Uno de los antiguos artefactos cuya función ha sido reinterpretada por autores contemporáneos -astroarqueólogos-, es esta pequeña figura que fue clasificada como un jaguar de juguete cuando fue encontrada en Panamá hacia los años veinte. Sin embargo, si consideramos la sugerencia de que esta figura es en realidad una máquina excavadora, como nuestros actuales bulldozers, entonces el objeto adopta una apariencia diferente. A pesar de la antigüedad del modelo, los curiosos apéndices triangulares empiezan a parecernos ahora palas de brazos mecánicos. Las ruedas dentadas que están montadas sobre la cola del modelo parece como si fueran a engranarse con cadenas o correas.
A pesar de todas estas conjeturas, los escépticos señalan que la construcción de una excavadora de tamaño normal exigiría unos considerables recursos tecnológicos -para fundir el hierro, por ejemplo, y para fabricar las piezas grandes de la máquina- de los cuales no se ha encontrado absolutamente ninguna prueba.
Los autores que hablan acerca de este invento no dudan en conectarlo con hazañas tan prodigiosas como la construcción de la ciudad «perdida» de Machu Picchu, edificada a 2.100 metros sobre el nivel del mar en los Andes peruanos. Afirman también que seguramente fue necesaria una maquinaria considerable para mover las grandes cantidades de tierra y de piedra precisas para la construcción de dicha ciudad(?!!). Pero este increíble argumento tampoco parece tener mucha solidez: es bastante probable que estas grandes proezas no requirieron nada más que fuerza física y el ingenio creador de nuestros antepasados.
Uno de los rituales más antiguos y enraizados aún en el ande; es una celebración mística de agradecimiento a la Madre Tierra, a la "Santa Tierra Pachamama". Actualmente poderosamente influida en sus oraciones por el rito cristiano, aún no ha perdido su más profuna esencia del pasado inca y pre-inca.
Para pagar la tierra de una casa se contrata un pagador de tierra, en donde el se encarga de realizar el pago a la tierra ; el pago consiste el comprar una misa , en el cual se encuentra una casa de dulce , una pareja de esposos , con todos los animales de la casa, todo esto lo compra el pagador que va a realizar la misa y solicita a la dueña de casa unthu (cebo de llama) coca(hierba), un pequeño feto de llama o de alpaca , alcohol, bosta en saquillo (excremento de la vaca), vino, dos estuches de serpentina, inciencio, coca, dos cervezas, todos los utensilios que se utiliza los trae el pagador que hace la misa, a ecepción del clavel blanco que lo compra el dueño de casa.
El pagador realiza la misa con la presencia de la familia en un dia determinado (generalmente en los meses de enero y agosto se realizan los pagos a la tierra de la casa), la ceremonia se realiza de la siguiente manera : se tiene que realizar necesariamente de noche, el señor pagador llega a la casa de la dueña en una hora determinada por los dos, por lo usual es a las 10 de la noche, tiempo que se da el armado de la misa para el pago de la tierra la misa se realiza a las 12 de la noche , el escoge y hace escoger a los familiares quintus de cocas enteras , esto siempre lo realiza sobre una junkuña, hecha en unas conchitas vino, en un untu lo transforma es una pequeña mesa donde lo pone la casita los dulces , confites, el clavel rodeado de coca sopado en vino, pidiendo un deseo con toda fe a la madre tierra, esto lo envuelve en el papel de espacho , luego de eso lo empaqueta y sortea donde va enterrar el paquete y si la madre tierra esta contenta o si quiere que le ofrenden en un cerro o en una casa, después de todo se lleva la ofrenda y se quema en un lugar determinado , si las cenizas salen negras significa que la ofrenda no es del agrado de la madre tierra, si salen blancas quiere decir que si es de su agrado.
¿Viajeros a través del tiempo, procedentes del futuro?, ¿civilizaciones desaparecidas y extremadamente avanzadas de nuestro planeta? ¿extraterrestres visitándonos, en un remoto pasado?,… estas son unas de las teorías más aceptadas –en la mayoría de los casos, a regañadientes-, por la ciencia, cuando son descubiertos los denominados “OOPARTS”. Este término, que en inglés significa “Out of place artifacts” (artefactos fuera de lugar), designa a todo objeto encontrado en nuestro planeta y que, por sus características o extrañas cualidades, “reta” con su sola existencia, a la cronología de sucesos que crean lo que todos nosotros llamamos “la historia de la humanidad”.
El que el hombre de la calle sepa de la existencia de uno de estos objetos, le llena del asombro y la emoción de ver que se nos abren infinitas posibilidades de imaginarnos un nuevo mundo, un nuevo universo, en el que no todo está escrito aún; para los arqueólogos y estudiosos mas bien, dichos “artefactos” son vistos con desagrado –y no poco deseo de desparecerlos para siempre-, debido a que su sola existencia, hace tambalear ese mundo de exactitud y perfección que desean crear para nosotros: una visión forzada del mundo, y donde lo “inexplicable” no tiene cabida. Es por eso que los “Ooparts” reciben también un nombre, más acorde con ellos y el cual yo prefiero: “Los objetos malditos”.
Aparecen cada vez con más frecuencia en todo el mundo, en diversos yacimientos arqueológicos. También surgen cada día, por decenas, desafiantes, desde los polvorientos almacenes de los museos, “enterrados” ahí a propósito, con la infame etiqueta de “objeto de culto”, puesta así en un vano intento para que no vean la luz jamás,… en algunas excepcionales y raras oportunidades, hacen su aparición y caen precisamente en las manos de personas de mentalidad abierta, dispuestos a desentrañar todos sus secretos, a responder las preguntas que surgen, cuando los enigmáticos “Ooparts” hacen su aparición: ese fué el caso que aconteció en los remotos Montes Urales, entre 1991 y 1993.
El sensacional descubrimiento tuvo lugar en diferentes puntos del cauce del Río Narada, en la parte oriental de los Montes Urales (Rusia); primero buscadores de oro, y luego expediciones científicas, comisionadas por el Instituto Central de Investigación Científica de Geología yProspección de Metales Preciosos y Noferrosos de Moscú, descubrieron MILLARES de objetos metálicos, en las capas sedimentarias de varios ríos de la región. Los diminutos objetos encontrados (eslabones y tornillos), eran evidentemente de procedencia manufacturada, ¡pero con una antigüedad de entre 20,000 y 300,000 años!!!; encontrados en profundidades que van de 3 a12 metros, los objetos han sido ubicados en el Pleistóceno Superior y por consiguiente, muy lejos en el tiempo en el que el hombre aprendió a trabajar el metal. Asimismo, lo primero que dejó perplejos a sus descubridores fueron las dimensiones de objetos en sí: ¡entre 3 centímetros y 0.003 milímetros!!!
Si de por sí su existencia era intrigante, aún más lo fueron los resultados de los primeros análisis realizados por los especialistas: estudiados por las Academias de Ciencias rusas de Syktyvka, Moscú y San Petersburgo, así como por el Instituto Científico de Helsinki(Finlandia), con las más modernas técnicas de análisis metalúrgicos, microscopios de barrido por electrones y análisis espectroscópicos, arrojando los siguientes resultados, acerca de estos inauditos “objetos”: los más diminutos están elaborados con una casi perfecta aleación de tungsteno y molibdeno, metales que son muy difíciles de alear (puntos de fusión de 3410° y 2650° grados, respectivamente), y finalmente, y tal como los informes periciales de dichas instituciones hicieron públicos de manera oficial:
“…estos objetos son evidentemente el producto de un inexplicable y muy avanzada tecnología, que llevará notables semejanzas a los elementos de control utilizado en micro-dispositivos en miniatura en nuestra tecnología más avanzada, los denominados nano-máquinas; esta tecnología está todavía en sus inicios con nosotros,…”
Pero el Instituto de Moscú llegó aún muchísimo más lejos: demostrando sus especialistas que no tienen el temor a declarar algo en lo cual sus conocimientos y sus análisis les muestra algo innegable y con absoluta claridad, publicaron el “Informe Pericial No. 18/485 del 29/11/96”, el cual concluyó:
“…Los datos obtenidos permiten pensar EN LA POSIBILIDAD DE UNA TECONOLOGÍA DE ORIGEN EXTRATERRESTRE.”
Nada se sabe aún acerca de quiénes eran los desconocidos metalurgistas que crearon tales avanzadísimos artilugios, al igual que su función; para los investigadores de lo insólito, hace ya casi medio siglo que han ido apareciendo informes -luego acallados-, acerca de la existencia, en la lejana Siberia y en los Montes Urales, de restos arqueológicos que demostrarían, si no la existencia de una civilización desaparecida, por lo menos (eso sería lo más espectacular de todo), rastros de la presencia de visitantes del cosmos, los cuales alparecer han utilizado nuestro planeta como una suerte de complejo industrial en un pasado muy remoto, produciendo objetos tecnológicos, con usos y motivos que rebasan nuestro entendimiento.
Chankillosería el observatorio solar más antiguo de America: “Las torres de Chankillo nos proporcionan una prueba de las primeras observaciones solares y de la existencia de avanzados cultos al Sol, los cuales precedieron casi 2.000 años a los del Cuzco incaico”, afirman los arqueólogos.
Hasta este momento se creía que los primeros observatorios solares estaban en la región de Cuzco, o habían sido construidos por la cultura Moche en la costa peruana, 600 años después de Chankillo. Chankillo fue construido en el periodo que se corresponde arqueologicamente con el colapso de uno de los mayores centros religiosos de los Andes, el de Chavín de Huántar, entre el año 200 y el 300 a.C.
Los restos arqueologicos estan ubicados a unos 15 kms al sur de Casma (a 400 kms. de Lima, Perú), Chankillo está compuesto por una fortaleza estratégicamente ubicada en lo alto de un cerro, de tres gruesas murallas de piedra ovoides, concéntricas, (con cinco, cuatro y tres entradas respectivamente desde la exterior hasta la interior). Estos accesos nivelados dan paso a unos elaborados corredores, cuyos techos están hechos con gruesas maderas de algarrobo. Rodeados por estos cículos concéntricos se hayan dos estructuras redondas y una circular.
Tomando como referencia la madera de algarrobo encontrada, mediante análisis con el C-14 se estima la antiguedad en unos 2300 años.
“Desde el siglo XIX se especulaba que la fila de 13 torres podría ser una referencia a la luna, pero nadie decidió seguir esa pista”, dijo Ghezzi. “Miles de personas podrían haberse reunido para observar impresionantes eventos solares. Estos amaneceres y atardeceres podrían haber sido utilizados en función a una agenda política”, comenta el investigador Ivan Ghezzi. “Por ejemplo, durante la época del solsticio de verano en junio (el día más largo del año) el sol sale justo a la izquierda de la torre más septentrional”.
QUIRQUINCHO: Nombre con el que se conoce en el sur del Perú al Armadillo (Chlamydophorus truncatus) Se utiliza comúnmente a este animal –vivo-, para realizar “limpias” o “limpiezas” con la finalidad de extraer el “Daño” de una persona. Es frecuente la muerte del animal tras la operación, y también por las malas condiciones en que se les mantiene en cautiverio, por lo que dicha especie se encuentra actualmente amenazada de peligro de extinción.
“Dar tierra de muerto” Entre los rituales de destrucción más famosos, conocidos y utilizados en nuestro país se encuentra este. Si bien es temido por su letal eficacia, un análisis imparcial y muy detallado de la forma de realizarlo y los efectos que ocasiona, lo coloca en el área de los envenenamientos, y en este caso particular, casi al nivel de una suerte de guerra bacteriológica.
Como ya he mencionado, este tipo de “Daño” se realiza haciendo ingerir a la víctima un compuesto elaborado por un hechicero o brujo negro, y que tiene por principal ingrediente tierra y materias en descomposición procedentes de una tumba. A pesar de la creencia popular sobre que es el poder del brujo, aunado a la alma del muerto, es lo que producen el desenlace fatal, la verdad es que el responsable de este envenenamiento es una bacteria denominada Bacillus anthracis que produce una enfermedad infecciosa conocida como ántrax o carbunco. También se le conoce como ántrax maligno o pústula maligna.
Esta enfermedad, que ha sido utilizada como arma biológica en nuestros tiempos, paradójicamente, es una de las más antiguas conocidas por el hombre: tal vez esta sea la razón por la que sus terribles efectos fueron conocidos y luego malamente aplicados por los brujos negros desde mucho tiempo atrás. Ataca principalmente a animales de sangre caliente, incluidos los seres humanos; se adquiere la enfermedad a través de la ingestión de alimentos contaminados provenientes de animales infectados por la picadura de insectos chupadores de sangre, la inhalación de esporas de la bacteria, a través de los cortes o abrasiones de la piel y afecta principalmente a personas que manipulan cadáveres o que tienen contacto con heces de animales infectados.
En las personas, hay tres formas en que se presenta la enfermedad: cutánea, pulmonar y digestiva. La forma externa o cutánea es la más frecuente ya que representa el 95% de los casos. Se contrae a través de los cortes. Se caracteriza por la aparición en la piel de unas úlceras, con el centro negro, conocidas como “pústulas malignas”. Resulta mortal en un 20% de los casos que no reciben tratamiento.
El carbunco pulmonar se adquieren mediante la inhalación de esporas o por el consumo de carne contaminada y suponen el 5% de todos los casos de carbunco que se detectan. En su fase inicial, los síntomas de la forma pulmonar, conocida como enfermedad de los cardadores de la lana, son parecidos a los de las enfermedades respiratorias virales, pero en días posteriores aparecen graves dificultades respiratorias. El carbunco por inhalación presenta una alta tasa de mortalidad a menos que la persona haya sido vacunada o el tratamiento con antibióticos comience muy pronto, excepto en los casos que evoluciona la enfermedad con mucha rapidez.
El carbunco digestivo está provocado por el consumo de carne ó alimentos contaminados -que es el caso de este tipo de “Daño”-, los síntomas son nauseas, vómitos, dolor abdominal y fuertes diarreas. En el carbunco digestivo tratado a tiempo, la tasa de mortalidad es aproximadamente del 50%. Tanto el carbunco pulmonar como el digestivo son los que se manifiestan al recibir un envenenamiento de este tipo; es posible curarlos con un tratamiento adecuado. Muchas veces, lamentablemente, la víctima o sus familiares recurren primero a un curandero antes que a un hospital, cambiando de tratamiento cuando ya es demasiado tarde, pues puede ser mortal de forma casi inmediata en casos agudos ó en un período de tres a cinco días en caso de envenenamiento parcial.
Cuando la enfermedad llega al nivel de toxemia (presencia de toxinas o materiales tóxicos en la sangre), la cual se da en casos terminales, les es muy difícil a los médicos (salvo que sean especializados en el tema), poder detectar la enfermedad con precisión, por lo que la rapidez a la hora de llevar a la víctima a un hospital es vital.
No es raro que algunos brujos negros utilicen, junto con la “tierra de muerto”, algunos tipos de venenos poco conocidos, dificultando así aún más la curación de la víctima, aunque individuos con ese nivel de conocimientos son más bien muy escasos.
Si bien se han dado casos de curaciones mágicas y por medio de la fe en este tipo de envenenamiento, lo más seguro es recurrir a la ciencia médica en estos casos; ya se conocen actualmente antídotos eficaces.
A finales de los años setentas, regresamos finalmente a la capital. Mi padre era en aquel entonces, un humilde detective, que logró con gran esfuerzo e intachable moralidad, ascender lentamente en su carrera de policía. Su deseo de lograr su superación sin recurrir a otra cosa que fuera su honradez, había hecho que nuestra familia recorriese junto con él media docena de ciudades del Perú. Finalmente, había logrado ser destacado a Lima.
Tras unas conversaciones con algunos camaradas de armas, se enteró de un pequeño departamento muy barato, en el peligroso distrito de La Victoria. Mi madre recelaba vivir ahí y no era para menos: el distrito fue diseñado por un presidente del siglo XIX para ser el futuro centro de la ciudad, pero la tugurización lo convirtió en el más “bravo” de los barrios de Lima. Obviamente, temía lo que les podría pasar a sus hijos.
Tras conversar con el dueño, mi padre estaba más que dispuesto. Mi madre, por su parte, tenía algunas reticencias. Papá terminó convenciéndola. Mi padre recibía un muy modesto sueldo del estado como Inspector. Trabajaba en la sección de “Fraudes contra el Fisco”, un área particularmente difícil; la corrupción era muy alta. Oficiales de menor grado que él se hacían de pequeñas fortunas a los pocos meses de trabajar ahí, y mi padre estaba dispuesto a vivir en una casa humilde para demostrar a todo el mundo su honradez.
El dueño, un alemán muy viejo apellidado Lynch, exigía que se realizase un contrato por ¡18 años!; el motivo es hasta ahora un total misterio. A mi madre le parecía bien, cansada de cambiar de ciudad de residencia a cada rato. El alquiler era una ganga; era extraño que nadie quisiera alquilar ese departamento. Mis padres firmaron el contrato gustosos y a partir de ese momento, pasamos a ser los inquilinos de la que nuestros nuevos vecinos llamaban “La casa embrujada de La Victoria”, cosa que descubrimos al poco tiempo.
Recuerdo cuando llegamos al departamento el primer día. Yo era muy chico, pero recuerdo todo: era un departamento muy chico –aún no me explico cómo entrábamos ahí mis padres, mis 5 hermanos y yo-, de apenas dos dormitorios, una sala-comedor, baño y cocina. Estaba en un segundo piso: en el primero vivía el Señor Lynch y su esposa. La puerta que daba a la calle era de pesado metal forjado, que apenas se podía abrir hasta la mitad, y con un tremendo estruendo. Ese fué el motivo de que jamás hubiesen robado esa casa mientras vivimos ahí: cualquiera que la abriese despertaría a medio barrio. Frente a la puerta había una inmensa y empinada escalera de escalones de mármol, que daba a la puerta de madera del departamento. Aún recuerdo hoy que cuando se subía, los pasos se sentían con un fuerte eco que retumbaba en tus oídos; te daba algo de miedo eso. El departamento era acogedor pero algo frío y sombrío.
Lo que me aterró al primer instante fue el Señor Lynch: muy blanco, canoso y barbado, apenas hablaba español. Su caminar era pesado y lento. Jamás salía de su casa salvo para ir a nuestro departamento para cobrar el alquiler mensual. Yo abría siempre la puerta y me quedaba paralizado al verlo. Al venir mi madre a pagarle, me escondía tras ella. Era un tipo extraño. Se decía en el barrio que en realidad era un nazi escapado después de la guerra. Y no era para más, su comportamiento lo sugería: no hablaba con nadie, no tenía amigos. Su esposa salía una vez a la semana al mercado. Él se encerraba en su casa rodeado de los seis más hermosos y fieros pastores alemanes que haya visto jamás, y de los cuales nunca se separaba. Su comportamiento evidenciaba que se escondía de algo,….o que quería evitar que algo o alguien llegase hasta él.
Las primeras semanas transcurrieron alegremente en acondicionar nuestro nuevo hogar, hacer nuevas amistades, y muy disimuladamente, hacer saber a los “guapos” del barrio, que éramos una familia de padre policía. Nadie nos temía, por el contrario; surgió de pronto un sentimiento de respeto del vecindario por nosotros: sabían que para cualquier cosa, es mejor llevarse bien con un oficial de la policía. Lo que enturbió las cosas fue lo que descubrimos en esos primeros días: “¿dónde vive usted?” -, preguntaba el tendero ó algún vecino que recién conocíamos, y tras decir: “en el 240 de Casimiro Negrón”, la respuesta era inmediatamente la misma: “¿en la casa embrujada???? ,….que valientes”. Prudentemente, mi madre sugirió que no hiciéramos caso a los que nos contaban después.
Al poco tiempo, mi padre comenzó a ser destacado a labores que lo obligaban a viajar varios días, dejando a mi madre, y sus tres hijos varones y tres mujeres (entre ellos, yo), solos. Para ese entonces nada importante nos había ocurrido, pero eso cambiaría de pronto cuando se acercaba la luna llena. Una noche, unos días antes, los perros del Señor Lynch comenzaron a ladrar y aullar horrorosamente, espantando a mis hermanos adolescentes y a mí, apretujados todos nosotros contra el cuerpo de mi madre en su cama, escuchando también al anciano imprecándoles a los animales en alemán. Era algo realmente extraño: sé de perros que ladran y aúllan a la luna, pero nunca que lo hagan días antes de que aparezca. Ese raro suceso se extendió por otras dos noches más.
El primer día de ese mes de luna llena. Mi madre cocinaba el almuerzo. Estaba sola en casa; nosotros estábamos en el colegio. Según me contó tiempo después, escuchó que tocaban a la puerta. Se extrañó al no haber sentido la pesada puerta de metal abriéndose. Caminó a la puerta del departamento y se sorprendió al no encontrar ahí a nadie y ver la puerta de metal también cerrada, escalones abajo. Regresó extrañada a la cocina, pensando que había imaginado oír un ruido. No pasó mucho para que nuevamente se escuche un golpe en la puerta. Esta vez corrió para descubrir al bromista,…pero nada. Ahí no había nadie. Ya mi madre estaba asustada.
Su temor aumentó cuando volvió a escuchar toques en la puerta; esta vez no era un golpe seco, eran golpes insistentes. Armada de valor, abrió de golpe la puerta,….y de nuevo nada. En un arranque muy suyo, abrió la puerta totalmente y con un gesto con la mano, dijo en voz alta, dirigiéndose al invisible desconocido: “¡Entra!”. Tras darse cuenta de que eso era un sinsentido, cerró de golpe la puerta y regresó a sus quehaceres, agitada y tratando de mantener la compostura. Volvió a sus deberes sin poder dejar de pensar en lo que los vecinos le habían dicho y mascullando una oración que aprendió mucho tiempo atrás en el colegio de monjas. Decidió no decirnos nada sobre lo ocurrido.
Aquella noche, mi madre se encerró en su dormitorio, tratando de tranquilizarse, tejiendo. Cuando mi padre viajaba, mamá era como un general en casa: si ordenaba ir a dormir, todos nos metíamos en la cama y a dormir. Como en el departamento sólo había dos dormitorios, en uno dormían mis padres y yo que era el más pequeño, y en el otro mis cinco hermanos. No fue difícil conciliar el sueño por que, curiosamente, los perros del piso de abajo guardaban pétreo silencio aquella noche. Al filo de la medianoche, mi madre escuchó barullo afuera en la sala: se escuchaban murmullos. Yo estaba profundamente dormido. Se escuchaba como si un grupo de gente conversara. Pensando que eran mis hermanos, les ordenó en voz alta irse a dormir, sin despegarse ella de la cama. Al escuchar que los ruidos continuaban, Se levantó molesta y se dirigió a la sala.
Como éramos una familia de 8, la sala constaba de una enorme mesa también con ocho sillas. Teníamos la costumbre, en esa época, de poner las sillas sobre la mesa, al modo de los restaurantes, al caer la noche. Mi madre se indignó ante el espectáculo que observó: todas las sillas estaban volteadas y en total desorden. Para ella, era una intolerable travesura. Caminó hacia el dormitorio de mis hermanos, abrió la puerta y encendió las luces. Mis hermanos estaban dormidos y se extrañaron al ver a mi mamá molesta y preguntándoles quién había sido. Ellos no sabían nada de nada. “Castigados: no van al cine el sábado!” -, fue la sentencia recibida. Mis pobres hermanos pedían explicaciones. Mi madre no entraba en razón.
Conforme avanzó la noche, mis hermanos sollozaban y renegaban en la oscuridad del cuarto, molestos por el castigo injustificado. Henry, el mayor, era el único que tenía el privilegio de tener una cama sólo para él: mi otro hermano y mis 3 hermanas compartían, a pares, sendas camas-camarotes. Henry tenía la puerta enfrente suyo. Insomne, recorría con la vista el cuarto. De pronto, se percató que la puerta se abría. El picaporte giró, se abrió la puerta, para luego unos segundos después, lentamente, se cerró completamente, para terminar girando de nuevo el picaporte. No lo podía creer cuando vió el mismo proceso repetirse tres veces más.
La cuarta vez, no se contuvo y susurrando, le avisó a la mayor de mis hermanas, Eliana. “….mira la puerta…”, le dijo. La molestia de mi hermana por el castigo despareció cuando la vió abrirse y cerrarse varias veces más. Ambos estaban aterrados y no sabían que hacer. En un arrebato de valor, Henry se incorporó de su cama y prendió las luces. Cerró la puerta y tras apagar la luz, corrió a su cama. Tratando de no pensar en ese suceso, se volteó para tratar de dormir. Eliana no pudo dejar de ver la puerta a pesar de que estaba cerrada. Al poco rato, vió con pavor cómo “alguien” apareció de pronto, sentado sobre un viejo baúl, a los pies de su cama: era un anciano, de baja estatura, vestido con un traje raído. El ser espectral no la miraba, miraba hacia el frente, y tenía en una mano una botella y un vaso en la otra, y ajeno a la espantada testigo, hacía una y otra vez el ademán de servirse una copa y beberla. Eliana encogió los pies y trató de gritar, pero el miedo era tal que no pudo articular palabra. Fueron eternos los minutos que luchó contra su propio cuerpo que no paraba de temblar, hasta que finalmente pudo voltearse y esconderse bajo las sábanas.
A la mañana siguiente, ambos conversaron y decidieron no decirnos a los demás nada, para evitar que nos asustásemos. Igualmente, decidieron no decirle nada a mi mamá. No nos va a creer, pensaron. Cuán equivocados estaban. Los demás hermanos descubriríamos qué pasaba en aquella casa ese segundo día de luna llena, en la noche. Aquella noche, algo me despertó. Eran voces. Mi madre dormía a mi lado, y yo no sabía nada de lo que había pasado la noche anterior. Por un momento pensé que mi padre había vuelto de viaje y estaba reunido con sus compañeros en la sala. A través de la puerta entreabierta pude ver un raro destello que provenía de la sala. Presté atención; las voces eran a ratos susurros, a ratos voces más airadas en un idioma extraño. A ratos se sentía el golpe de un puño sobre la mesa. Igualmente se sentía el sonido de que las patas de las sillas eran arrastradas por el piso por efecto del peso de los desconocidos que estaban supuestamente sentados en ellas. Recuerdo que parecía ser una larga velada, por que tras escuchar un buen rato me dormí, rendido.
En el otro, el drama familiar cobraba visos espantosos. Mis otras dos hermanas, Rossana y Janet ocupaban las camas de arriba de los camarotes. Janet dormía apaciblemente, ignorante de lo que ocurría. Según me cuenta, volteó de posición y abrió los ojos por un momento, para tener frente a sí un espectáculo pasmoso: frente a ella, a escasos centímetros de su rostro, y flotando en el aire, a buena altura del suelo,… había un bebé. Janet se quedó paralizada del espanto. El bebé flotaba en el aire, ingrávido. Estaba desnudo y movía agitadamente los brazos, cerrando sus puñitos. Al poco rato, comenzó a gemir y a llorar. Era un llanto lúgubre y realmente macabro. Rossana despertó al sentir el inusual ruido. Ambas observaban a esa entidad de pesadilla en medio de ellas. No les quedó más que voltearse y, protegiéndose con las cobijas, trataron de no verlo ni oírlo, rezando sin cesar.
A la mañana siguiente, muy temprano, seguí a mi madre a la sala: ella estaba parada, mirando las sillas revueltas por todo el lugar. Quiso recriminar a mis hermanos otra vez, pero ellos no la dejaron hablar: había sido demasiado y, uno tras otro, le comenzaron a explicarle lo vivido hasta ese momento: “¡mamá, en esta casa penan, vámonos!”-, dijo Janet, totalmente aterrorizada. Tratando de poner calma en la familia, mi madre trató de convencernos que no pasaba nada, para finalmente decir que esperaríamos a que vuelva mi padre para decidirlo. Al poco rato, él llegó. Papá siempre fué un total escéptico frente a esas cosas, así que, enterado de lo que pasaba, nos convenció de que no pasaba nada, mientras nos colmaba de mimos y de regalos. Así, ese día tuvimos algo de paz,….por lo menos hasta la noche.
Esa vez me tocó a mí vivir una terrible experiencia. Estando papá en casa, nos quedamos todos juntos en la sala viendo televisión hasta muy tarde. Al día siguiente no había clases. Poco a poco nos fuimos todos a dormir. Yo, exhausto, fui cargado hasta mi cama. Pasada la medianoche, desperté. Mis padres dormían y yo me levanté de la cama. Mi papá me había traído un muñeco de peluche y lo había olvidado en la sala, y hacia ahí me dirigí. La sala estaba totalmente a oscuras. Vi el peluche en el piso, sobre la alfombra, y me apresuré a recogerlo, agachándome. Le tenía –y le sigo teniendo-, miedo a la oscuridad y quería regresar cuanto antes a mi cama. De pronto, no pude incorporarme. Frente a mí apareció de pronto una luz, que comenzó a crecer muy rápido. Esa luz pulsaba frente a mí y tomaba una forma vagamente humana. Quedé paralizado, y no pude hacer nada más que gritar. Y grité y grite,…y grité….. y nadie me escuchó. Simplemente no salió ningún sonido de mi boca. El terror me tenía paralizado. No podía moverme de ese lugar, era como si estuviese pegado al suelo. La luz comenzó a crecer y a acercarse a mí,….y se me hizo la noche.
No recuerdo más nada. Tampoco supe quién me llevó de vuelta a mi cama donde desperté al día siguiente. Ni mis padres lo saben. Ahora pienso que he perdido varias horas de mi vida en ese suceso. No lo sé. También esa noche, el hermano que no había sufrido ningún encuentro con lo desconocido hasta ese momento, Martín, tuvo un encuentro, al ir a la cocina por algo de comer, pero nunca ha querido decir qué le pasó.
Al día siguiente, mis padres se encerraron en su cuarto solos para decidir qué hacer. Tampoco han querido hasta hoy decirnos qué discutieron, pero la decisión fue tajante: nos quedaríamos a vivir ahí. A partir de ese día, poco a poco nos fuimos acostumbrando a vivir en esa casa. Cada mes, los perros ladraban antes de la luna llena, para luego callar al aparecer la luna y junto con ella, esos y muchos otros terroríficos sucesos, que necesitaría hacer un libro para relatarles todos juntos. Cuando las apariciones eran espantosas, mi madre, con su acostumbrada lógica, nos decía: “no le teman a los muertos, témanle a los vivos”, o “si no te molestan, déjalos en paz; también cuidan la casa”. Nunca pudimos hablar con el Señor Lynch sobre lo que pasaba: esquivaba el tema. Definitivamente ocultaba algo, y demostraba que les temía más que nosotros.
Hoy en día más que nunca, mi familia y yo creemos que era cierto lo que algunos suponían en el barrio: que eran los espíritus del pasado que buscaban a un anciano atormentado por sus actos, que trataba de huir de ellos, y que nosotros estábamos en medio de esa extraña búsqueda de justicia. Algunas veces he ido a mi viejo barrio. Lynch y su esposa ya deben haber muerto, no lo sé. Me paro en la calle y veo la casa ahora más vieja que antes y ahora cubierta de graffitis de pandillas. El barrio ha empeorado. No sé quién vive ahí ahora, pero daría lo que fuera por pasar aunque sea una noche de luna llena de nuevo en esa casa.
Existen diversas tradiciones en torno a la figura del Ekeko. Loa antiguos habitantes del altiplano lo consideran el último fetiche de la mitología andina, que era paseado de casa en casa en forma clandestina, como imagen de resistencia a la imposición de la religión cristina. Igualmente, se dice que el Ekeko! es la encarnación del dios Kon, que habría sido traído al altiplano por alguna corriente migratoria extraña a los quechuas y aimaras, y cuyo recuerdo pasajero –si lo hubo- dice el Padre Juan Durand en Etimologías Perú-Bolivianas, que fue absorbido por el nombre del lugar, o que equivocadamente, por una falsa interpretación del apócope de Cóndor, fue colocado en aquella relación, que después siguieron otros historiadores y que ese nombre de Contice-Vira-Cocha, debe traducirse por Cutur-Tecsi-Mira Ccocha- esto es Cóndor Poderoso Creador de Lago.
En tal sentido, el Ekeko vendría a ser la representación del dios Kon, Viracocha o Tunupa, que los antiguos habitantes del altiplano adoraban como representación del nuevo indio aimara. Empero, quedemos por hoy, que el Ekeko es el personaje principal de las Ferias de la Alacitas• que en la ciudad de Puno se realizan del dos al diez de mayo, como parte de un calendario que dura todo el año, según el Antropólogo Walter Tapia Bueno, que es el primero que tiene un trabajo serio sobre el Ekeko y su fiesta.
El personaje principal de las fiestas de las alasitas (mayo) , que en Puno se realiza en la Cruz de Bellavista, es pues el Ekekeo, que en aimará quiere decir enano o retaco. Es un muñeco de yeso que representa a un hombre de aproximadamente 40 años, rostro arrugado, ojos vivaces, la boca abierta en una mueca de risa, y los brazos extendidos como dispuesto a brindar un abrazo fraternal.
Este personaje es vestido con atuendo campesino, sombrero, chullo, chalina y poncho. Se le sobrecarga con toda clase de objetos en miniatura, artículos comestibles y un charango. Es el símbolo del comerciante y de la prosperidad en los negocios y en el hogar, El Ekeko debe ser regalado y si es comprado debe ser con la fe y el respeto que la tradición impone.
De ahí para adelante será el diocesillo de la fortuna, al que cada viernes y martes, el mundo campesino o de clase media le rinde culto, conversa con él. Es el confidente de sus problemas y brinda el trago de pisco que nunca le falta, al igual que su incuña -atado pequeño de coca- se le coloca un cigarrillo encendido en la boca y éste se consume totalmente. Existe la firme creencia, de que el poseedor de un Ekeko, si no cumple con el ritual, le va a ocurrir una desgracia. Se cuentan innumerables casos de personas que por no cumplir con dicha formalidad, han visto disolverse el matrimonio, han perdido en los negocios, o han asistido a la muerte de sus seres más queridos.
Una de las leyendas más hermosas que he podido recoger con respecto a este ser es, una en la que se cuenta que aparece por los caminos, rumbo a las casas de los más necesitados, sonriendo, cargando regalos para grandes y chicos, pidiendo ser recibido en las casas, y regalando comida y bondades a todo aquel que le convida gustoso, licor, coca o cigarros.
El Ekeko, con su aureola de mitos y leyendas, tiene un monumento en una de las calles principales de La Paz –Bolivia-, y en muchas casas se le tiene en lugar preferente como la imagen que ayuda al bienestar y la prosperidad. Vale decir, que tiene la importancia y el significado que cada persona o familia le da. Por ejemplo, en Puno, unos días después de la Feria de Las Alasitas, el Instituto Americano de Arte, entidad cultural -con más de medio siglo de existencia-, celebra la fiesta del Ekeko, al que le hacen regalos y se le conserva de acuerdo a la tradición. Las personas, lo llevan muchas veces como adorno o dije en la solapa del saco, o secretamente como un refugio para sus aspiraciones de bienestar que a todos anima.
Muchas son las leyendas urbanas que relatan sucesos macabros ocurridos en casas abandonas o inhabitadas; viviendas que se visten de misterio por los testimonios de personas quienes aseguran haber visto sombras tras las ventanas, oído gritos terroríficos o en el peor de los casos, ver a los mismos espectros deambulando por algunos pasillos o habitaciones de la vivienda. En el Perú, una de las casas más misteriosas, se encuentra en Lima, la llamada Casa Matusita, es sin lugar a dudas, una de las principales casas de terror que por décadas provoca aún en la población limeña más de un testimonio e historias increíbles. ¿Qué ocurrió en la Casa Matusita? ¿Es verdad que está maldita o es una mentira trasmitida de generación en generación? ¿Qué esconde esta extraña casa?
La casa Matusita
La Casa Matusita es una vivienda de considerables dimensiones de dos pisos de altura. Lo curioso del relato es que al parecer sólo en el segundo piso es en donde ocurren estos supuestos hechos paranormales. Con el tiempo, sólo el primer piso ha sido ocupado por negocios o, como es en la actualidad, por una entidad bancaria, no obstante, nadie, parece atreverse a ocupar el segundo piso, y lo que lo han hecho, según los creyentes del mito, no han salido con vida o han sufrido una serie de trastornos y tormentos.
La leyenda, por llamarla de algún modo, oficial de los creyentes, señala que en esta casa vivía un señor perverso quien maltrataba y abusaba de sus dos únicos sirvientes. Un día, cuando el dueño de la casa ofrecía un almuerzo a algunos invitados, los sirvientes decidieron cobrar venganza. Cuenta la leyenda que los empleados colocaron una substancia en los alimentos, no para matar a su jefe, sino para ocasionarle trastornos mentales.
Luego de que fueron servidos los platos, los sirvientes, que esperaban en la cocina para esperar los resultados de su macabro plan, escucharon de pronto ruidos y gritos provenientes de la sala. Creyendo que todo había resultado favorablemente, los empleados acudieron rápidamente a la habitación. La imagen que vieron fue aterradora: cuerpos despedazados por doquier, sangre en las paredes, en la mesa, en el suelo. Todos los invitados, incluyendo su jefe, habían hallado en esa cena una muerte trágica, violenta y terrorífica.
En este sentido, la leyenda varía, pues otros aseguran que fueron los propios sirvientes, la mucama y el mayordomo, quienes dieron muerte a su patrón, asesinándolo y descuartizándolo con sus propias manos. Según indica esta versión, los empleados luego de su asesinato optaron por prender fuego a la casa, curiosamente, la casa nunca se quemó y los sirvientes fueron sentenciados a pasar sus vidas en un manicomio.
Las otras víctimas
Una de las primeras víctimas de la casa fue un párroco quien haciendo caso de aquellos testimonios decidió por ingresar a la casa para bendecirla y realizar un exorcismo. Según cuenta la leyenda, el párroco murió debido la desesperación por querer salir de aquella vivienda. Se dice que escuchó gritos y reclamos de los espíritus que allí se encontraban, algunos dicen incluso que el párroco recibió escupitajos de estos supuestos seres que habitan el lugar.La segunda víctima es quizá la más conocida debido a que este hombre era un personaje público que trabajaba en la televisión nacional. Su nombre era Humberto Vilchez Vera, un conductor de televisión que en la década de los ochentas decidió apostar en cadena nacional, que podía permanecer siete días en dicha casa sin sufrir ningún trastorno o muerte. La leyenda, conocida por todos, recuerda que el animador ingresó a la casa sólo con una cámara de vídeo en la mano y que luego de sólo dos horas (algunos dicen que fue el cuarto día) el hombre de televisión salió de la casa profiriendo insultos y gritos y botando, incluso, espuma por la boca. Sucedido el hecho el animador obtuvo serias complicaciones psicológicas por lo que fue recluido en un manicomio durante un período de trece meses, nunca más se supo de él.
¿Maldición real o simple mito popular?
Las investigaciones sobre la Casa Matusita, han dado como resultado historias que van más allá de la República. Se cuenta que la primera dueña de esa casa fue una europea de nombre Parvaneh Dervaspa, quien llegó a Lima en 1753, y que fue acusada por la Santa Inquisición de practicar la hechicería y brujería.Esto se debió a que muchos de los vecinos de Parvaneh aseguraban que ella tenía la habilidad, a través de ritos, de curar algunas enfermedades que en ese tiempo acechaban la capital del Virreinato. La Iglesia la consideró una bruja y la capturó para el respectivo juicio o acto de fe que la Inquisición realizaba en Lima desde 1573. La mujer, luego de incontables torturas y martirios, tuvo que confesar que su poder provenía del propio demonio, producto del cual obtuvo la mayor de las condenas que fue la muerte en la hoguera. La historia comenta que Parvaneh en pleno acto lanzó una maldición que muchos afirman se refería a la morada en donde vivía.
Se cuenta que la casa comenzó a ruinarse hasta que en el siglo XIX, una familia de asiáticos la compró y la reconstruyó, según se cuenta, muchos miembros de esa familia perdieron la razón al oír voces, gritos, murmullos, dentro de la casa, uno de esos hombres era el dueño del que ya hemos hablado y que debido a esas alteraciones, maltrataba y abusaba de sus empleados.
No obstante, los escépticos confirman de que la leyenda de la Casa Matusita no es más que un vulgar invento que sirvió, para proteger la seguridad un edificio importante ubicado en las cercanías, éste era, la Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica.
Se dice que los norteamericanos inventaron esta historia debido a que podían ser objetos de atentados desde el segundo piso de la casa, además, al frente de la vivienda, se encontraba un antiguo penal llamado El Sexto. Actualmente, la Embajada norteamericana ya no se encuentra en ese lugar, y el penal fue clausurado como tal y lo único que aún sobrevive allí, es el mito que formaron.
Otras versiones del misterio
Como toda leyenda, la Casa Matusita tiene diversas versiones que afirman aún más su aire de misterio, una de ellas es que hubo en esa casa una masacre producto de una infidelidad. Se cuenta de que el dueño de la casa, un hombre oriental, al regresar del trabajo encontró a su mujer con otro hombre, el dueño arremetió contra su mujer y el hombre asesinándolos, cuando los hijos llegaron a la casa, y al no poder excusarse, el padre decidió por asesinarlos también a ellos. Otra versión indica que la familia no era oriental, sino española, y que la masacre la realizó la esposa, esto debido a que su esposo la maltrataba a ella y a sus hijos, la señora, cansada de esta situación apuñaló a su marido por la espalda, luego notó que sus hijos la habían observado y en un arranque de locura, la madre asesinó también a sus niños.
Un mito sin respuesta
A pesar de que el mito es uno de los más conocidos en Lima, sorprende que aún no se haya realizado ningún estudio serio sobre el tema. Hasta el momento los medios de comunicación siempre han tomado con burla el misterio de la casa, o en otros casos, sólo se han limitado a contar las historias o leyendas que existen en torno a esta vivienda imposibilitando así la desmitificación de este hecho. Esto quizá se deba a que las televisoras nacionales no cuentan con la tecnología necesaria para realizar las investigaciones que el caso requiere: filmadores infrarrojos, grabadoras de audio especiales, entre otros. Hasta que este día no llegue, lo más seguro es que el mito continuará contándose y alimentándose de generación en generación entre los limeños, tanto en aquellos que creen en su maldición como en aquellos que no le dan crédito.
La diminuta celda estaba totalmente invadida por las penumbras. La atmósfera era pesada. Apenas iluminados por una pequeña vela a medias consumida, Ho Peng y sus cinco compañeros se apretujaban en ese lugar negro, húmedo y que olía a muerte. Ninguno de ellos podía dilucidar su incierto destino. Se hallaban en absoluto silencio, tratando de adivinar por medio de las voces y sonidos que venían del exterior, qué pasaba al otro lado de la puerta cerrada.
El continuo concierto de voces, risas y exclamaciones de allá arriba, sobre sus cabezas, los desconcertaba. Todo el grupo tenía miedo. Se afligían pensando en que jamás volverían a ver su aldea natal, a sus padres, esposas o hijos. Estaban encerrados y de cuando en cuando escuchaban terribles imprecaciones de su señor y amo que, acompañadas por fuertes puñetazos contra una mesa. Anunciaban inevitablemente que se abría de nuevo una puerta que daba hacia donde estaban ellos, en el sótano repleto de celdas. Un hombre abría una de ellas y en medio de gritos y forcejeos arrastraba hacia fuera a un chino como ellos, que no dejaba de gritar desesperadamente en mandarín: “…¡NOOO, POR FAVOOR, YO NOOO!!!; ¡”HERMANO MAYOR”, PERDÓNEME LA VIDAAA”…!!! . El carcelero no le hacía caso o no le entendía, y sólo se dedicaba a llevarlo hacia arriba. Después de eso, nadie lo volvía a ver jamás.
Esperando su, según él, horrendo desenlace, Ho se arrodilló en el piso y sollozando, se arrepintió de las desacertadas decisiones que lo habían llevado ahí. La horrible sequía del verano pasado, lo obligó a él y a varios jóvenes de su aldea a abandonarla, haciendo el penosísimo viaje hasta Cantón, en busca de comida y trabajo. Una vez que arribaron a la ciudad, en el mercado, un hombre los convenció de embarcarse en un viaje; hablaba de un maravilloso país al otro lado del mar,donde había tanta comida que todos vivían satisfechos, mientras que las montañas vomitaban oro en cantidad. Ho no lo dudó y puso su marca en el papel; no sabía escribir así que no entendía el acuerdo que aceptaba. Sólo era un campesino. Cualquier cosa era mejor que sobrevivir en una comarca seca y en hambruna, dónde los padres sorteaban entre sus vástagos para ver quien serviría de alimento al clan familiar. Lo único que pudo enterarse tras estampar su marca en el documento, es lo que le dijo un hombre mayor de su aldea, algo más instruido: había aceptado ir a trabajar por cinco años a un lejano reino llamado “Pirú” o algo parecido.
Tras meses de recorrer el inmenso océano, finalmente vieron las costas de ese extraño reino: sólo eran playas desérticas, matizadas de cuando en cuando por algún fértil y estrecho valle. Esa fue la primera decepción que tuvieron. Al llegar al puerto, vieron pasmados que era inmenso, mucho más grande que el de Cantón, perdiéndose en la lejanía la larga fila de enormes barcos, que destacaban en el horizonte como un inmenso bosque. Era una nación de “narices largas” esa a la cual habían llegado; estaban por todos lados, vestidos extrañamente, luciendo sus sombreros altos. Sus mujeres llevaban pesados vestidos que envolvían sus cuerpos deformes, con una cintura que era delgada, como tallos de bambú. También había hombres de piel negra, así como hombres de piel del color del cobre, que cargaban bultos encogidos, como temerosos de ser castigados. Para Ho y los demás, ver a esos hombres fue un impacto tremendo, puesto que no habían visto gente así jamás.
Al cruzar la capital del reino, apenas podían seguir el paso de los otros chinos que los arriaban como bestias por las calles, debido a lo sorprendidos que se hallaban por lo que veían: la ciudad era extraña, pero a todas vistas opulenta. Los edificios eran altos, muy ostentosos, rodeados de amplios jardines o luciendo grandes esculturas. También vió Ho a varios chinos vestidos como los “narices largas”. Eso está bien –pensó Ho-, nos tratan como sus iguales. El chino que llevaba al grupo de recién llegados, gritaba instrucciones mientras caminaba: decía palabras en mandarín y cómo se decían en aquel país. Ho no entendía nada de esa lengua de palabras tan raras y largas. No hizo caso.
No se quedaron en la capital de reino. Los llevaron al norte; un viaje de muchos días. Arribaron a la finca donde trabajarían en el campo: era inmensa, casi un país. La casa del propietario “nariz larga” era inmensa. Ho llegó a pensar que trabajaría para un emperador: las tierras del poderoso señor se perdían en el horizonte, cerca de la mansión habían grandes edificios: eran fábricas. Una máquina de hierro que se movía en un camino también de hierro también le pertenecía. Al llegar al gigantesco galpón donde viviría con otros cientos de chinos, finalmente supo su cruel destino: serían esclavos que labrarían la tierra para el señor, por muy poca comida y una paga ridícula.
Apenas llevaba unos meses sufriendo el sol abrasador del campo cuando él y sus compañeros recibieron la orden de dejar sus tareas; irían acompañando a su señor a una villa cerca de la capital, les dijo el capataz. Ho se sintió satisfecho: los “coolies” que trabajaban al servicio del poderoso señor como sirvientes vivían y comían mejor. Al llegar a la villa, Ho no dejaba de ver las inmensas mansiones: eran mucho más elegantes de lo que había visto hasta ese entonces. Pensó que no existirían pobres en aquella villa de grandes señores. Pero todos parecían asustados: los nobles dirigían a cientos de sirvientes que, en grandes carros, cargaban los tesoros de las mansiones a toda prisa.
Conversando con otros sirvientes que sí entendían la lengua del país, Ho se había enterado de algunas cosas: el reino de “Pirú” se hallaba en guerra. Miles de hordas de salvajes de un vecino país al sur, lo había invadido. Por lo que observaba en las calles, Ho supuso que la guerra llegaba adonde ellos estaban. No entendía que venía a hacer su señor precisamente ahí. Supuso que su amo venía a hacer un trato con el general del ejército invasor. Trató de aliviarse pensando en eso.
El joven Gaspar Derteano sentía el olor del miedo mientras recorría las calles de Chorrillos en silencio esa mañana. Con apenas treinta años, había tenido el mundo a sus pies: único heredero de una de las fortunas más grandes del país, propietario de una hacienda del tamaño de Bélgica, ahora veía como todo se le iba de las manos. La maldita guerra esa lo estaba arruinando; los bloqueos navales le impedían exportar sus productos, sus inversiones en Valparaíso habían sido confiscadas y ahora que ya no le llegaba dinero a mares desde Europa, las deudas se acumulaban. Jugador empedernido, había despilfarrado una fortuna que siempre pensó que era inacabable. Por eso no tenía miedo a ir a Chorrillos cuando la guerra se acercaba a la capital.
Mientras se detenía en la casa de juegos de Laurent, la única que aún estaba abierta, pensaba que si no lograba ganarle la inmensa deuda que le debía, el maldito francés ese se quedaría con su hacienda. Esta vez debía ser el todo o nada. Fue recibido con silenciosa venia por parte del negro vestido de librea en la puerta. No había nadie en el elegante salón, salvo Laurent sentado frente a una mesa, barajando las cartas. El extranjero se creía inmune a los avatares de la guerra al haber colocado el pabellón de su nación en la puerta. Derteano, tras ordenar que lleven a sus “coolíes” a las celdas, se dirigió directo a la mesa. Fue una larga noche aquella. Gaspar perdió todo el dinero que tenía; ahora sólo le quedaba apostar a sus esclavos.
Ho y sus compañeros de celda despertaron al día siguiente. Arriba se seguían escuchando airadas voces y botellas que eran golpeadas contra una mesa. Al poco rato, se estremecieron al sentir un imprevisto estruendo: en la lejanía se oían los gritos de miles de hombres, el estruendo de miles de armas descargándose; el rugir de los cañones era tal que parecía una inmensa tormenta. Ho Peng y los demás se abrazaron de pánico; los invasores habían llegado. Arriba en la sala, Derteano, ebrio y desesperado, se empecinaba por cambiar su mala suerte. “¡Te apuesto cinco chinos más!” -, le dijo al francés. Laurent no se intimidaba ante lo que pasaba afuera. Estaba dispuesto a volverse millonario ese día.
Las horas pasaron y el ruido comenzó a decrecer. Al atardecer de ese día, el 13 de enero de 1881, el ejército chileno derrotó a su par peruano. Los cadáveres de los defensores rodaban por miles por las colinas de San Juan, cayendo al mar. Al caer la noche, los invasores victoriosos se dirigieron hacia Chorrillos.
Esa noche, los cautivos de la celda despertaron sobresaltados: afuera se oía otro inmenso estruendo. La guerra finalmente los había alcanzado. Gritos de terror y el ruido de disparos por doquier los estremecía, apretujándose contra la pared. Al poco tiempo oyeron algo espantoso: vidrios que se quebraban y gritos de soldados pidiendo sangre, acompañados por las voces airadas de su amo, el joven Derteano y el francés allá arriba. Una ráfaga de disparos los silenció y dio paso a las risas de los soldados y el correr de sus botas por todo el lugar, destrozando todo a su paso: no había duda, los invasores estaban saqueando. Ho y sus compañeros también oyeron con terror súplicas de clemencia en mandarín. Era el fin.
Arriba los soldados, ebrios de sangre y alcohol bolsiqueaban los cadáveres tirados en el suelo, mientras bebían y jugaban con el botín de monedas de oro obtenido y con un piano que se hallaba en la sala. Abajo, los chinos aguardaban en silencio, rogando no ser descubiertos. Al rato escucharon una voz aguardentosa que dijo: “¡nosotros quemamos y el Perú paga!!”, seguido por el ruido de decenas de botellas estallando. No entendían que significaban esas palabras, pero el humo y el calor que se colaba por las rendijas de la puerta de su celda les hizo saber lo obvio: la mansión estaba siendo quemada.
Desesperados, todos, se apretujaron al otro extremo de la celda, rogando salir con vida. La vela que apenas les iluminaba finalmente se apagó. Todos aguardaron en silencio lo que iba a pasar. Por buen tiempo se mantuvieron en silencio. No decían nada. Temían que los conquistadores aún estuviesen aún allá arriba, prestos a matarlos apenas los descubriesen. Así que decidieron aguardar en las sombras. Y esperaron. Y esperaron.
No sabían si había pasado mucho o poco tiempo: no había forma de saberlo. En medio de la oscuridad, Ho encontró un tubo de cobre en el suelo, y tras acordar entre todos, decidieron arriesgarse y golpear con él otro tubo en la pared, mientras pedían ayuda. Al poco de gritar, un desgarrador grito los silenció. Se hacían realidad sus peores temores: seguía la muerte allá arriba. Decidieron callar otra vez, esperando no haber sido descubiertos.
El tiempo pasaba lentamente. A susurros conversaban sobre cuánto duraría su encierro. Algunos pensaban que los invasores habían conquistado todo el mundo, y que jamás volverían a ver la luz. Con el tiempo, pasaban las noches conversando sobre sus vidas, de dónde provenían y sobre sus familias allá en China. Cuando eso sucedía en la celda, de pronto, terribles gritos de terror se dejaban escuchar desde arriba.
Al día siguiente, escuchaban las graves oraciones de un sacerdote, iguales a las de esa religión que el sacerdote de la hacienda trató de convertirlos. Para Ho y sus compañeros, era obvio que estaban presos en una inmensa cárcel yque un reo había sido ejecutado y un sacerdote realizaba las oraciones fúnebres. Pasó así mucho tiempo, y poco a poco, dejaron de conversar entre sí. El encierro era terrible y ninguno tenía ganas ya de hablar. En silencio habían aceptado su destino y nada iba a cambiar eso.
El 3 de octubre de 1974, la tierra comenzó a temblar. Un pavoroso terremoto de grado 6 golpeó de lleno a Lima y sus balnearios vecinos. La gente corría desesperada, viejos edificios caían, barrios enteros destruidos; cientos de muertos por todas partes. En la celda, el grupo se sobresaltó. Era tan fuerte el movimiento sísmico que no pudieron hacer otra cosa que quedarse pegados contra el suelo. Casi se ahogaron mientras sentían cómo le polvo se colaba por las rendijas de su celda. Cuando todo se calmó, escucharon gritos y sollozos procedentes de afuera: hombres y mujeres lloraban y grandes voces pedían socorro. Ho escuchó cientos de manos que escarbaban la tierra alrededor suyo.
Había pasado mucho tiempo y los prisioneros decidieron que, si la gente estaba excavando, sería fácil que los encontrasen. Ho no lo dudó dos veces y comenzó de nuevo agolpear con insistencia el tubo de cobre a su lado. De tanto escuchar a través de las sombras, habían aprendido algo. Era su última oportunidad: después de mucho tiempo, iban a volver intentar pedir auxilio en lo poco que sabían decir en ese extraño idioma: “AYULAAAA!, AYULAAAA!!!, ¡E’ TAMOS ACÁ,E’ TAMOS ACAAAÁ!!!!.....”
De pronto las voces de afuera, se callaron de golpe, pero ellos no. Al poco rato se escuchó una voz de mujer diciendo: “¡hay gente atrapada aquí!, ¡¡PRONTO, TRAIGAN AYUDA!!!”. El operario Ramón Apaza dirigía con presteza su bulldozer en medio de la medio destruida Chorrillos. Como todos los empleados del Ministerio de Fomento, apenas pasó el sismo, salió a tratar de rescatar a los pobladores atrapados bajo sus casas de adobe. Un grupo de mujeres con señas le hizo saber que bajo una casa destruida había sobrevivientes. Hacia allá enfiló.
Ho y los demás no dejaban de gritar y golpear. Pronto una cuadrilla de obreros comenzaron excavar. Apaza apartaba todo escombro que no les permitía avanzar. El pueblo se arremolinaba tratando de ayudar y tal vez, de encontrar a sus seres queridos. Tras un estruendo, Ho pudo ver en medio del polvo finalmente la luz. Apenas podía respirar y observó el rostro de su rescatador: era un hombre de piel de cobre, vestido de manera extraña, y llevaba en la cabeza un casco de un metal que no brillaba. Sintió aliviado cómo éste lo levantaba como si no tuviese peso, mientras con las manos ese hombre movía su rostro de un lado a otro, como revisando si tenía alguna herida. “ !Gracias por rescatarnos, gracias; mis amigos están atrás mío!” -, le dijo sin poder contenerse, en mandarín.
El Ingeniero Martínez, jefe de la cuadrilla, no salía de su asombro: al abrir el boquete, encontró ante sí un grupo de esqueletos muy extraños, vestidos con monos como los que usan los chinos en las películas de kung-fu. Con detenimiento revisaba la calavera en sus manos, que aún tenía pegada una cabellera recogida pegada al hueso, luciendo una inmensa cola trenzada y una gorra que tenía un jade enfrente. Ho no entendía nada, pero sentía que ya no se sentiría jamás solo.
“ Oye, Apaza – dijo Martínez molesto -, ¿no dijiste que había gente atrapada aquí?, ¡sólo hay esqueletos!. El operario no entendía nada, mucho menos los vecinos. “Los hemos estado escuchando pidiendo ayuda y golpeando desde hace horas”- le explicó para luego voltear hacia la fosa y señalar con horror-, “¡JEFE: MIRE!!!”. El ingeniero volteó y casi al mismo tiempo en que vió a los esqueletos ahí tirados, soltó la calavera, aterrorizado. Un horrendo frío recorrió su espinazo,….el esqueleto del cual había tomado el cráneo, tenía aferrada en una de sus huesudas manos, un tubo de metal.
En el año de 1982 una estudiante peruana tuvo una experiencia insólita ella había ido a Marcahuasi que es una meseta que se encuentra al este de Lima muy cerca a casi 2 horas este lugar es frecuentado por muchas personas ya que en su planicie mas de 4,000 metros de altura se encuentran unas figuras formadas en sus rocas con diversas formas de animales o personas que son motivo de estudio e investigación es un lugar mágico y cargado de mucha energía es por ello que es visitada frecuentemente a pesar de la dificultad para llegar a la cima), lo cierto es que esta chica tomo varias fotografías del lugar para captar las diversas y caprichosas formas rocosas que junto a su grupo de amigos habían visto, al llegar a Lima esta chica reveló las fotos y quedó estupefacta al observar que en una de ellas se vio claramente a un ser de aspecto humano que se encontraba parado encima de una alta roca Y QUE NO ESTUVO EN EL MOMENTO DE HACER LA TOMA, lo que quiera que se fuera aquel ser fue invisible a sus ojos cuando ella estuvo tomando sus fotografías en Marcahuasi pero al parecer estuvo allí todo el tiempo.
Como ocurrió este fenómeno no lo sabe explicar para empezar la roca estaba a 200 metros de donde estaba ella y la roca misma mide 60 metros de altura, con estos datos puede colegirse que la figura captada por su cámara tiene por lo menos tres metros de altura ,además el color de la vestimenta celeste verdoso y la cabeza anaranjada no se asemejan a la vestimenta que alguien pudiera usar en un sitio como Marcahuasi.
Otra característica del personaje captado que desato controversias en aquel ano en Lima fueron las extremidades del ser que son mas largas que una persona normal. Uno de los brazos esta levantado como señal de saludo o señalando quizás al firmamento.
La Revista Limeña OIGA fue la que obtuvo la primicia e investigo los negativos y comprobó que estos no estaban trucados ni alterados, producto del cual la publicó en su carátula el 16 de Agosto de 1982 como una Primicia Mundial. De acuardo a algunos ufólogos, ese extraterrestre fotografiado correspondería a un habitante de Venus, cabe señalar también que la meseta de Marcahuasi hay muchos avistamientos de objetos voladores frecuentemente, por lo cual es cosntantemente visitado por curiosos e investigadores.
Este tipo de fenómeno es una creencia muy común entre arqueólogos,“huaqueros” y la población de la costa y los andes peruanos; también se le denomina como “La venganza del Gentil”, siendo éste un aspecto distinto y que es muy fácil confundirlos al no saber qué las provoca, considerándolos lo mismo.
El antimonio real es un mineral que algunas veces se comporta como metal y otras como no-metal. Es común encontrarlo en aleaciones de plata, cobre y plomo, como un subproducto. Lo que arqueólogos y “huaqueros” conocen como “Antimonio” es más bien una letal combinación de varios gases, producto de la descomposición de materia orgánica, presente en los entierros antiguos. El antimonio (gas), presente en objetos metálicos en un entierro, aparece cuando se inicia la descomposición de materia orgánica,la cual genera calor suficiente para liberarlo de los metales, mientras que en el caso de la materia orgánica, dicho calor también libera arsénico, metano, fosfuro de hidrógeno y bismuto. Estos gases, dadas las condiciones del suelo, a veces se filtran a la superficie, siendo visibles en las noches (los famosos fuegos fatuos), más otras veces, quedan aprisionados en el entierro, liberándose violentamente al ser abierta ésta. Es por eso que en algunos sitios arqueológicos u otros tipos de entierros se encuentra presente, y en otros no. La intoxicación por dichos gases suele ser letal, si no se trata a tiempo.
AYAHUASCA (Banipteriosis caapi): También conocida como “soga del muerto” o “enredadera del alma”. Es uno de los ingredientes primordiales, junto con la chacruna (Psicotria viridis), en las ceremonias de poder y curación realizadas por los curanderos y chamanes del ande y la amazonía. Combinadas junto con otras plantas psicoactivas, produce visiones y estados alterados de consciencia que permiten dilucidar y realizar procesos curativos y/o de limpieza de “Daños”.