martes, 30 de septiembre de 2008

"El Estadio de los muertos"


Esta historia me fué relatada en una de mis últimas visitas a mi antiguo barrio de Balconcillo, en La Victoria, en una tertulia de barriada en la que pude estar, con amigos de barrio, viejos compañeros de aventuras de mi hermano mayor. Ahí nos encontrábamos, parados bajo un poste en una esquina, iluminados por su luz, bebiendo una botella de ron que pasaba de una mano a otra cuando me contaron la experiencia que todos habían vivido, la terrible historia del ocaso deportivo de un antiguo ídolo del barrio, y que mi hermano nunca me había relatado.

Rara vez el fútbol y el mundo de lo sobrenatural se juntan en una sola experiencia, pero esa vez aconteció así. A mediados de los setentas, mi hermano mayor y su patota de amigos del barrio, hicieron lo que todo grupo de chicos hacen en la edad de la adolescencia: fundar un equipo fútbol. Ansiosos de competir en un mega campeonato barrial en que participarían todos los equipos de la -para ese entonces ya-, gran ciudad de Lima. Tras ser despreciados por el equipo “oficial” del barrio, comenzaron a reunir a todos los de su edad que tenían hambre de fútbol.

Apoyados por un humilde emigrante de la sierra que, a fuerza de sudor y esfuerzo había logrado tener un pequeño grifo y taller de reparación autos en el barrio, el equipo comenzó a crearse. Dado que en aquellos años encandilaba a los jóvenes de todo el mundo la selección holandesa, decidieron emularlos; más, siendo unos chicos excesivamente bromistas, terminaron bautizando al equipo como “La Papaya Mecánica”. Parecía divertido,…hasta que todo el barrio comenzó a burlarse del nombrecito. Afortunadamente eso duró muy poco. En cuestión de semanas “La Papaya Mecánica” se convirtió en el “cuco” de todo Lima: goleada tras goleada, demostraron que no eran cosa de chiste. Simplemente eran un excelente equipo.

Entre los mejores jugadores, destacaba un moreno fuerte y espigado, muy desarrollado para su edad, proveniente del temible barrio de Matute. Se llamaba Francisco Dagnino. En el barrio le decían “Pacho” ó “Dañino”. El último apodo era el que mejor le calzaba. Imparable goleador, era común que metiese mínimo tres goles por partido. Era un genio con la pelota. Un monstruo en potencia a sus cortos 16 años,…pero era también un absoluto pedante y soberbio con aires de matón. Consciente de su brillante futuro con la pelota, no dejaba de hacérselo saber a todos. A todos le caía tremendamente antipático, pero era indispensable en el equipo, por lo que todos hicieron de tripas corazón y trataban de soportarlo, a pesar del odio que se granjeaba.

Muchos pensaban que semejante forma de ser tenía su origen en que Danigno, casi criado en la calle, nunca tuvo padre que le corrigiese, mientras que su madre falleció siendo él muy niño. Lamentablemente no dejaba que nadie le aconsejase en nada, siguiendo el su imparable carrera hacia la fama ó el desastre; lo primero que llegase. Un día, se enteraron que unos reclutadores de Alianza Lima irían a ver jugar al equipo. Obviamente, iban a ver a Dagnino. Era mediados del verano y “La Papaya” enfrentaría ese sábado a las divisiones inferiores del Deportivo Municipal; el escenario, el famoso “Estadio de los Muertos” de Chorrillos.

“Pacho Dañino”, ya enterado del hecho, llevó su soberbia a niveles estratosféricos: mientras todos los muchachos se emocionaban en el camerino, comentando que darían todo lo mejor de cada uno de ellos por el sueño de lograr ser fichados por Alianza Lima, Dagnino los bajaba de las nubes diciendo: “ustedes están en este equipo sólo para que yo destaque más”. Su actitud amenazaba con romper la unidad del equipo, pero a él no le importaba, mientras daba la espalda a todos y continuaba pateando la pelota contra la pared.

El mecenas del equipo había contratado a un casi anciano argentino venido a menos, que había llegado en los años cuarentas a Lima, como refuerzo para el aquél entonces, poderosísimo Defensor Lima. Una lesión acabó con su carrera deportiva y ahora vivía en un miserable cuartucho en Balconcillo. Se apellidaba Arana; todos le decían “Viejito”. Trató en vano de enseñarles a los chicos los secretos del fútbol. Vano esfuerzo: eran “ídolos de barrio”. Quererles enseñar a jugar era como querer darles perlas a los burros. El “Viejito” Arana, tras escuchar a “Pacho” decir sus tonterías, alzó la voz y comenzó a decir a todos sus pupilos:

“La soberbia no lleva a nada; créanme pibes. Yo lo sé mejor que nadie” – comenzó a decir, mientras se incorporaba y se acercaba a “Dañino”-, “mirá “fiera”,.… ”. Pacho volteó y le clavó la mirada con sus ojos negros y saltones, molesto. Bajó la vista. Le llevaba a Arana casi una cabeza de altura. Casi escupiendo, observó lo que tenía en la mano: era un viejo billete fuera de circulación de 1000 soles. “¿Y qué? – respondió con rabia-, “¡esa porquería no sirve ahora ni para comprar un cigarro!...”. El viejo ex jugador bajó la vista con pena. “Sí, no vale nada. Cuando me vine para acá, me pagaban con uno de estos todos los meses,… me alcanzaba para vivir como un rey, y aún me sobraba. Ahora mirá donde estoy…”.

El moreno era tan soberbio como bruto. “Eso le pasa a los malos: yo voy a hacer millones” -, replicó. Mientras Arana miraba cómo “Dañino” le daba las espaldas indiferente, caminando lentamente como lo hacía en su barrio, ladeándose. El “Viejito” le lanzó una mirada de lástima. “me hacés recordar al “Mágico” Castañeda…” –dijo mientras el muchacho se sentaba, calzándose, mostrando molestia por las palabras del entrenador. “….Castañeda jugó en los cincuentas en Alianza: era un demonio. Nadie le igualaba como centro forward. Yo era asistente en el Deportes Arica cuando lo conocí- , comenzó a relatar al grupo-, “la prensa decía que se iría a España. Era un pibe muy creído. Pensaba que se lo merecía todo. Un verano como éste, los del Alianza y del Deportes vinieron a veranear acá a Chorrillos. Iban a la playa y luego venían a esta cancha a jugar. En esa época los profesionales eran todos amigos; no como ahora que se matan si se cruzan en una esquina”.

Conforme avanzaba el relato, el argentino caminaba por el camerino, sin preocuparse por el tiempo, prefiriendo contar su historia en vez de dar indicaciones para el partido. “Cuando vinimos a jugar una “pichanga”, ví que todos se persignaban tres veces y susurraban algo. Le pregunté al entrenador del Deportes y me contó la historia de este campo”. Todos le seguían atentamente su relato: “sepan “pebetes” que este estadio fue antes un cementerio. Un cementerio para los marinos que morían en el mar. Con el paso de los años, ya abandonado, el municipio retiró las tumbas y sus muertos y lo construyó,… pero siempre se dice que a lo mejor se olvidaron de alguien. Eso me contó el entrenador. Cuando le pregunté qué susurraban los pibes, me dijo que pedían disculpas por si ofendían a alguien”- dijo a la vez que apuntaba la suelo.

“Todos hacían esa cábala; todos menos Castañeda. Decía que eran boludeces: antes de acabar el primer tiempo, se lesionó. Fue una lesión muy extraña: un momento una a patear al arco y en otro momento estaba en el suelo. Se había fracturado la pierna en tres partes distintas, pero nadie vió a qué le pateó. Ahí acabó su carrera”. En ese instante todos escuchaban muy atentos al entrenador, menos “Pacho”, claro está. El silencio fue roto por el llamado del árbitro para iniciar el partido. “Bueno pibes, llegó la hora” – exclamó Arana-, “salí y jugá a lo que saben. Suerte. Y no olviden persignarse tres veces”.

Al salir al campo la pequeña tribuna explotó; todo el barrio estaba ahí. Incluso los delincuentes más avezados del barrio estuvieron ahí. Al primer foul de uno de los contrarios, un malencarado moreno se levantó en la tribuna, y le gritó al joven jugador del Municipal: “¡OYE TÚ!” –dijo con voz ronca-, ¡SI LO VUELVES HACER, TE CORTO LA CARA!”. El pobre muchacho no lo intentó de nuevo. Aparte de esa anécdota, el partido transcurrió como se esperaba. “Dañino” hizo de las suyas, y al ver a los cazatalentos en la tribuna, egoístamente monopolizó la pelota. El partido acabó 6 a 0; cuatro de los goles fueron de “Pacho”.

“La Papaya Mecánica” clasificó a cuartos de final. El entrenador Arana terminó saltando y gritando de emoción, como si estuviese de nuevo en su querido barrio de La Boca. Mientras el equipo descansaba en el gramado bebiendo las gaseosas que el mecenas les llevó y recibían también la felicitación del vecindario, Dagnino y los cazatalentos conversaban lejos del grupo. Estaban complacidos y no querían al moreno para el equipo juvenil, sino para el equipo que jugaba en la profesional. “Pacho” no cabía en sí de contento. El contrato se firmaría al día siguiente. En un arranque de suficiencia, terminó la conversación diciendo: “está bien, pero….sería bueno si me dejan “alguito”; no sea que me anime por otro equipo”. Uno de los cazatalentos dejó en sus manos cuatro billetes, por precaución.

La tarde avanzaba y “Dañino”, loco de contento, convenció a todos a celebrar su suerte. No era el único; Gustavito Márquez, defensa del equipo, había sido convocado por los del Alianza para jugar en la categoría juveniles, así que todos aceptaron de buena gana. El “Viejito” Arana, borrachín empedernido, no objetó la propuesta. “Pacho”, frente a todos, le lanzó un billete al suelo frente al utilero, como si fuera cualquier cosa: “¡oye tú!; tráete todo el ron que puedas comprar”. Su actitud era insoportable, pero de sólo pensar que no lo veríamos más, podían aguantarlo. “Che, mejor pedí pisco” – intervino el entrenador-, “bebé el licor de tu tierra”. A “Dañino” nadie le replicaba nada, pero esa vez, accedió. “Tiene razón: hoy pisco por última vez: a partir de mañana, sólo “uiski” del importado, ¡JAJAJAJA!!..”.

Unas discretas conversaciones con el solitario guardián del estadio les permitió quedarse ahí a beber. Los familiares y parte del equipo se habían ido a la playa a aprovechar las últimas horas de sol. Los maleantes del barrio se habían ido a celebrar a su manera, en los burdeles de la ciudad. Quedó un grupo de ocho jugadores, “Pacho” y el entrenador. Ese atardecer sentados en círculo en el centro del campo transcurrió apaciblemente. La noche se acercaba y, conforme la bebida hacía sus efectos, algunas de las sandeces de “Dañino” causaban más hilaridad que desprecio. “Vas a ver…” –dijo mientras despeinaba al chiquillo que fungía de utilero-, ”cuando juegue en el Real Madrid, te voy a dar mis “chimpunes” (calzado de fútbol), para que entres sin pagar al estadio”.

“Vos nunca vas a cambiar” -, intervino el “Viejito”. Todos reían al escuchar semejantes barbaridades. Al empezar a oscurecer, el guardián del estadio, que acompañaba al grupo, se puso de pie y dijo: “bueno chiquillos, gracias, pero ya me voy”. “… ¿Qué?, ¿usted no duerme aquí?” -, le preguntó uno de los muchachos. El guardián, tambaleándose, sonrió como si hubiese escuchado una broma: “¿queeeeé?,….¿dormir yo aquí?,…¡ni por que me pagan!, ¡JAJAJAJA!!”. Tras pedir que cierren con candado al irse, se dirigió a la puerta, dejando a todos intrigados.

“¡Bah!, estupideces de viejos!!” -, exclamó “Dañino”-, “tanta estupidez y, ¿saben qué?, yo no me persigné ni pedí perdón ni nada de esas idioteces, ¡JAJAJAJA!. Y ustedes “mariquitas” lo hicieron rapidito nomás!, ¡JAJAJAJA!”. Algunos de los miembros del grupo se espantaron al escucharlo, al resto ni les interesó. “¡Y bueh!, ya vos verás” -, fue lo único que le dijo el Entrenador Arana. La brisa fría del mar comenzó a envolverlos, al igual que la oscuridad de la noche. Apenas iluminaba al grupo una lejana luz proveniente de los baños del estadio. Gustavito Márquez, poco acostumbrado a la bebida, se había quedado dormido sentado. Según contó, descansaba plácidamente, cuando de pronto en su mente apareció una imagen: un viejo anciano barbado le tomó de pronto con unas manos huesudas y callosas de los hombros, apretándolo con fuerza y zarandeándolo le gritó: “¡despierta y vete!!”. Todo el grupo vio cómo se estremeció de pronto en su sitio, para luego pegar un grito y caer pesadamente para atrás. Todos se reían mientras él se levantaba deprisa, asustado, agitado. “¿Dónde está el viejo?!!!”-, dijo mirando para todos lados. “Ahí enfrente de ti”-, le dijo con tranquilidad mi hermano. ¡No, no: el otro viejo!!-, replicó asustado.

“Ché Ramiro” – dijo el entrenador-, “llevá a Gustadito al baño para que se moje la cara; que no sea que su viejita le vea llegar así”. Así Ramiro, tomando del brazo a Márquez le llevó a los baños, escuchándole hablar de un anciano que le habló. Ya dejándolo sentado en un excusado, Ramiro fue a un urinario frente a él. Mientras descargaba la vejiga, sintió que las piernas se le doblaban. Una fuerte patada en la parte posterior de la rodilla lo aventó de bruces contra el suelo. “¡Imbécil!, ¿qué tienes?...” –dijo mientras se trataba de incorporar, cuando se dio cuenta de que Gustadito estaba sentado donde lo dejó, totalmente beodo, hablando entre dientes. No pudo haber sido él. Tampoco pudo haberse equivocado: la patada fue real por que a él le dolía. Pero no había nadie más ahí que os dos.

Afuera pasaba algo similar. Mi hermano era el único que se le había enfrentado a “Dañino” en alguna ocasión y existía una velada inquina entre ellos. En un momento en que se incorporó también para ir al baño, sintió que alguien le cogió del tobillo, haciéndolo caer de cara al gramado. “Pacho” se rió, así que mi hermano se incorporó como una fiera y se le fue encima. El “Viejito” Arana apenas pudo reaccionar e impedir que se fueran a las manos. El grupo tardó mucho en convencer a mi hermano que “Pacho” no le había tocado. “Entendé, Henry –dijo en entrenador-, nadie te tocó…”. Mi hermano no lo entendía, lo había sentido nítidamente. Todos aseguraron, incluso juraron que sólo vieron que el pie de Henry se quedó detenido en el aire, a escasos centímetros del suelo, como asido por una fuerza extraña, pero invisible.

Todos hacían conjeturas, las cuales se agrandaron al retornar del baño Gustavito y Ramiro, contándoles éste último lo que había pasado allá. De pronto, sin advertencia, todo el grupo empezó a sentir una sensación extraña: era como si un aire frío les rodease. Dentro del corazón de cada uno de los presentes se introdujo un sentimiento de pena infinita: nadie lo dijo en ese momento, pero después, comparando su sentir en ese instante, coincidieron que fue el mismo: una sensación de infinita pena, de abandono, de que añoranza por un lugar muy lejano, de seres queridos que se hallaban lejos. Era como una opresión dolorosa que se aferraba a sus corazones, como una garra. Más de uno empezó a sollozar, alguno de ellos derramó alguna lágrima, y todos a la vez comenzaron a temblar sin control. A pesar que no corría viento, mientras sentían también un intenso olor a agua salada. Todos, menos “Dañino”, que parecía inmune a “eso”.

Al pasar algunos instantes, todos se sobresaltaron: sintieron que no estaban solos ahí. Una vida en un barrio de cuidado les había dado a todos la facilidad de sentir cuando alguien les observaba. Comenzaron todos a mirar a su alrededor. El campo estaba desierto y en total penumbra,…. Pero sentían y miraban que la negra oscuridad se movía. Se movía en diferentes direcciones, como si sombras negras en medio de ese negro nocturno saltasen y los rodeasen. Como fieras acechando su presa. Todos miraban de un lado a otro, tratando de ver quiénes estaban ahí. Ramiro no tardó en decir lo que todos pensaban: “¡vámonos de aquí!”. Hastiado de lo que creía era una broma, “Pacho” se incorporó. “Está bien, cobardes; vámonos” -, les replicó a la vez que daba media vuelta y enfrente de todos, comenzó a orinar en medio del campo.

“!Qué hacés loco!” -, le espetó el entrenador, muy asustado-, “¿no entendés que esto es un camposanto?!!!”. Danigno ni le hizo caso mientras todos se incorporaban llenos de miedo. “No le tengo miedo a nada, y nada va a pasar acá, viejo idiota” -, replicó mientras se ajustaba el pantalón. “Listo. Ahora, al barrio”. El grupo comenzó a caminar hacia la puerta sintiendo todavía más fuerte esa terrorífica sensación que les helaba el espinazo y erizaba todos los pelos de sus cuerpos. De pronto, surgido de la nada una voz extraña, con un tono metálico y un acento que nadie pudo identificar, se dejó escuchar en medio de la penumbra. “Oye, Dagnino” -, dijo. Todos voltearon. Era un hombre alto, vestía un sacón de esos que usan los marineros y una gorra de lana en la cabeza. Era muy fornido, de piel muy blanca y se podía ver una abundante barba cobriza enmarcando su cara. Estaba plantado en el arco, llevaba algo en una mano.

“Pacho” volteó y le plantó la mirada, desafiante. Todos se quedaron detrás de él. El sujeto separó las piernas y las plantó en el suelo con resolución. “Enséñame lo que vales” -, dijo como para que lo escuchen todos y le lanzó lo que llevaba en la mano. En medio de la oscura noche, el objeto tenía el tamaño de una pelota. “Dañino”, por instinto goleador, y aunado a su inmensa soberbia, dio un tranco al frente y saltó: estirándose en el aire se preparó para hacer una hermosa media tijera. Dicen los que estuvieron presenten que aún se estremecen al recordar el horrendo sonido que se escuchó a continuación: un ¡traaack! que aún les revuelve las tripas. “Pacho” cayó pesadamente al suelo, gritando, aullando de dolor. Se había roto la pierna en tres. Al llegar los chicos a su lado él se retorcía de dolor. Era horrendo el espectáculo de su pierna quebrada en varias partes, exponiendo los huesos en algunos sitios, retorcida como una muñeca de trapo.

El desconocido le observaba sonriente. Los chicos vieron al suelo y descubrieron que la “pelota” en verdad era un trozo de piedra, trabajada, y que exhibía algunas letras en inglés. Era el fragmento de algo sin duda. Dominados por la ira, y siguiendo sus instintos de barrio todos juntos se le abalanzaron encima al agresor, gritando insultos, rompiendo botellas dispuestos a destriparlo. Incluso el viejo Arana sacó su facón que llevaba siempre con él y se unió a sus muchachos. Rodearon al tipo, pero este ni se inmutó: sólo sonreía complacido por su acción, con las manos metidas en los bolsillos. Cuando todos se preparaban para asestar el primer golpe de lo que iba a ser una carnicería,….el tipo simplemente se esfumó. ¡SE ESFUMÓ FRENTE A SUS PROPIOS OJOS,…. DESAPARECÍO!!!!.

Nada había frente a ellos,…nada. Sólo sus propias caras contraídas por el horror era todo lo que tenían frente a sus ojos. “Pacho”, que estaba en el suelo pasos atrás, al observar tal fenómeno, comenzó a gritar más desesperadamente aún: “¡SAQUÉNME DE AQUIIII, NO ME DEJEN; SAQUÉNME DE AQUIIII!!!!!”. Aterrados, el grupo comenzó a correr hacia la puerta, gritando de pavor. Atrás quedaron los picos de botella, y el facón tirados en le suelo. Mientras se dirigían a la puerta, escuchaban con insistencia, casi retumbándoles los oídos, miles de voces hablándoles en diferentes idiomas. Venían de todas direcciones. No entendían lo que decían, pero en sus agitados corazones el mensaje que escuchaban, lleno de odio era: “¡VÁYANSE!, ¡VAYÁNSE!”. Casi no tuvieron tiempo de levantar a “Dañino”; sólo lo arrastraron por el campo. Su pierna rota se bamboleaba haciéndolo gritar más, acompañando en el grito de horror de los demás.

Cuando terminaban de contarme la historia, “Dañino” pasó por nuestra esquina: cojeaba notoriamente y recogía puchos de cigarrillo del suelo. Había sido vencido por la droga y el alcohol. Pero había algo más,…caminaba como tratando de alejarse de las sombras, buscando insistentemente la luz. Se notaba que aquel episodio de su vida no sólo dejó una marca en su cuerpo, si no también en su alma.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Rastros de visitas extraterrestres en el antiguo Perú


Durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados norteamericanos descubrieron algo que dió bases sólidas a la ciencia no oficial, conocida hoy en día como la Astroarqueología: mientras se desplegaban por todo el Pacífico, en su esfuerzo para derrotar al Imperio japonés, instalaron campos aéreos en cada pedazo de tierra disponible; al hacerlo, entraron en contacto –sin querer-, con los últimos pueblos no contactados del mundo, y que desconocían por completo a la civilización occidental. Esto se dio principalmente de Nueva Guinea, Nueva Caledonia y el archipiélago de las Nuevas Hébridas. Tras esos contactos, y ya culminado el conflicto, los americanos partieron,… pero al regresar tiempo después, ¡descubrieron que los primitivos habitantes, habían convertido sus pistas de aterrizaje en lugares sagrados!; los pueblos contactados en la guerra, habían creado religiones: las pistas eran templos, creaban figuras de aviones,… que simbolizaban a “sus dioses venidos del cielo”. Esto permitió que los primeros astroarqueólogos, tuviesen un punto de sustento, para alegar la posibilidad de que los extraterrestres bien podrían haber sido los dioses del pasado.


Al parecer algo similar sucedió en el Perú, en un pasado remoto: sin tomar en cuenta todos los mitos del Perú precolombino, que reseñan que los dioses de los antiguos peruanos provenían del cielo –y que ahí regresaron eventualmente-, un ojo atento puede encontrar otros rastros, del paso de visitantes del cosmos por nuestras tierras: existen dos danzas típicas del Perú que, si uno revisa atentamente los mitos y leyendas acerca de sus orígenes, descubrirá con asombro, que tal vez la historia no necesariamente como la conocemos,…


La danza de las Pallas de Corongo

Considerada como una de las danzas más bellas del ande peruano, esta danza cuenta con una leyenda oficial, y con una serie de mitos que sólo es conocida por muy pocos: en la versión oficial de los orígenes de esta danza, es de origen incaico; dice que Cápac Yupanqui, el conquistó a los Conchucos. La victoria no fue nada fácil, pues ofrecieron dura resistencia. Según la tradición, los caciques del lugar lograron salvar a su pueblo, enviando a sus más bellas hijas ante el vencedor, pidiendo paz sin venganza. El guerrero cuzqueño, impresionado por la belleza y el atuendo de estas embajadoras, accedió. Antiguamente esta danza se bailaba en todo el Perú antiguo, quedando ahora solo presente, en su último reducto de Corongo.


Sus orígenes como danza ritual son evidentes, pero si uno escarba un poco más, encontrará detalles sorprendentes: algunas leyendas muy antiguas, en la región Ancash, que refieren que el origen verdadero de las Pallas, es recordar la aparición -no se señala cuándo-, de unos “seres”, que aparecieron ante los antiguos pobladores peruanos quienes los describieron así: “hermosísimos, brillantes como el oro, que se desplazaban de una manera extraña,… como danzando solemnemente”. La mejor descripción la podemos lograr de la vestimenta de las Pallas de Corongo: una “corona”, que es un extraño armazón circular, cual casco, tapizado de flores, de plumas, con un espejo redondo en la parte posterior. Una “pechera” (pectoral) en forma de corazón, recamada de oro, plata y preciosos brillantes, esmeraldas, topacios (hoy las joyas son de fantasía); espejuelos rosetados por todo el resto de la vestimenta,… como si fuese necesario dar a entender la idea de “ser brillante”; y finalmente, el hecho de que las “remangadas” (mangas), de la Palla, asemejen “alas” y que el colorido de su ajuar, se diga que asemeja a la paloma silvestre (urpi); todo esto nos hace dar una fuerte sensación de que nos hablan, desde tiempos lejanos, de la visión de visitantes de muy lejos, de arriba,… y si a eso aunamos que Conchudos está muy próximo a las Cordilleras Blanca y Negra (uno de los lugares con más apariciones OVNI en el Perú), el enigma sólo nos puede llevar a una sola dirección.


La danza de tijeras

Muchas, muchísimas son las leyendas acerca de los danzantes de tijeras, los “danzak”; brujos poderosísimos, capaces de lo imposible, seres misteriosos, que en secreto se reúnen en las montañas sagradas –los Apus-, para, lejos de toda mirada, entrar en contacto con sus “dioses”, o como los conquistadores quisieron que se creyese: para “rendir culto y pactar con el diablo”.


La leyenda que corre aún en Ayacucho, Huancavelica y Apurímac, acerca del origen de los “Danzak” es la siguiente: “hace mucho, de la nada, apareció en medio de los campos un hombre: su cabeza brillaba como el sol, y mientras recorría los campos, hacía sonar dos pedazos de metal que llevaba en la mano: al oírlo, la gente dejaba de labrar la tierra, y lo siguieron todos, ese hombre los llevó a un cerro, y no se les volvió a ver jamás,…”


Al igual que con las Pallas de Corongo, la vestimenta de los “Danzak” está plagada de espejos,… solo que en este caso, la leyenda sí admite que representan el esplendor de estos seres; asimismo, si bien les decimos tijeras, éstas no lo son en realidad: son de dos placas independientes de metal de aproximadamente 25cm. de largo y que juntas tienen la forma de un par de tijeras de punta roma,… las cuales simbólicamente, pueden significar, a la vez herramientas,… o instrumentos de una función desconocida.


¿”Ángeles”, visitando el antiguo Perú, mucho antes de que los ángeles cristianos, hiciesen su aparición entre nosotros?, ¿seres brillantes, que se desplazaban bamboleantes en su andar, como los primeros astronautas en la Luna, visitaron en un tiempo remoto, a los Conchudos?, ¿un testimonio de una “abdución”, ocurrida hace mucho tiempo en la serranía de los andes del sur, y que fue tan dramática que su recuerdo sobrevivió al paso del tiempo?, ¿poderosísimos “magos”, llegados de las estrellas, capaces de hacer cosas que para nosotros serían milagros?, ¿seres extraterrestres, portando en sus manos instrumentos de extraña forma y utilidad incomprensible, tomaron contacto con los chamanes precolombinos?, ¿estas danzas, nos hablan de cómo eran y se comportaban, los visitantes que alguna vez fueron llamados “dioses”?,… el enigma perdurará hasta que hallemos una respuesta,…

viernes, 19 de septiembre de 2008

Un extraño reporte policial


En 1984 yo tenía 10 años, y mi padre era entonces un importante oficial de la hoy desaparecida Policía de Investigaciones del Perú. Un verano, mi familia y yo fuimos a visitarlo a la ciudad de Ica, donde estaba destacado.

Fueron unas vacaciones felices, pero lo que nunca podré quitarme de la mente es una experiencia tan extraña a la cual deseo firmemente encontrarle una explicación y, que ahora deseo compartir con todos ustedes. Eran los años de la lucha interna en mi país, y no era raro que mi padre pasase largas noches trabajando, cada vez que ocurría un atentado terrorista en su jurisdicción. Una noche de esas, mi padre nos hizo saber que no llegaría sino hast muy tarde. Mi madre y mis hermanos mayores acudieron a un compromiso ineludible, teniendo que quedarme yo solo en la inmensa -para mí-, casa que ocupábamos en le centro de la ciudad. Era una noche tensa: en la oscuridad de la noche se dejaban oír lejanas explosiones de ataques que Sendero Luminoso perpetraba en las afueras de la ciudad. Los policías encargados de la custodia de la casa en que mi padre vivía, prudentemente, salieron a los exteriores de la misma, anticipándose a cualquier eventualidad, dejándome completamente solo.

Casi de inmediato, las luces se fueron: era un apagón provocado por el atentado. A pesar de la zozobra de la población, yo era apenas un niño; me preocupaba más, qué hacer para no aburrirme. Es así que fuí al estudio de mi padre a ver que podía encontrar para leer.

Siempre me gustó la lectura, así que comencé a hurgar en medio de toda la ruma de papeles que se hallabn esparcidos sobre su escritorio. Los pesados files llenos de hojas mecanografiadas no me llamaron la atención, así que me decidí por buscar alguna revista. Hellé finalmente una: era la revista oficial de la Policía de Investigaciones. Sin pensarlo dos veces la tomé y comencé a hojearla, atraído por que tenía algunas ilustraciones.

Al ser una publicación institucional, era bastante escueta y estaba escrita en un lenguaje muy sobrio: ar´ticulos sobre el trabajo policial, aniversarios y actividades; todo eso muy aburrido para mí. Casi no tenía fotos. Al ser una publicación institucional, era bastante escueta y escrita en un lenguaje muy sobrio: artículos acerca del trabajo policial, aniversarios y actividades; todo esto muy aburrido para mí. Casi no tenía fotos de personal policial por cuestiones de seguridad de aquellos tiempos. Estaba a punto de dejarla de lado cuando un artículo llamó mi atención. Lo que leí en esas dos únicas páginas me ha tenido intranquilo desde entonces, y aún deseo, que algún día llegue a saber toda la verdad acerca de ese suceso ahí relatado. El artículo, escrito por un detective de la institución, relataba un caso no resuelto ocurrido unos dos años antes. Sucedió en 1982: una camioneta y sus ocupantes desapareción sin dejar rastro. El contador de una pequeña mina de oro de la localidad, su guardaespaldas y el chofer, habían salido del asiento minero, ubicado en lasierra de Ica, a medio camino del Departamento de Ayacucho llevando el mineral extraído al Banco de Ica; lo cambiaron por efectivo para pagar a los mineros, y al regresar de vuelta a la mina simplemente se habían esfumado.

El oficial que escribía el artículo explicaba que él había sido el responsable de la investigación en aquella época, y comentaba a continuación las sospechas iniciales: podría tratarse de un robo efectuado por delincuentes comunes, un asalto por parte de terroristas ó que simplemente los desaparecidos se habían puesto de acuerdo para hacerse humo con el caudal.

Lo que relataba el oficial a continuación prefiero redactarlo tal como lo recuerdo: "....tras siete días de infructuosas investigaciones, no se pudo descubrir ni a los responsables, ni al móvil del ilícito. A pesar de que el caso tuvo amplia repercusión en los medios de prensa de la localidad, el personal policial no pudo lograr pista alguna. Ampliada la búsqueda a nivel nacional, los resultados también fueron infructuosos."

"Cuando la investigación estaba a punto de ser abandonada, la orden dada por la Superioridad exigía resolver el caso, en la sospecha de que el robo podría haber sido cometido por elementos subversivos para utilizar el dinero robado en su accionar delictivo, hizo que me viera en la obligación de retomar el caso, comenzando por seguir la última ruta conocida de la camioneta en busca de pruebas".

"Junto con un destacamento, partimos de Ica con dirección a Nazca; al enfilar a la carretera de penetración a la sierra, decidí disminuir la velocidad para buscar algún rastro en la misma, y que se pudo haber pasado por alto en las investigaciones criminales preliminares. A la hora y media de iniciado ese tramo, dimos con la camioneta".

"Unas claras huellas de ruedas nos enfiló hacia el desierto. A unos 600 metros fuera de la carretera, encontramos el vehículo y sus ocupantes. La camioneta estaba detenida y con el capó abierto suponiéndose que sufrió algún desperfecto eléctrico, dado que los cables de la batería estaban sueltos. El chofer estaba muerto y tendido frente a ella y portaba aún una llave de tuercas en la mano, dando más indicios de que trató de reparar una avería. Casi 100 metros más adentro, en dirección al desierto, se hallaron los cuerpos del contador y el guardaespaldas. Ambos portaban aún en sus manos sus armas, y se comprobó que fueron percutadas en varias ocasiones contra algún agresor."

"Los cuerpos de los tres mostraban UN AGUJERO EN MEDIO DEL PECHO QUE LOS ATRAVESABA DE LADO A LADO. Los bordes de las heridas estaban cauterizados, como si hubiesen sido hechas con algún tipo de calor intenso ó una descarga eléctrica. Dentro del vehículo se halló INTEGRO el dinero del pago de los mineros. A ninguno de los occisos les faltaba tampoco nada de sus pertenencias personales."

"Un minucioso examen del lugar del crimen no permitió encontrar el más mínimo rastro o huella del o los responsables; sólo se encontraron las huellas de los occisos y su vehículo. los relojes de los tres estaban detenidos a las 11.25 de la mañana del día que desaparecieron."

"Una vez recogidos los cuerpos y las pruebas, fueron derivados a la División de Investigación Criminal. El médico legista informó que la causa de las muertes fué producto de una fuerte descarga eléctrica, SIMILAR A UN RAYO."

El artículo del oficial terminaba explicando que, una vez iniciada esa parte de la investigación, el caso le fué retirado de sus manos. Imagino que fué por que creaba más enigmas que respuestas lo hallado. Igualmente, el policía trataba de dar una explicación a las conjeturas que el caso le planteaba desde su óptica policial: ¿por qué no se llevaron el dinero?, ¿si no era un robo, cuál fué el motivo?, ¿a qué le dispararon los fallecidos?, ¿qué los hizo salirse tanto del camino y entrar en el desierto?, ¿un rayo que mata a tres personas separados a tal distancia, en un desierto en el que no llueve hace 500 años y en pleno verano?,....termina sugiriendo que los responsables, sólo pudieron llegar volando si no había huellas en la arena. Concluye explicando que el caso quedó archivado como "NO RESUELTO".

Aquella noche casi no pude dormir, pensando en la posibilidad de que "algo" allá afuera fuese el responsable,..y que siga aún por ahí. Hoy me lamento que no tomé nota de más datos; el más importante, el oficial daba en su artículo el número del expediente. Lo mejor hubiese sido guardar la revista, pero era un niño apenas y no le presté la debida importancia. Cuando terminaba de leer, mi padre llegó y corrí rápidamente a mi cuarto, dejándola en su escritorio. Papá no era nada estricto, pero sí muy celoso con las cosas de su trabajo; en ese tiempo pasaban cosas muy terribles.

Pasado varios años, ya con 17 años, le comenté a mi padre lo que había leído. Él no recordaba haber visto la revista, pero sí me aseguró algo: que en aquella época jamás un policía se hubiese atrevido a escribir un artículo fantástico en esa revista, y también que jamás hubiesen permitido sus superiores tal cosa. "Si lo leíste ahi, es que tenía información veraz"-, me explicó con simpleza.

Han pasado los años y no me quito de la cabeza este extraño caso. Alguna vez quise buscar ese expediente: cuanto aún con familiares en la policía y por eso pensé que sería fácil,... pero lo único que pude averiguar es que lo más probable es que esté "enterrado" bajo otros miles de expedientes policiales de la época de la guerra interna, y por lo tanto, no "verá la luz" en mucho tiempo: hubo demasiados excesos de ambas partes durante aquellos tiempos.

Investigando por mi cuenta, pude hablar con muchas personas que viajan constantemente por esa ruta de la carretera: todos alegan que prefieren cruzarla a toda velocidad "por que ahí pasan cosas muy raras". En otra ocasión, hice amistad con una chica de un grupo de estudiosos de lo místico que frecuentan la zona en ciertas ocasiones "es un lugar especial" fue lo único que le pude sacar a ella y a sus compañeros. Un amigo del colegio, hoy oficial de la Fuerza Aérea, me contó en una ocasión que, al hacer vuelos de instrucción en la zona, se topaban con "naves" que volaban más alto y más rápido que ellos. Mi interés en este tema se vió reforzado hace poco menos de un año: esta historia, la cual subí a Internet en otra página, hizo que me llegase un correo electrónico muy interesante; el anónimo escritor del mismo me dijo lo siguiente: "....una historia similar ocurrio en el Departamento de Lambayeque, al norte de Lima, en 1985: en el lugar, según un reporte de la policía se encontraron uno o dos cadaveres (no recuerdo exactamente cuantos fueron) en unas chacras en las afueras de la ciudad, ya en el lugar los miembros de la policia se dieron con la sorpresa que los cuerpos presentaban orificios del tamaño de un plato de te a la altura del pecho y que este orificio habia dejado una cicatriz con los bordes limpios, como si los hubieran cauterizado o hechos con alguna clase de rayo, no se supo cual habia sido la causa de la ejecucion, no hubo robo ni otra causa, el caso quedo como no resuelto y paso al olvido,..." Asimismo, agregaré como dato final que la zona de mi historia está muy cerca de las famosas Líneas de Nazca.

Sé que será difícil descubrir la verdad de este extraño caso, pero mi interés en descubrirla aún se mantiene en mí y no ha disminuido con los años. Silo logro, seréis de los primeros en saberlo.

martes, 16 de septiembre de 2008

La magia selvática tradicional


En las prácticas mágicas tradicionales de la amazonía peruana, el animismo es la piedra fundamental: es la creencia en que todo en la naturaleza (plantas, animales, ríos, árboles, etc.), es morada de poderosas deidades espirituales, a las cuales se les debe respeto y con las que se puede contar en caso de necesidad. Una clara diferencia entre este tipo de prácticas mágicas y la andina tradicional es que el chamán o curandero amazónico tiende a usar menos materiales para realizar sus trabajos, limitándose casi exclusivamente al uso de plantas, hierbas y otros elementos de su entorno, actuando como un “canal” de las energías de la naturaleza invocadas por él. En la amazonía peruana, los curanderos son popularmente llamados “médicos” (diferenciándolos de los doctores, a los que llaman “facultados”), y se consideran nacidos para curar los “Daños”; diferenciándose más bien del brujo, que es como denominan al “malero” o individuo que realiza “Daños” y del “hechicero”, que es como nombran a los brujos negros, a quienes consideran casi como a asesinos. Ningún curandero selvático tolera ser confundido con ellos o nombrado de esa manera.


La forma de iniciación en la magia en la amazonía tiene lugar a temprana edad en el caso de herencia familiar ó en otros casos, tras realizar un viaje de iniciación, de período indeterminado, por la espesura de la selva, siendo ahí instruido el chamán por los espíritus de la selva mismos. El conocimiento de la medicina herbaria por parte de los practicantes de esta rama de la magia es inmenso y no deja de sorprender a los científicos e investigadores, anhelantes de encontrar nuevas propiedades medicinales y curativas en la fantástica farmacopea herbaria amazónica, y que son totalmente desconocidas por la ciencia occidental.


Los chamanes y curanderos amazónicos se consideran inmersos en una comunidad mística con la selva y sus habitantes, tanto los que pertenecen a esta realidad como los que pertenecen a las otras, siendo el uso ritual y curativo de las diversas variedades de plantas psicoactivas o alucinógenas muy común para ellos, teniéndolas clasificadas de la siguiente manera: las que hacen ver, que son las que permiten ver situaciones y realidades más allá de la capacidad de los sentidos normales; las que hacen viajar, que son las que les permiten ver y observar sitios épocas y lugares ubicados en este mundo y en otros; las que enseñan, que son las que les dan la posibilidad de aprender la magia y sus inmensos conocimientos en medicina herbaria, en esos casos, ellos consideran que “la planta les enseña”. También están las que calientan el cuerpo, utilizadas para procesos curativos, las que afinan y embellecen la voz, utilizadas para seducir, las que dan fuerza, las que queman las almas, usadas para anular “Daños”; las que cicatrizan heridas, y finalmente, las que se intercambian con las entidades invisibles. Entre todas ellas, destacan a la ayahuasca (Banipteriosis caapi), a la cual consideran su maestra.


Para realizar el ritual de la toma de la ayahuasca, como paso previo se realiza una limpieza y purificación de las vísceras por medio de la ingesta de un cocimiento en base a la planta conocida como yawarpanga, la cual posee un poderoso efecto vomitivo, siendo la evacuación tan exhaustiva. que, se asegura que se llega incluso a sentir que se expulsa medicamentos tomados tiempo atrás; una vez realizada esta limpieza, se realiza un día de ayuno, para luego finalmente realizar la ceremonia en sí.


La ayahuasca no se consume sola, sino más bien se hace un cocimiento de esta planta y la chacruna, pues es esta última la que hace activa las cualidades psicoactivas de la ayahuasca. Apenas transcurrida media hora, aproximadamente, se inicia el estado alterado de conciencia, conocido por los chamanes como mareación, condición en la cual, tras una sensación de un impacto sordo en el área del tórax, se inician las visiones e imágenes, envolventes, nítidas y llenas de color, que van desde ver sucesos pasados y futuros de la historia de la humanidad, hasta asuntos personales, pasando por simbolismos referentes a la vida y estado del participante; todo esto se vive mientras se tiene constantemente al chamán guiando la experiencia, envolviendo a los participantes en densas nubes de humo de cigarros de tabaco negro selvático, conocidos como mapachos, a la vez que recita y canta los icaros, que son versos y cánticos ancestrales propiciatorios para las visiones.


Durante el proceso de la mareación, el chamán que también se encuentra bajo los efectos de la ayahuasca, observa atentamente las emanaciones de color que despiden los participantes, -las cuales pueden ser consideradas como manifestaciones del Aura del paciente-, interpretándolas con la finalidad de identificar enfermedades y “Daños”, para tomar medidas para eliminarlos; muchas veces los realizan por medio de una flema mágica, el mariri, con la que envuelven el “Daño” absorbido por ellos para finalmente escupirlo. En este proceso a veces el “Daño” se logra manifestar físicamente, adoptando generalmente una forma animal. El proceso en que el chamán absorbe este tipo de “Daño” y lo expulsa es el más peligroso de todos, incluso llegando a poner en riesgo la vida del curandero. Muchos chamanes logran también, por medio de la ingesta de ayahuasca visitar otras partes del mundo y de otros mundos bajo los efectos de las mareaciones.


Actualmente, varios médicos y científicos, peruanos y de diversos países se encuentran en la amazonía peruana, investigando codo a codo con los chamanes de descubrir si la ayahuasca y otras plantas psicoactivas pueden ser utilizadas para curar enfermedades por medio de los tratamientos que utilizan desde tiempo inmemorial los chamanes amazónicos.

sábado, 13 de septiembre de 2008

El Japiñuñu o la mujer alada del Perú


Este relato me lo contó el señor J.M.H.G. destacado ingeniero y difusor científico, que por razones obvias prefiere mantener el anonimato, pero que para el siguiente relato lo llamaré “Jose Antonio”.

Corría un 11 de agosto de 1956 y José Antonio, un niño de apenas ocho años de edad, vivía en el Cuartel “Cabo Pantoja” del Ejercito Peruano, departamento de Loreto, frontera con el Ecuador, un lugar sumamente ignoto, perdido en nuestra amazonia. Para que se ubiquen, es donde, de acuerdo al mapa, el Perú en su parte superior termina en “punta”. Allí vivía el pequeño José Antonio con su padre un médico asimilado como Comandante de la Sanidad del Ejército, su madre y hermanos.

A pesar de las precarias comodidades del cuartel era un niño feliz en medio de la selva. Sin embargo pronto se vería cara a cara con uno de los mas extraños misterios de la jungla peruana.

Diariamente el niño tenia que caminar, acompañado de otros compañeritos, a la única escuela de la zona, distante 8 kilómetros. Una tarde, debido a que lo habían desaprobado en un curso, lo castigaron mandándolo a dormir temprano. Serian las ocho de la noche.

Había estado sollozando José Antonio largo rato y tratando a la vez, de conciliar el sueño. De repente escuchó que fuera de su cabaña, alguien imitaba sus lloriqueos infantiles. El, disforzado, empezó a llorar con mas fuerza. Y con mas fuerza afuera lo remedaban.

De repente el niño escuchó que en el techo algo de gran peso se posaba, haciendo un poderoso estruendo. Al poco rato, un soldado apellidado Panduro, que estaba haciendo de retén, se acercó alarmado a la cabaña y José Antonio le escuchó preguntar si todo estaba bien, ante el cual sus padres le dijeron que si, que no había ningún problema. Al rato se escuchó un gran escándalo, y a un hombre que gritaba desesperado. Toda la gente salió de sus casas y justo por la casa del niño, otro soldado disparaba a una especie de gran pájaro oscuro que en medio de las sombras atacaba a Panduro, y lo mas sorprendente ¡aparentemente trataba de llevárselo…!, En medio del alboroto de la gente, el animal, arrastró al soldado por unos 30 o 40 metros. Con los disparos la cosa aquella alzó vuelo y en medio del griterío desapareció, perdiéndose en la noche.

Todos inmediatamente se acercaron al soldado maltrecho, que se había quedado mudo e inmóvil. Providencialmente no había sufrido mayores daños físicos, salvo unos profundos rasguños en el cuerpo y los brazos. Luego de un largo rato, Panduro recobró lentamente el ánimo. Allí es donde contó horrorizado que el animal no era un pájaro. Hasta ese entonces todos creían que había sido un cóndor o algo parecido, aunque dicha explicación era insuficiente, habida cuenta que nunca se había escuchado historia de cóndores roba-hombres y menos por aquellos rincones amazónicos. Pero no. Lo que contó el soldado Panduro, con gesto de terror, era que lo que momentos antes lo había atacado, no era humano. Era un inmenso pájaro con la cabeza… de una horrible mujer . Y que con sus garras, lo había sujetado fuertemente del cuello.

Era el Japiñuñu.Luego durante su estada por esos lares, se enteraría que éste no seria sino uno de muchos encuentros que muchos nativos en la zona contaban desde tiempos inmemoriales. Tantos relatos señalando al mismo ser fantástico, que ya incluso tenía un nombre. Era pues el Japiñuñu.

Es interesante recordar como este ser, de índole mítica, ha sido descrito y visto en otras partes del mundo. Incluso tanto en la mitología griega como en su literatura se ha hablado de estos seres, que como se recordará, asediaron al legendario héroe Jasón, en su búsqueda del vellocino de oro y son mencionados también en La Odisea de Homero. Pero allí tienen otro nombre. Se les conoce como ARPIAS.

Rememoremos incluso como son mencionados como personajes que formaron parte de la Historia de la fundación del Tahuantinsuyo. ¿O acaso no recordamos a uno de los Hermanos Ayar convertido en un inmenso pájaro con cabeza humana? Pero mas allá de mitos y leyendas, ¿Qué fue lo que atacó al soldado Panduro aquella aciaga noche del 11 de agosto de 1956?, ¿fue un ser real? ¿O las sombras del terror le hicieron ver al conscripto, aquello que su cosmovisión andina, llena de supays y saqras, solo le podía dar? Solo para quienes lo han visto, o han sobrevivido a su ataque, el Japiñuñu es tan real… como la mas auténtica de sus pesadillas.

Por Anthony Choy

domingo, 7 de septiembre de 2008

El fantasma del espejo


Cada vez que mi abuelita pasaba por estrecheces económicas se quedaba pensativa en su silla, miraba al cielo con mirada triste y soltaba un profundo y doloroso suspiro: “…¡Ay Dios!” –decía -, “¿por qué pasamos por estas penurias, si a nosotros no debería faltarnos nada”. Yo pensaba que eran devaneos propios de la gente mayor, que siempre piensa que toda época pasada fue mejor; más, debido a su insistencia de expresar su muletilla, decidí preguntarle el por qué.


Ella cayó un momento. Se fijó detenidamente si mi madre escuchaba. En todo de confidencia me pidió que cierre la puerta del cuarto donde estábamos. Ya segura que todo quedaría entre los dos, comenzó a relatarme la historia: “tu bisabuelo, mi padre, era un hombre muy afortunado”-, me dijo en voz baja. Inmediatamente recordé lo que me habían contado otros parientes acerca de él: que fué un aventurero, que había recorrido toda la cordillera. Que era dueño de todos los secretos de la minería. Nadie mejor que él para amalgamar los minerales. Que conocía los secretos de la alquimia. Que había hecho millonarios a muchos; que había descubierto cientos de minas, que las tuvo todas inventariadas, y que al final nunca tuvo dinero para explotarlas.


“Pero hay algo más…”- agregó mi abuela con voz temblorosa -, “él era un brujo”. En ese momento me contó algo desconocido para mí: “como era curandero, siempre ayudó a los necesitados. Dicen que cuando vivió con los “Waqchas”, ellos, agradecidos por su ayuda, lo convirtieron en “Alto Misayoc” y le enseñaron todo lo que debía saber.


Desconociendo yo en esa época el idioma quechua, ella me explicó qué significaba todo eso: los “Waqchas” eran los más pobres descendientes de los incas, y que habían jurado jamás revelar los secretos de los tesoros y las minas ocultos por sus ancestros. También tenían fama de ser brujos muy poderosos. Un “Alto Misayoc” es un Sumo Sacerdote; jamás he escuchado después de esa conversación, que se le haya conferido ese cargo a un blanco o a un mestizo alguna vez.


“…Todo el mundo me decía eso y más de mi padre…” –explicaba mi abuela, mirando el aire, moviendo los ojos como si lo viviese-, “nunca les hice caso. Un día, me arrepentí de no haber creído”.


“Yo me casé muy joven. Mi padre no estaba de acuerdo; tu abuelo era bueno, pero no muy trabajador: te quedarás pobre junto a ese hombre, me dijo tu bisabuelo”- proseguía contándome mientras tejía. “Tu abuelo y yo nos fuimos a vivir a un cuarto chiquito en los Barrios Altos. Estaba bien para unos recién casados; tu abuelo salía todos los días a buscar trabajo, pero nada. Un día, a la hora del almuerzo, tu abuelo llegó muy contento: ¡había conseguido trabajo de sereno en el puerto!. Yo también estaba contenta. Un hacendado amigo de tu bisabuelo había llegado de la sierra y me había traído cartas de él y una enorme caja de madera”.


“Tu abuelo puso cara de pocos amigos. No le perdonaba a mi padre por no haber estado presente en nuestra boda”- prosiguió-,”no le hice caso: yo leía una a una las cartas de mi papá; cada una remitida de un sitio distinto y contándome sus viajes de un lado a otro del país, buscando fortuna y lo mucho que me quería. La última carta del paquete era muy extraña. Lo único que decía era: “nunca disfruté las riquezas que hallé por ser muy confiado. En tus ojos veo que tienes mi mismo destino. Acepta mi obsequio de bodas y no cometas los mismos errores que yo”. Tu bisabuelo se refería a la caja esa”-, sentenció mi abuela.


“Cuando la abrimos, yo me quedé encantada: era un precioso espejo de pie, muy antiguo, de madera y con algunos detalles en pan de oro en el marco. Tu abuelo frunció el entreceño: “ ¡Bah!, demasiado ostentoso para esta casa”; y sin mediar palabra, cogió su abrigo y se fue a trabajar, diciendo que volvería en la madrugada”.


“Era la primera noche que me quedaba sola en casa. Era una construcción vieja y me daba miedo por oscura. Pasaban las horas y yo en silencio, tejiendo en el segundo piso, sola, iluminada apenas por una vela. La medianoche avanzaba, y poco a poco me quedé dormida. No sé si pasó mucho o poco rato, pero algo me despertó. Una extraña sensación de que en el cuarto había alguien más. Al abrir mis ojos, ví frente a mí un enorme cirio de iglesia sobre la mesa, iluminando toda la habitación. Yo no entendía nada, la vela que yo tenía era pequeña y ya se había apagado. Fijé mi mirada en el espejo de mi padre que estaba frente mío,…poco a poco se fue oscureciendo, y apareciendo una imagen nubosa en él. Yo temblaba, mientras veía cómo una figura humana se formaba dentro de él. Quedé paralizada de terror cuando se terminó de formar la aparición: era un anciano barbado, de piel muy pálida, alto y vestido con una larga y ondulante mortaja blanca. Mirándome fijamente, alzó sus huesudas manos y comenzó lentamente a salir del espejo”.


“Se paró frente a mí, era inmenso y yo me trataba de encoger en el sofá, apretando mi tejido, tratando de alejarme de la mano que temblorosamente tendía hacia mí. Al mismo tiempo, con sus ojos blancos y sin vida muy abiertos, abría su boca cavernosa, exhalando un aire gélido: “....sígueme”; fue lo que me dijo y comenzó a deslizarse hacia la puerta”. Yo había perdido todo control de mi persona; me incorporé y lo seguí, caminado sin poder controlar mis piernas”.


“Me llevó hacia abajo, a la sala. De pie en medio de la sala, el anciano flotaba en el aire frente a un hueco rectangular excavado en el suelo. Allá abajo había un cofre de madera. Ví cómo él abrió la tapa; ¡levantó muy alto su mano de la cual colgaban collares de perlas, de plata con joyas engarzadas y caían en cascada monedas de oro!”.


“…Esto perteneció a mi familia…”- me dijo el espíritu mirándome con sus ojos sin vida-, “tú eres buena y quiero que sea para ti, pero no debes contarle a nadie hasta que te diga cuando debes sacarlo,.… cuando realmente tengas necesidad de él….-, exclamó mientras veía cómo se elevaba en el aire, despareciendo lentamente. Al rato desperté de nuevo en el sofá. Me levanté sobresaltada; había ruidos abajo. Corrí escaleras abajo, ¡pensé que tu abuelo se enojaría mucho si miraba el boquete en el piso de la sala!,…pero no había nada ahí, sabía yo que no era un sueño. Los ruidos abajo eran que tu abuelo había vuelto del trabajo. ”


“No le conté nada de esa noche. Al poco, comencé a ver que el casero que nos alquilaba parecía saber algo: cada vez que venía por el alquiler, miraba atentamente el suelo, como buscando si los ladrillos del suelo estaban movidos. Mantuve mi secreto hasta una noche en que, estando en la cocina, escuché unos gritos terribles que venían del dormitorio de arriba: ¡tu abuelo gritaba, como si pelease contra alguien!, salí de la cocina azorada y apenas pude ver al llegar a la sala que “algo” bajaba las escaleras, abriendo como una ráfaga de viento la puerta hacia la calle,….era como….si una sábana blanca saliese volando hacia la calle. Tu abuelo bajó a grandes zancadas, con la camisa desabotonada, los ojos desorbitados y vociferando incoherencias. Cuando se tranquilizó, me explicó lo que le había pasado”.


“Estaba en el dormitorio cambiándome de camisa” –me dijo,- “estaba de espaldas al viejo espejo ese cuando algo me hizo voltear: ¡dentro del espejo estaba un viejo horrible, con los ojos blancos como los de los muertos, abriendo su bocaza y estirando sus manos contra mí!; ¡me insultaba, me decía cosas y atravesaba el espejo con sus manos jalándome, arrastrándome!”.


“Presa del pánico, tu abuelo trató de defenderse”- me contaba muy vívidamente mi abuela-, “gritando pidiendo ayuda, comenzó a luchar soltando sendos golpes a esa aparición venida de ultratumba, inmensa, con su boca abierta dispuesta a tragárselo. Tras unos minutos de forcejear, el espíritu se dio por vencido y abandonó la casa, siendo perseguido por tu abuelo”.


“Apenas terminó de contarme, yo comencé a llorar. Finalmente le conté mi secreto: él montó en cólera, indignado por que no le había dicho nada del espíritu y del tesoro oculto. Juramos no decírselo a nadie. Yo temía que el anciano espectro hubiese cambiado de opinión y ya nos diese el tesoro cuando lo necesitáramos. Pero además, un presentimiento me decía que tu abuelo me ocultaba algo. En vano le pregunté qúe le había dicho el fantasma. Tu abuelo contestaba con evasivas. Yo recordaba lo que mi padre me decía de niña, al hablarme de sus cosas; él decía que los espíritus guardianes de tesoros odian a los ambiciosos. Me guardé mis dudas para otra ocasión”.


“Pasados algunos meses, tu abuelo me dijo que iríamos los dos de viaje a visitar a un pariente enfermo. Me daba miedo dejar la casa sola, pero él me convenció al decirme que su sobrino y su esposa la cuidarían. Yo no lo sabía, pero tu abuelo estaba metido en deudas de juego; le había contado a su sobrino del tesoro y decidieron sacarlo sin decirme nada. No debí viajar; tenía pesadillas todas las noches antes de hacer el viaje. Al llegar, convencí a tu abuelo de volver inmediatamente”.


“Cuando llegamos a la puerta de la casa, todos los vecinos la rodeaban, así como varios policías: ¡la puerta estaba abierta de par a par, mis pocos muebles tirados en la sala y un inmenso boquete en medio, y metros abajo, al silueta de un gran baúl en la tierra húmeda!. Tu abuelo se tiraba la barba de ira, había sido traicionado por su propia sangre, su sobrino, al ver el tamaño del tesoro, simplemente se lo llevó. Yo no lloraba por el caudal robado, lloraba por la vergüenza que sentía por ver rota mi confianza en mi esposo. En el segundo piso, hallé el espejo, o lo que quedaba de él: al parecer el sobrino había descubierto el secreto del espejo y el anciano y, movido por la codicia, trató de llevárselo, sólo pudiendo partirlo y llevándose una parte, dejando un tercio del mismo”.


“Volvimos a ser los mismos pobres de siempre; la fortuna la sobrino le cayó como con maldición de gitano; tras huir del país con el tesoro, regresaron a los tres años pordioseros: todo lo perdieron en una sucesiva suma de malas inversiones, enfermedades y accidentes. Aún hoy siguen pidiendo perdón por lo que hicieron. Con el tiempo perdoné a tu abuelo. Mi padre, al enterarse lo que pasó, no dijo nada, pero nunca más me regaló nada, ni volvió a enseñarme nada de sus secretos”- mi abuela suspiraba recordando los sucedido, mientras me miraba y sonreía-, “yo por mi parte, cogí los restos del espejo y los enmarqué de nuevo; es ése que está allá”.


Volteé a mirar a mis espaldas: en el cuarto de la abuela, colgaba un espejo de mediano tamaño en la pared: está un poco descolorido y tiene un marco de madera de factura reciente; nadie sospecharía de un inocente espejo como ese. “Muchas veces después, las ánimas aparecieron en el espejo, informándome la existencia de tesoros ocultos,…pero nunca los busqué, a veces por miedo, a veces, por que perdía el rastro; en otras más, le decía a alguien de mi confianza para que lo busque y nunca volvían para agradecerme. El destino de mi padre y el mío son iguales,…igual que el tuyo”.


“¿El mío, y por qué?” –, le pregunté, encogiéndome en hombros. Ella me dio varios motivos. “….Por que cuando yo no esté aquí, tú te quedarás con mi espejo; por que tienes el “don”, lo veo en tu mirada, que es la misma que la de tu bisabuelo y que la mía. Y finalmente, por que tienes la marca de la familia” -, sentenció mientras me apuntaba al hombro derecho, refiriéndose a un lunar que ella, yo y otros antes y después en la familia, hemos ostentado.


Efectivamente, el espejo hoy en día me pertenece; me quedé muchas noches observándolo detenidamente y nada ha ocurrido. Dándome por vencido, pensé que el espejo había quedado mudo para siempre, pero un suceso que me ocurrió el año pasado me sacó de pronto del error de percepción que tenía. Un amigo mío que pertenece a una de las familias más distinguidas de la ciudad –pero algo venida a menos-, me invitó a pasar un fin de semana en la hacienda de su familia, ubicada en un valle cercano, y con la cual pensaba iniciarse en el ramo hotelero. Tras pasar el día recorriendo el valle, disfrutando de su comida al aire libre y, después de mostrarme los planes que tenía para con su vieja casa hacienda, él, su novia y yo nos sentamos en uno de sus patios a disfrutar del fresco de la noche, tomando una copa.


José Antonio, que era el nombre de mi anfitrión, comenzó a relatarme la historia de la hacienda: se decía que había pertenecido a la Compañía de Jesús durante la colonia, y que los jesuitas habían enterrado un tesoro de lingotes de oro y plata en algún lugar de la hacienda antes de ser expulsados. Conforme avanzaba la noche, él insistía en que juntos descubramos el tesoro: “…tú eres bueno y confío en lo que sabes” -, me dijo una y otra vez. A su insistencia terminé prometiéndole que lo pensaría al menos. Al rato nos despedimos y me fui a dormir a mi habitación. Para serles sinceros, nunca me ha emocionado andar buscando lo que yo no escondí.


Ya en mi dormitorio, y tras tomar una buena ducha, caminaba por el cuarto mientras me secaba. Estaba sentado en la cama, pensando en que tal vez no tenía el “don” del que la abuela se refería, cuando algo llamó mi atención. El ropero frente a la cama tenía un espejo en su puerta, en el cual me veía reflejado. Ví cómo mi imagen reflejada se oscurecía, como si un punto negro a un borde el espejo se tragase las imágenes reflejadas en él. Intrigado, me acerqué al mueble. Ya estando de pie frente a él, la superficie del espejo se volvió de pronto totalmente negra.


La horrible sensación de sentirme pegado al suelo me detuvo en seco. Me quedé paralizado al ver….¡que del espejo emergían en rápida sucesión cuatro figuras humanas enfundadas con hábitos oscuros, tapados sus rostros por capuchas medievales!; ¡no tuve ni tiempo para pedir ayuda, mientras esos seres de pesadilla me tomaban de manos y pies y me arrastraban a la cama!.


¡TRATABA DE GRITAR Y NO SALÍA VOZ DE MI GARGANTA, MIENTRAS ELLOS ME INMOVILIZABAN POR COMPLETO!, ¡DENTRO DE SUS CAPUCHAS NO HABÍAN ROSTROS QUE PUDIESE VER, SÓLO LA MÁS NEGRA DE LAS OSCURIDADES!....dispuesto a aceptar mi destino, dejé de luchar. Yo temblaba descontroladamente mientras una de esas criaturas acercaba su “cara” hacia la mía. Una voz cavernosa salió de una de ellas: “aquí no debes buscar nada,….tienes el don,…pero aún no es tu hora….”. No recuerdo nada más de aquella noche.


Al día siguiente, José Antonio entró a mi cuarto al ver que yo no salía a desayunar. Me encontró tirado en el suelo, frente al espejo del ropero, desnudo, en posición fetal, temblando, en estado de shock. Alarmado me llevó inmediatamente al hospitañ. Por poco me salvé de que casi me diera una pulmonía fulminante. me he recuperado ya en parte. Aún tengo el espejo de mi abuela en mi departamento; en realidad no le temo en absoluto. Como "ellos" dijeron, aún no es mi hora. Aún no,...


Huayruro


HUAYRURO: Semilla del árbol del mismo nombre (Ormosla coccinea), y que se utiliza como amuleto para atraer la suerte y alejar la negatividad. Su uso para confeccionar amuletos como collares, dijes y en un sinfín de objetos es muy amplio. La tradición dicta que estas semillas pueden ser "machos", cuando presentan un lunar negro, y "hembras", cuando son completamente rojas. Se les atribuye también la extraña propiedad de "tener hijos", cuando se juntan semillas "macho" y "hembra" (aparecen súbitamente, nuevas semillas, muy diminutas) Actualmente es muy común verlo en amuletos elaborados en plata, lo cual refuerza su capacidad como amuleto, al atraer así las influencias lunares.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Prisión eterna


Respirando agitadamente, el agotado hombre miraba sonriente el mar encrespado, ese día de invierno. El sol se alzaba calentando apenas la playa rocosa de aquella desolada isla. Jadeante, mojado, el fornido joven sonreía mostrando todos los dientes, mientras observaba el océano, mientras se quitaba lentamente todos los implementos que llevaba sobre su traje de buzo. Mientras soltaba una sonora carcajada, escuchaba los gritos que, de cuando en cuando se dejaban escuchar en medio de la estática que soltaba su transmisor, ahora a sus pies, junto a su cinturón, con sus otras herramientas.

“….FZZZZ!!....¡CARRASCO; MALDITA SEA, TENIENTE. REGRESE DE INMEDIATO A LA LANCHA ES UNA ORDEN!!!....FZZZ!!!...” – se escuchaba bramando a un iracundo instructor de voz ronca-, “….¡NO ME IMPORTA CUÁNTO TARDE EN ENCONTRARLO: LO ENCONTRARÉ!!!…..FZZZZ…..LE ESPERA EL CALABOZO!!!…FZZZ…..”. Sin inmutarse ante las terribles amenazas, el Teniente Guillermo Carrasco, comando anfibio de la Marina de Guerra, observaba la desértica isla a la que había arribado. Se había vuelto a salir con la suya. Hijo de un muy alto oficial de la Armada, siempre se las había ingeniado para hacer lo que le viniese en gana. Era el mejor en todo: el mejor de su promoción en la Escuela Naval, el mejor nadador, el mejor comando de la Unidad de Operaciones Especiales.

Mirando las escarpadas rocas frente a él, Guillermo se sentía satisfecho consigo mismo. No lo había planeado. Faltaba apenas una semana para que termine su entrenamiento y fuese destacado a una embajada en Europa: su equipo salió a hacer una de sus últimas prácticas en mar abierto. Apenas vió la isla, envuelta en la niebla del amanecer, simplemente se decidió y se lanzó de la lancha rápida en la que iba. Fueron cinco horas nadando. Nadie lo pudo detener; el era el único que podía hacer ese trayecto nadando, y él lo sabía. Respirando a todo pulmón, sintiendo que las gélidas aguas del Pacífico a las que había vencido lo hacían sentir totalmente vivo, miró como si fuese su trofeo el lugar al que había llegado: la isla de El Frontón, también conocida como la isla del Muerto.

El Frontón fué utilizada por mucho tiempo como una isla-prisión, una de las peores del Perú; delincuentes, políticos de todo calibre y finalmente, terroristas había vivido y muerto en ese pedazo de tierra. Después que los terroristas de Sendero Luminoso la convirtiesen en una especie de Iwo-Jima llena de túneles y trampas, en 1986 tomaron el penal. La marina tuvo que debelar el motín, a sangre y fuego. Desde ese entonces, la isla es Zona Militar Restringida: nadie vive ahí, los pescadores no pueden acercarse a ella; ni los mismos marinos tienen acceso. Todos sabían que ahí murió mucha gente,…de manera turbia. Toda esa historia había atraído al Teniente Guillermo Carrasco a ese lugar. No le gustaba que le cuenten historias: él prefería vivirlas.

Durante todo ese día, el joven comando se dedicó a disfrutar de su libertad: nadó a sus anchas en las caletas en medio de lobos de mar y pingüinos de Humbolt, sin más sonido que el mar y las gaviotas a su alrededor. Buceó y pescó un suculento almuerzo para más tarde. Recorrió las ruinas del penal destruido a cañonazos navales hacía mucho tiempo; se decepcionó de no encontrar siquiera el más minúsculo recuerdo para llevarse como testimonio de su presencia ahí. Cruzó la isla de lado a lado y se divirtió escondiéndose entre las peñas al paso de dos lanchas de la marina que lo buscaban. Les demostró a ellos y a sí mismo que era el mejor comando: no pudieron descubrirlo. Casi al atardecer, se quedó mirando los restos de una pared destrozada a balazos del llamado “Pabellón Azul”, el último reducto de los presos insurrectos. Se leía aún ahí en medio de los boquetes chamuscados “VIVA LA LUCHA….”. Cuando el sol se ponía, se encaminó a la playa junto al destruido muelle del viejo penal. Pensaba en probar cuántos días podía sobrevivir en ese pedazo de roca en medio del océano.

La noche era muy fría y ventosa. Sentado y cubriéndose del viento tras unas peñas, el Teniente Carrasco trataba de calentarse apretujándose a una pequeño fuego que había improvisado con algunos pedazos de madera que encontró en el muelle. Tranquilo, Guillermo degustaba sus raciones de combate y un pescado que se asaba a fuego lento. La neblina nocturna de invierno envolvía todo. Cualquier persona no hubiese soportado semejante frío, pero él estaba en su elemento: puro músculo sólido templado a punta de las pruebas físicas más extenuantes, apenas se sentía algo incómodo. Las luces de la ciudad apenas se veían en medio de la oscura noche. El viento silbaba en medio de las rocas. Por precaución, el marino había dejado su radio encendida, pero ésta estaba muda. Hasta exactamente las 8 de la noche.

“….FZZZ…..¡ES SU ÚLTIMA OPORTUNIDAD: RÍNDANSE Y DEPONGAN LAS ARMAS!!...FZZZZ”- se escuchó de pronto en la radio. Carrasco se sobresaltó. La voz era perfectamente entendible,…pero la voz era extraña, cavernosa, casi inhumana. Casi de inmediato, el sorprendido marino escuchó algo inaudito: cientos de voces, cantaban una profunda salmodia, era una horrenda canción, mezcla de canto andino y canto guerrero. Jamás había oído algo así. Se le escarapeló la espalda. El canto parecía salir del derruido pabellón al frente suyo, parecía emerger de las entrañas de la tierra, de todos lados. ¡Esto no puede ser posible!, pensó el marino: ¡he recorrido la isla de cabo a rabo: AQUÍ NO HAY NADIE!

Instintivamente, se ocultó tras un peñazco, mientras buscaba a tientas desesperadamente su cuchillo de comando en la oscuridad de la noche. Agazapado, observaba a las ruinas que retumbaban por ese canto que sólo hablaba de muerte y sangre, y que se escuchaba horroroso, como proveniente de ultratumba. Casi al mismo tiempo, la radio se volvió a encender, dejando escuchar nuevamente esa voz: “….FZZZ….TENIENTE, CABO: USEN LAS CARGAS. ECHEN ABAJO ESA PUERTA….FZZZ”. Tras quedar totalmente desconcertado por esa transmisión, un tremendo estrépito lo sobresaltó por completo: una potente detonación hizo retumbar toda la isla. El comando quedó paralizado de terror: sus oídos no le mentían, una explosión casi le hirió los tímpanos, pero no hubo ningún fogonazo. Casi de inmediato, lo imposible; un infernal estruendo se desató a su alrededor. Ráfagas de ametralladoras, disparos varios, explosiones de granadas,…gritos de comandos lanzándose al ataque, gritos de dolor, lamentos, insultos,…proviniendo de todas partes,… ¡pero las voces no provenían de gargantas humanas!,…. ¡las explosiones retumbaban pero nada las ocasionaba!,…¡AHÍ NO HABÍA NADA NI NADIE, SÓLO LA OSCURIDAD!!!

Apretando los dientes, mirando con desesperación a todos lados, Guillermo se sentía enloquecer. La que también enloquecía era la radio en ese momento: decenas de voces se dejaban escuchar: “….. ¡NECESITAMOS UN MÉDICO: A MI TENIENTE LE DIERON EN LA CABEZA!!!....FZZZ…..¡GRUPO ALFA, DISPARAN DESDE ARRIBA: RETROCEDAN!!…FZZZ….¡TRAIGAN LA BAZUCA AL LADO NORTEEE!!!....FZZZ…¡¡TENGO TRES BAJAS: NECESITO REFUERZOS!!!....FZZZ…”

Todo el cuerpo le temblaba al joven comando: lo habían preparado para toda situación, menos para esa. Sus instintos de militar le pedían luchar, la sangre le hervía. Escuchaba horrorizado gritos de hombres muriendo, agonizando, suplicando ayuda a gritos a escasos pasos de él,… ¡PERO NO HABÍA NADA NI NADIE A SU ALREDEDOR!,…sólo rocas y oscuridad, y lo desconocido. El Teniente Guillermo Carrasco creyó por un momento que había enloquecido por completo. Desesperado comenzó a gritar como un energúmeno. De pronto, todo el estruendo se apagó de golpe. Sólo se escuchaba en la isla sus propios gritos. Tardó en callarse. Sudaba, temblaba, con los ojos desorbitados, mirando a todos lados, mirando la neblina nocturna que le envolvía. El silencio era absoluto.

El comando se incorporó aferrándose a su cuchillo, amenazando las sombras que le envolvían con él. No dejaba de temblar, mientras caminaba alrededor de la pequeña fogata. Carrasco se agachó a recoger su transmisor, ahora mudo. Apenas lo alzó, la sangre se le heló en las venas: no se había percatado que la radio estaba inservible, al tomarla descubrió que la batería del aparato no estaba. Al llegar a la isla, seguramente se había caído al golpear con las rocas. Tratando de entender de alguna forma lo que estaba ocurriendo, el militar se tomaba la cabeza, buscando un por qué. Caminaba como atontado, aún afectado por semejantes sucesos. De pronto, en medio de la negrura de la noche, escuchó un gemido lejano.

Dispuesto llegar al fondo del asunto, reunió todo su valor y comenzó a avanzar hacia las ruinas del penal, de donde parecía provenir ese apagado gemido. Demostrando lo aprendido, el militar sigilosamente saltaba de una roca a otra, de un pedazo de pared a otro, apenas iluminado por la luna que ya se elevaba sobre la neblina baja. De rato en rato, se detenía, escuchaba atentamente, buscando de dónde provenía el gemido. Tardó casi una hora, atravesando los edificios derruidos. En lo profundo del pabellón, se detuvo ante una especie de cueva que se hundía en la roca. Tal vez era uno de los boquetes que los presos amotinados hicieron. Carrasco giró alrededor suyo. El gemido se había apagado. De pronto, un sonido de pisadas lo hizo voltear violentamente. Frente él estaba un muchacho asustado.

Llevaba uniforme militar completo, cargando en un brazo un fusil automático. Estaba muy pálido y asustado. Sus mejillas estaban surcadas de lágrimas y gemía mientras le observaba desde dentro de la cueva. “¡QUIÉN ERES TÚ!” –, le gritó tratando de mostrar aplomo. El muchachito, le vio con sus ojos grandes y llorosos. No parecía tener más de 19 o 20 años. Parecía que no entendió la pregunta, hasta que alzó la cabeza y dio un paso adelante. Se quitó el casco de acero y, con ambas manos lo pegó a su pecho al estilo naval y dijo con voz cavernosa: “¡Cabo de Mar Jaime Nina, 05732660, Señor!....”. El Teniente Carrasco se quedó paralizado del horror: ¡al quitarse el casco, el muchacho dejo ver que tenía en su frente un limpio agujero de bala!.

Guillermo jamás había sentido miedo ante nada ni nadie. En ese instante las piernas le temblaron, y dejó caer su cuchillo al suelo. Sabía perfectamente que nadie sobreviviría a una herida así,….ese infante de marina frente a él NO PODÍA ESTAR VIVO. Paralizado por el pánico, escuchó a la aparición que seguía hablando: “….del pelotón “Delta”: le informo que todo mi equipo ha muerto. Mi Teniente me ordenó proteger esta posición, Señor”. Carrasco se sentía embotado, casi al borde de la locura; conforme la luna llena iluminaba al joven, veía un inmenso manchón de sangre en su uniforme que abarcaba todo el pecho: el pobre muchacho tenía también un tajo que le cruzaba el cuello casi por completo. “¿Vino a reemplazarme, Señor?”-, preguntó ansiosamente el muchacho. “¡Tú,….tú…!”-exclamó Carrasco, aterrado-, “¡TÚ ESTÁS MUERTO!”. La aparición parecía no entender. Movía la cabeza incrédulo mientras decía: “no, yo no estoy muerto: estoy herido. Recuerdo que algo golpeó mi cabeza, pero después me puse de pie y seguí en mi puesto. Mi Teniente, ¿regresaré a casa?”. Temblando sin cesar, Carrasco trataba de caminar hacia atrás, alejándose de la aparición, sin saber que hacer: “¡tú no puedes volver por que estás muerto!!”. Le dijo una y otra vez. El muchacho le escuchó tratando de comprender. Comenzó a caminar mirando al frente, casi ignorándolo. Alzó su pálida mano apuntando hacia las luces de la ciudad: “¿ve?, allá por Comas está la casa de mi mamá. Me espera. Mañana es su cumpleaños. Me gusta la comida de mi mamá,… ¿entonces,…no la volveré a ver?”. Aterrado, descompuesto, Carrasco comenzó a negar con la cabeza.

Abriendo sus ojos más, mirando las luces que apenas se observaban, Mostrando un dolor muy profundo, comenzó de nuevo a gemir. Al voltear hacia el Teniente, le tendió la mano y le dio algo: “tome; lléveselo a mi mamá. Lo va a necesitar”. Guillermo observó lo que le había dado: era una raída billetera. En ella sólo había su carnet de identidad militar y dos míseros billetes de 10,000 intis. Mientras el joven caminaba de nuevo hacia la cueva, se detuvo y volvió a hablarle al comando. Le tendió su viejo fusil: “hay algo más,….debe irse cuanto antes de aquí. Ellos están bajo la tierra. Tome mi arma, mi Teniente; la va a necesitar”. La mano temblorosa del Teniente Carrasco asió el cañón enmohecido del arma. Se aferró con fuerza a él mientras veía a la aparición arrastrando los pies, llorando amargamente, mientras se perdía en las profundidades de la cueva.

Fue demasiado para el joven comando: se dejó caer en donde estaba, llorando amargamente. El miedo lo había doblegado y el cuerpo le fallaba. No sabía que hacer más que dejar salir todos los sentimientos encontrados que le dominaban. De pronto, una serie de jadeantes susurros comenzaron a rodearle, salidos de la nada. “….MIRA, AHÍ HAY OTRO…”-decía una voz-, “…DEBE MORIR…”-decía otra. “NO SALDRÁ VIVO DE AQUÍ….”- escuchó casi como si estuviese alguien a sus espaldas. Voces de odio, con sed de sangre, profundas, roncas, burlonas, que le rodeaban por todo lado. El Teniente se incorporó. Tener el arma en sus manos le daba ahora el valor que le hacía falta. Con el fusil en una mano y el cuchillo en otra, comenzó a bramar, sintiéndose invencible de nuevo, otra vez se sentía el mejor. “¡VENGAN MALDITOS: NO LES TEMO. LOS HARÉ PEDAZOS!!!...”-, dijo una y otra vez el comando, retando a quienes le rodeaban. No pudo avanzar mucho: en menos de un segundo, la tierra bajo sus pies se abrió.

¡Como vomitadas por la tierra, decenas de manos huesudas, garras de hueso y tendones apenas, comenzaron a tomarlo, a asirlo, aferrándose a él por todos lados, impidiéndole correr, caminar siquiera!, ¡aullando de pavor, el militar trataba de zafarse, mientras asestaba cuchillada tras cuchillada, que apenas dejaban marcas en los huesos!. Carrasco apretó una y otra vez el gatillo del fusil hasta que se dio cuenta que el arma no funcionaba. Rápidamente, las garras de los agresores de ultratumba lo hundieron en el boquete en medio de los escombros, llevándose a su víctima que no dejaba de gritar, mientras desaparecía. Lo último que vieron sus ojos en este mundo fue la luna llena allá arriba en el cielo, luz pálida que después se volvió en total oscuridad.

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