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domingo, 21 de diciembre de 2008

Una comida muuy antigua



Esta leyenda pertenece a la historia semi-oficial de la arqueología peruana. Algunos arqueólogos dicen que es cierta y otros la desmienten. Julio C. Tello, arqueólogo considerado como "El padre de la arqueología peruana", estaba dedicado en 1927 a excavar en el desierto de Ica cuando se topó con los restos de una civilización pre-inca: Los Paracas. El fabuloso descubrimiento consistía en cientos de momias enterradas, y que formaban un cementerio que abarcaba varios kilómetros de desierto.

La noticia corrió por toda la región: Ica era una zona muy pobre y de todos los pueblos comenzó a ir gente buscando empleo,... o la forma de, tal vez, hacerse ricos con los fabulosos tesoros que, creían que ahí se hallaban. Julio C. Tello y su equipo no se daban a basto, por lo que aceptaron de buena gana a los jornaleros que llegaban para ganarse algún dinero a cambio de participar en la excavación. La noticia llegó también al pueblo de Chincha, donde los pequeños campesinos, descendientes de esclavos africanos, abandonaron en masa sus parcelas para ir al desierto.

Entre ellos estaba un hombre alto, muy fuerte y alegre, al que llamaré José. Al ver que sus vecinos se iban a la excavación, dejó también de lado su mísero sembrío y fué tras ellos. Al llegar vió un inmenso campamento de tiendas de campaña en medio del desierto; tardó un poco en encontrar a Tello. Para mala suerte de José, ya había tomado a todos los jornaleros que necesitaba.

-Pero lo que no tenemos es un cocinero,... - le dijo Tello-, si sabes cocinar, el puesto es tuyo.

José sonrió enseñando todos sus dientes, y entre risas le contó que desde chico su mamá le había enseñado todos sus secretos.

Y así fué que "El negro José", como todos lo llamaban, recibió una tienda donde cocinaría para todos y donde también donde dormiría: en el campamento estaban escasos de espacio. Cada día desenterraban casi 100 momias de los Paracas, envueltas en primorosos mantos tejidos, joyas de oro y plata, cerámicos y ofrendas, y tenían que guardarlas donde cupiesen: incluida la cocina.

José se sintió intimidado la primera noche en el campamento, cuando compartió su carpa con una momia recién desenterrada, pero ni modo: tendría que acostumbrarse. Al día siguiente, a la hora del almuerzo, José demostró a todos sus dotes culinarias: preparó unos frejoles con cecina (carne seca y salada de cordero), tan espectacular que todo el campamento quiso repetir el plato. A partir de ese día, todo el campamento lo tuvo como su engreído y esperaban con ansias la hora del almuerzo.

Un mes después, el campamento comenzó a ser levantado al haberse concluido las excavaciones. Julio C. Tello lo recorría de cabo a rabo inventariando todos los hallazgos. Cuando llegó finalmente a la cocina, se sorprendió al ver unos pedazos de charqui (carne seca de llama) que habían extraído de las tumbas (y que los antiguos peruanos colocaban como alimento para sus difuntos en el Más Allá en sus tumbas), que estaban colgadas de un gancho y con rastros de que habían sido cortadas. No lo pensó mucho y volteó hacia donde el cocinero del campamento preparaba el almuerzo de ese día.

-....Oye, "Negro José",... - le preguntó-,... ¿de dónde sacaste la cecina para esos frijoles tan ricos que preparaste esa vez?,...

José se encogió de hombros y le respondió:

- ...No había, y como me enseñó mi 'amá,... le puse de ese charqui que 'etá ahí,...

Julio C. Tello se quedó un largo rato, pensando. En fin, el daño ya estaba hecho, así que sacó su libreta de apuntes y con un lápiz, escribió:

"QUEDA CONFIRMADO QUE EL CHARQUI DE LLAMA EXTRAÍDO DE UNA TUMBA DE 1,500 AÑOS DE ANTIGUEDAD NO HA PERDIDO SUS VALORES NUTRITIVOS A PESAR DEL TIEMPO TRANSCURRIDO".

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