asesinado, no es una buena alma. Yo que tú no iría”. Pensando en aquel momento más en mis necesidades fisiológicas, finalmente me decidí: “ya vuelo”-, les dije. La única que me contestó fue Susy: “te espero aquí, corazón,…”.

Al cerrar la puerta tras de mí, no percibí nada dentro del baño. Estaba limpio y aseado y del exterior no se oía nada más que los sonidos propios del casino. Hice lo que tenía que hacer y ya presto para salir, me encontraba en el lavado aseándome. Pensaba si en hacerle o no caso a Susy, mientras me miraba al espejo. Igualmente, pensaba en que aquel baño no revestía nada que diese temor. En eso pensaba cuando sentí el primer golpe.

Mi rostro golpeó duramente contra el espejo, pero no lo llegó a romper. Me tenían firmemente agarrado del cuello, apretando mi cara contra el cristal, impidiéndome ver al agresor. Tenía manos extraordinariamente fuertes y la que me agarraba la cara como si fuese una tenaza. Casi al instante sentí la descarga: tres fuertes mazazos con el puño de mi cobarde oponente rehundieron en mi costado, justo en el hígado, sacándome de golpe todo el aire. Mis brazos cayeron a ambos lados como si de un muñeco de trapo fuesen. Estaba yo indefenso e incapaz de defenderme. Cuando apenas estaba reponiéndome, sentí ambas manos alrededor de mi cuello. Me estaba ahorcando. El maldito que me atacaba rodeó con sus dedos mi cuello, asfixiándome. Sin poder pedir ayuda, tratando de respirar, comencé a agitar las manos como loco, tratando de asirme a algo para responder al ataque. Mi cara seguía pegada al espejo. Quería gritar y no podía, mientras sentía esos horrorosos dedos comprimiendo, tratando demencialmente que yo deje de respirar para siempre. Apenas pude abrir el grifo del agua en mi vano intento de buscar algo que me sirviese como un arma.

Cada segundo que pasaba trataba en vano de decir “ayuda,… ayudaaa…” y lo único que salía de mi garganta eran estertores y sonidos guturales. Afuera nadie me escuchaba y sólo podía oír la mecánica voz femenina de la ruleta electrónica diciendo: “…HAGAN…SUS APUESTAS, SEÑORES….NEGRO EL 26…” . Cuando casi me daba por vencido, me sentí de pronto alzado en el aire: el muy maldito era más alto y más fuerte que yo y sosteniéndome con ambas manos por el cuello, me levantó del suelo. Sentí con terror cómo mis pies se despegaban del piso. Desesperadamente con las puntas de mis pies trataba yo de apoyarme de nuevo.

No sé si fueron minutos o segundos los transcurridos, pero conforme sentía la terrible falta de aire, las venas de mi cabeza a punto de estallar y como que mis ojos se salían de sus órbitas, el sujeto que intentaba asesinarme separó mi cara del espejo, y así pude ver finalmente la cara de mi agresor: no tenía cara….

¡NO HABÍA NADIE AHÍ!,…. Vi con horror cómo yo flotaba en el aire, a escasos centímetros del suelo: ese ser invisible, me ahorcaba salvajemente, pero sólo podía ver la forma que sus también invisibles dedos marcaban alrededor de mi cuello. Ahí sentí lo que me parece, hasta hoy, lo que se debe sentir al morir: una sensación de extraño vacío, una sensación de abandono, un embotamiento de las ideas,…. No sé cómo describirlo.

Cuando casi ya aceptaba mi destino, aquella entidad me agitó en el aire como un muñeco unas cuantas veces, para luego dejarme caer pesadamente al suelo. Sentir de nuevo el aire entrando en mis pulmones es una sensación que no olvidaré jamás. Tardé un buen rato en incorporarme,…. si no hubiese ido al baño minutos antes, tengan por seguro que me hubiese hecho encima. Sudaba yo a mares y mi pulso estaba apenas componiéndose cuando mirando mi deplorable estado en el espejo, y sorprendiéndome por las rojas marcas de dedos en mi cuello. A través del espejo pude ver a mis espaldas cómo la puerta de metal de uno de los excusados se abría y cerraba a una velocidad fenomenal, casi desprendiéndose de sus goznes. No lo pensé dos veces, ese ser quería que me largase y así lo hice.

Salí como una tromba del baño. No pensé en nadie ni en nada, sólo quería salir cuanto antes de ese lugar. Al pasar por la mesa de la ruleta, todos comenzaron a reírse con fuerza, sin importarles mi deplorable estado; ¡malditos desgraciados!, pensé que eran mis amigos…

Al bajar las escaleras tambaleándome dirigiéndome a la salida, comencé a respirar mejor. Los demás empleados del casino estaban tan adormilados que ni se fijaron en mí; pensarían que era simplemente yo otro borracho que se iba. No dejaba de temblar e instintivamente volteé hacia tras para ver si “eso” me seguía, y ahí fué cuando la ví: estaba parada atrás de dos señoras que jugaban en una tragamonedas. Era delgada, de pelo lacio oscuro, su cuerpo delgado enfundado en una blusa blanca y una minifalda naranja. Llevaba en la mano una charola con cigarrillos. Nadie la miraba excepto yo. Me miró fijamente, con una mirada que mostraba una infinita pena. En silencio, comenzó a menear su cabeza; entendí que me decía que no volviese. Eso fue lo que hice.

Los moretones en mi cuello tardaron en sanar. Jamás volví a ese casino. Aún juego pero por nada del mundo iría de nuevo allá. Al poco de lo que me pasó, me enteré que la gerencia del casino decidió clausurar el segundo piso del mismo, ignoro por qué. Sólo sé que algunas amigas mías han trabajado ahí después de ese día y todas aseguran haber visto a Patty en más de una ocasión. Con respecto a “lo otro”, ese baño ahora es un depósito lleno hasta el techo de cajas.


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