La Amazonia ha sido contemplada desde fuera con una mirada eurocéntrica: como un territorio indómito, hostil y apenas recorrido por pequeños grupos humanos antes de la llegada de los europeos. Un estudio publicado este miércoles en la prestigiosa revista Nature rompe con esa teoría. Un equipo internacional de investigadores ha identificado más de 20.000 movimientos de tierra, también llamados geoglifos, y estima que la civilización Aquiry, que ocupó una región que representa menos del 3% de toda la superficie amazónica, pudo haber alcanzado entre 1,25 y 3 millones de habitantes entre los años 100 y 300 d. C.
Bajo la espesa vegetación de la selva, habían permanecido ocultas estas estructuras durante miles de años. Para sacarlas de esa espesura, los autores utilizaron tecnología LiDAR, un sistema de escaneo láser que permite cartografiar el relieve del terreno escondido bajo el dosel forestal, con un nivel de detalle difícil de alcanzar mediante otros métodos. Según los investigadores, esta sociedad del suroeste amazónico llegó a ocupar unos 183.000 kilómetros cuadrados, el triple de lo que se creía hasta ahora (60.000), una superficie similar a la de Siria.
El arqueólogo finlandés Martti Pärssinen, autor principal del estudio, defiende que el hallazgo representa un cambio radical en la comprensión del pasado amazónico. “Antes pensábamos que en esta zona vivían unas 100.000 personas o menos. Ahora hablamos de millones. Demostrarlo ha sido sorprendente porque no esperábamos estos números”, explica el investigador de la Universidad de Helsinki.
Pärssinen suma 25 años de trabajo en esta región junto al arqueólogo brasileño Alceu Ranzi, uno de los pioneros en el estudio de los geoglifos en el estado de Acre, en Brasil. “Inicialmente utilizamos imágenes de satélite y descubrimos unos 1.300 geoglifos y otros movimientos de tierra”, detalla el arqueólogo finlandés. Pero esas imágenes solo permitían ver las estructuras donde la vegetación había sido eliminada por la deforestación. Aún quedaba por averiguar qué se escondía bajo el bosque intacto.
No fue hasta 2024 cuando realizaron vuelos LiDAR sobre unos 4.500 kilómetros cuadrados de la Amazonia. El sistema permitió penetrar parcialmente la cubierta forestal y generar modelos digitales del terreno. Lo primero, cuenta Pärssinen, fue delimitar el tamaño que tenía el área ocupada por la civilización Aquiry. “Cuando descubrimos que era de al menos 183.000 kilómetros cuadrados, teníamos ya una zona donde buscar estos geoglifos y otros movimientos de tierra”, explica.
Los investigadores situaron los límites meridionales del área asociada a los geoglifos de Aquiry entre Pic Sidney Girão, en el Estado brasileño de Rondônia; Tumichucua, cerca de Riberalta, en Bolivia; y Puerto Maldonado, en Perú.
A partir de esos puntos de referencia, realizaron extrapolaciones para estimar cuántas estructuras podrían existir en toda la región. “Encontramos cinco veces más movimientos de tierra en las áreas deforestadas que los que habíamos detectado con imágenes de satélite. Allí tampoco lo habíamos visto todo”, cuenta Pärssinen.
La mayoría de estas construcciones son enormes recintos geométricos excavados en la tierra, delimitados por fosos de hasta cinco metros de profundidad y terraplenes de varios metros de altura. Desde el suelo apenas se distinguen, pero desde el aire forman cuadrados, círculos, octógonos o figuras complejas de decenas de hectáreas.
Tras esos cálculos, concluyeron que una comunidad media habría necesitado unas 300 personas para construir y mantener cada estructura. El resultado es entre 1,25 y 3 millones de personas.
No todos los movimientos de tierra pertenecen al mismo periodo. Los investigadores utilizaron más de 160 dataciones de radiocarbono de unos 35 o 36 geoglifos para establecer su cronología. “Nos dimos cuenta de que alrededor del 60% estaban en uso entre los años 100 y 300 d. C., cuando la civilización alcanzó su apogeo”, explica Pärssinen. “Por supuesto, es un cálculo aproximado”, reconoce.
Los autores sostienen que estos lugares se tratarían de centros ceremoniales, políticos y de reunión, donde distintas comunidades se congregaban periódicamente. Una organización comparable a otras formas de urbanismo en distintas regiones de América. “Como el Tahuantinsuyo. Cuando los españoles llegaron a las capitales provinciales del imperio inca, se sorprendieron al encontrarlas vacías. No eran ciudades diseñadas para una ocupación continua, sino centros de uso temporal”, detalla el arqueólogo.
Para el arqueólogo Jose Iriarte, miembro del Centro de Arqueología de las Américas y experto que no participó en la investigación, se trata de un trabajo “importante y ambicioso”. “La excavación y datación de estas estructuras será crucial para determinar cómo se utilizaban y si estaban relacionadas con la vivienda, ceremonias u otras actividades”, señala Iriarte, quien dirige el Laboratorio de Arqueobotánica y Paleoecología de la Universidad de Exeter, en Inglaterra.
Sin embargo, mantiene sus reservas sobre la estimación de la población. Recuerda que reconstruir la demografía antigua es uno de los mayores desafíos de la arqueología y subraya que la cifra de habitantes “no se deriva directamente de viviendas excavadas ni de asentamientos residenciales”.
El arqueólogo brasileño Eduardo Góes Neves, uno de los mayores especialistas en arqueología amazónica, ofrece una valoración más favorable. Para él, la cifra es “plausible” y “no imposible”, aunque insiste en que todavía debe ser contrastada con nuevas excavaciones. “Es un grupo que trabaja hace mucho tiempo en esa zona y hace un trabajo de buena calidad. Me parece muy importante para la arqueología amazónica”, afirma el experto que no participó en la investigación.
Para Neves, existe una mirada eurocéntrica, pero también un “fuerte colonialismo interno” en los propios países sudamericanos hacia la Amazonia. “Sudamérica también tiene una mirada colonialista que concibe la Amazonia como un territorio sin historia y sin gente”, asegura el director del Museo de Arqueología y Etnografía de la Universidad de Sao Paulo. “Estudios como este son muy importantes porque aportan nuevas evidencias de que se trata de territorios con una historia indígena muy larga”, apunta.
El arqueólogo considera que uno de los aspectos más relevantes del hallazgo es que estas construcciones revelan una forma distinta de entender la relación entre las sociedades humanas y su entorno. Una visión que, apunta, contrasta con la lógica capitalista que hoy impulsa la destrucción de la selva. “La minería o las explotaciones de soja responden a una lógica económica occidental. Estas sociedades transformaban el paisaje, pero no bajo una lógica puramente productivista”, defiende Neves. “Esas formas de vida eran distintas, basadas en ontologías que no separaban las dimensiones de los mundos, de la naturaleza y de la cultura. Y eso es quizás el misterio más interesante de sus sitios”, agrega el arqueólogo brasileño.
Para Pärssinen, la investigación apenas ha comenzado. La región estudiada representa aún un espacio muy limitado (menos del 3% de la Amazonia), por lo que otros lugares podrían esconder historias similares. “Empezamos a entender la Amazonia, que es un territorio enorme, más grande que toda la Unión Europea. Si encontramos muchas áreas parecidas en diferentes partes, podríamos hablar de decenas de millones de personas. Pero eso es solo una hipótesis; ahora necesitamos estudiar mucho más”, sostiene.
(FUENTE: elpais.com)

No hay comentarios:
Publicar un comentario